El otro problema de la sequía en Nuevo León: las escuelas públicas

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Opinión
/ 11 junio 2022
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Para nadie es un secreto el enorme problema que representa, en todos los sentidos, el no tener agua. El agua es un liquido vital de aseo personal, un elemento esencial para poder limpiar los espacios en donde convivimos y lo más importante, para tomar, para vivir. Sin el agua, básicamente no podría haber vida en el planeta Tierra, así de simple, así de dramático.

Si bien es cierto que tenemos décadas hablando del cambio climático, de cómo los inviernos serían cada vez más intensos en regiones que no se pensaba y los veranos mucho más calientes, los huracanes más poderosos y las sequías más largas. Hoy está aquí el futuro, ya no tenemos más qué hablar.

Este espacio no es para hablar de quién tiene o no la culpa, el tema es suficientemente complejo que sería muy irresponsable de mi parte sólo dedicarle estas líneas. Quiero utilizar este espacio para poner sobre la mesa algo de lo que no he leído o escuchado estas últimas semanas: la educación pública.

Para estas alturas, mediados del 2022, después de la pandemia, las historias de la ausencia de infraestructura en las escuelas (ahora súmale el calor del verano) y la deserción escolar por todos los problemas económicos, no son nuevas, son reales y el problema sigue ahí. Los colegios privados terminaron el ciclo escolar 2021-2022 asistiendo todos los días, todos los grupos completos básicamente desde finales del 2021; mientras que las escuelas públicas seguían en modelos híbridos, escalonados y en algunos casos aún ni si quiera habían podido volver a clases por la falta de espacios dignos que iban desde aulas hasta sanitarios. A este panorama, venimos a agregarle que tampoco tienen suministro de agua. ¿Qué significa esto para las escuelas?

Sanitarios mucho más sucios de lo que estaban, por ende, un foco de enfermedades gastrointestinales, el calor mucho más latente (en el mejor de los casos sólo había aire lavado) y ahora sin bebederos o posibilidad limpiar la escuela, con grandes cantidades de personas pasando tres o cuatro horas diarias ahí.

La Secretaria de Educación del estado de Nuevo León esta semana hizo oficial un comunicado que cambiaría los horarios, básicamente haciendo más cortas las estancias. Desde mi óptica, no es una mala decisión. Las escuelas se están volviendo un foco de infecciones, en algunos casos (no oficiales) se habla que la mitad del alumnado está enfermo. En algunos casos, se habla de terminar a la brevedad posible el ciclo escolar y esperar que en agosto o septiembre mejore el tema de la crisis del agua. Sin embargo, considero que es ponerle un “curita” a una herida mucho más profunda, la ausencia de educación pública.

Las niñas, niños, adolescentes y jóvenes han sido los más vulnerables durante la pandemia, y lo siguen siendo. El retraso educativo que tenemos hoy equivale a casi 20 años (dos generaciones) para poder alcanzar los niveles que teníamos antes del COVID-19.

En este orden de ideas, lo que la crisis del agua está provocando en las escuelas es que esos 20 años necesarios sigan en aumento. La situación es altamente preocupante. La escasa educación pública equivale al aumento de las desigualdades sociales. Es decir, mientras menos sea el acceso a educación pública de calidad mayor será la pobreza y las diferencias entre los ricos y pobres, y eso repercute en todo el circulo económico de toda la región. No debemos ver lo que está pasando en Nuevo León como algo aislado o temporal. Tenemos que aprender y estar preparados. Las crisis no han terminado. Es ahora de involucrarnos mucho más en el quehacer público y pensar en colectivo. Es hora de apostar por más #Ciudadanitos, por favor.

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