Entre santa y santo...

Opinión
/ 26 febrero 2025

Soy un gran pecador –lo digo sin afán de presumir– y, sin embargo, los santos me atraen y me seducen

¿De dónde saldría yo tan santero? Soy un gran pecador –lo digo sin afán de presumir– y, sin embargo, los santos me atraen y me seducen. Los tengo por docenas, lo mismo en imágenes de bulto que en estampas, y conozco sus vidas por lecturas de muchos y muy variados libros de hagiografía: el Flos Sanctorum, desde luego, con “La Leyenda Dorada”, de Vorágine; pero también los gruesos volúmenes de Butler y de fray Justo Pérez de Urbel; el “Diccionario de los Santos”, de Leonardi; la “Iconografía”, de Juan Ferrando Roig; el “Santoral y Fiestas Litúrgicas” escrito por una dama de adecuado nombre: Gloria M. de Iglesias; el artístico libro titulado escuetamente “Santos”, de doña Rosa Giorgi, y la extraña obra “Todos son Santos”, en la cual el autor, un norteamericano llamado Robert Ellsberg, confiere la calidad de santos a hombres y mujeres de nuestro tiempo como Gandhi, Niemoeller, Hélder Cámara, Buber, Teilhard de Chardin, Gilbert K. Chesterton, Ana Frank, Edith Stein, Albert Schweitzer, Simone Veil, Charles Péguy, Rouault, Bernanos y Martin Luther King, sin olvidar al mexicano César Chávez.

A mí no me dicen nada las pirámides y otros restos arqueológicos de nuestros antepasados aborígenes. En cambio en una iglesia colonial me siento como si ahí hubiera nacido. Nada tampoco me dicen los templos postconciliares de hoy, que por la desnudez de sus paredes podrían servir lo mismo para casinos de juego, bodegas de almacenamiento o salones de eventos sociales. Lo mío son las iglesias de antes, especialmente las de pueblo, tan llenas de santitos y santitas, cada uno de los cuales nos recuerda una virtud que deberíamos practicar. Bueno es hacer de Cristo el centro de nuestra devoción, pero no por eso debemos olvidar a su mamá, ni condenar al cuarto de los triques a todos aquellos hermanitos suyos, mujeres y hombres santos, que en su nombre pusieron en el mundo semillas de bien y de bondad, a costa muchas veces de su propia vida.

TE PUEDE INTERESAR: ¡Aguas! Calientes

Hay una ciudad levítica del centro del país a la que con frecuencia voy. Frente a uno de sus muchos templos se encuentra una pequeña tienda de artículos religiosos que visito siempre. La atiende una amable señorita de edad ya muy madura que parece monjita, pero no lo es. Ya me conoce bien, y me saluda con afecto. Hablamos acerca de los santos, y ella me cuenta cosas de mucha devoción, edificantes y llenas de virtud. Nunca salgo de ahí sin haber elevado mi espíritu. En justa correspondencia hago invariablemente una muy buena compra de imágenes –pequeñas todas; las que puedo cargar en la maleta o llevar conmigo en el avión–, uno o dos libros de la BAC; discos de canto gregoriano o himnos tradicionales de aquellos que no se escuchan ya: “Perdón, oh Dios mío...”; “Vamos, niños, al sagrario...”... “Altísimo Señor...”...

Tengo en muy alta estima a esa bonísima mujer que parece monjita sin serlo. Pienso que en ella residen las tres virtudes teologales, las 14 obras de misericordia que enumeró el Padre Ripalda, todos los dones del Espíritu Santo, y los demás tesoros de nuestra fe. Podría esta santa señorita servir de modelo para comparación al padre Jimenitos, de San Miguel de Allende, que predicando en la parroquia del lugar, y a fin de encomiar la pureza de la Virgen, hizo que se pusiera en pie la más virtuosa de sus feligresas, y dijo luego a los que oían su sermón: “Ustedes conocen bien a Mariquita. Es casta y honesta sobre toda ponderación. Ejemplo de inocencia, candor y honestidad, a todos nos admira su virtud. Pues bien: comparada con la Virgen, Mariquita es una puta”.

Las mismas virtudes, o mayores, que tenía esta Mariquita, tiene –seguro estoy– la señorita de esa tienda a la que voy. Y, sin embargo, me pasó con ella algo que me puso a pensar. Mañana, si Dios quiere, relataré lo que me sucedió.

(Continuará).

COMENTARIOS

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM