Cuatro sonetos. Sedentario
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Me siento y siento que me voy.
Aún no estoy, y siento que he llegado.
A esto he llegado. Aquí estoy,
en donde jamás he estado.
Me siento y siento que no estoy.
La actividad es mi estado.
Recién llegado, me voy:
mi camino es la pendiente.
Un vértigo es lo que soy,
la silla en el remolino
cae hasta el fondo del presente.
Desde el mañana hasta el hoy,
para la sed del camino
soy un cadáver sedente.
A una rosa
Rosa múltiple, flor que no se agota
en la estación, ni muere en el poema,
que sobrevive a su papel de emblema
al símbolo banal que la connota.
Abundante de pétalos, explota
en el verso, burlando el anatema
de la caducidad, aunque su yema
es sepulcro, y el tiempo la derrota.
Rosa voluble, allende la retórica
polvorienta, que sus enseñas pisa,
predicando a su pompa el ascetismo,
cómo hurta sus pétalos, pletórica
en su frivolidad, a la ceniza,
que hasta el polvo reniega de sí mismo.
A la poesía de vanguardia
Poesía que envejece en los estantes
y ante la mano impávida madura
para el polvo, vedada por la usura
y la ignorancia de sus oficiantes.
No entusiasman sus juegos diletantes,
póstuma acaso de tan prematura,
por una novedad que la clausura,
caducándola siglos por instantes.
La biblioteca pública es museo
para estos clásicos estrafalarios,
pálidos monumentos de impaciencia.
Nada los cura del escamoteo
consumado en sus cónclaves sectarios:
la poesía es la más ardua ciencia.
Palimpsesto
Todo está escrito. Brota de la ausencia
cada acto y cada gesto cotidiano,
se toma un nombre y una historia en vano
con los que se edifica una presencia.
La percepción construye la conciencia
más, bajo el aparato del arcano,
escribe y borra con la misma mano
otras identidades la experiencia.
Un fluido palimpsesto es la memoria,
donde trama el olvido desatinos
que figuran un débil argumento.
Al reescribirme juntaré en mi historia,
soñados o temidos, los caminos
que sólo por hastío cursa el viento