Libertad y Justicia

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Opinión
/ 20 marzo 2015
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Quiero hablar del contraste existente entre el pesimismo que invade a muchos actualmente y el optimismo que cambiaría lo mucho malo por algo muy bueno.

Tenemos una lista casi inacabable de problemas, pero también una arsenal de soluciones esperando ser activadas para resolverlos.

Actualmente existe un ambiente negativo en las páginas editoriales, pero la ciencia y la tecnología avanzan vertiginosamente haciendo accesible una cantidad de conocimiento que hasta hace poco no sabíamos era posible. Cuestión de que cada quien estudie un poco más.

Hay mucha corrupción, es cierto. Es para muchos el problema número uno del País. Sin embargo, desde el punto de vista optimista, menos mal que México no sufre una falta de recursos, como Bangladesh. La corrupción es un problema de falta de recursos, sino de premios y estímulos mal repartidos.

Existen muchos malos funcionarios y burócratas indolentes, sin duda. Entonces la solución es darle más juego a los muchos más que existen que son responsables y cumplidos. Lo que no debemos dejar que suceda es que los primeros tengan la oportunidad de neutralizar a los segundos. Qué tal si a la salida de las oficinas pudiéramos llevar un conteo visible de los usuarios que salieron contentos con los que salieron insatisfechos.

Seguimos apostando a las soluciones burocráticas, y eso no está bien. En contraste, tenemos que participar en diseñar sistemas que detecten errores rápidamente para que también se puedan solucionar antes de que crezcan o multipliquen los daños.

Con el Tratado de Libre Comercio aprobado en 1994, el País se enfocó hacia afuera. Yo creo que nos sobregiramos y matamos muchos negocios que ahora hacen falta. Podemos cambiar el enfoque, y con la energía a precios de rajatabla utilizar nuestro petróleo para impulsar la industria local y el consumo nacional.

Hemos financiado la expansión de las redes de comunicaciones también durante veinte años, pagando tarifas caras. Ahora es tiempo de convencer a los barones de las telecomunicaciones de que su recurso es un multiplicador de riqueza que estuvo secuestrado en perjuicio de todos, incluyendo ellos mismos. Hay datos duros al respecto.

Las marchas, plantones y bloqueos ya nos tienen fritos. Este es el ejemplo más claro de una situación perder-perder para todos, incluyendo los ocasionalmente gaseados y detenidos. Sería extremadamente fácil crear nuevas reglas de juego para que los inconformes se puedan manifestar, sin causar daños o sin bloquear las vías de comunicación. Acapulco y el DF, por ejemplo, lo agradecerían muchísimo.

Hay decepción con el actuar del Gobierno de Enrique Peña Nieto. Yo creo que parte del problema es la Presidencia Imperial y el ambiente de cerrazón e infalibilidad que destila. Esta soberbia heredada culturalmente ya no tiene razón de ser. Está más que obsoleta. Hay que pensar en reorganizar Los Pinos para albergar una comisión ejecutiva, designada y supervisada por el Presidente para tomar las decisiones de día a día en forma transparente, de cara a la ciudadanía a través de un sitio de internet. Abrir Los Pinos al escrutinio tendría una doble ganancia: exigiría designar en esos puestos a los mejores tomadores de decisiones; y la confianza aumentaría a niveles de ¡requete guau!

Actualmente ni idea tenemos de lo que sucede allá adentro. Los Pinos es una caja negra, (o sea opaca, misteriosa) de la que sale propaganda laudatoria del Presidente y sus actividades, sin importar realidades. Ahora sabríamos, qué entró, cómo se procesó y qué salió. Un gran regalo para la ciudadanía, aunque quitaría mucho rating a las telenovelas.

Nótese que el contraste entre las soluciones podrían empezar mañana mismo y que no cuestan. Cancelar el contraste solo requiere un chirris de voluntad política.

javierlivas@prodigy.net.mx

Columna: Libertad y Justicia

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