¡Aguas! Calientes
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Un chiquillo −5 o 6 años a lo más tendrá− se ha colado de rondón. Alza la vista don Felipe y ve frente a él a un niño que lo mira fijamente
Está don Felipe González en su despacho de gobernador de Aguascalientes. Sentado en el sillón de su escritorio lee unos papeles que le han llegado para firma. ¿Quién dejó sin cerrar las puertas que conducen al despacho del Ejecutivo? Vaya usted a saber. El caso es que un chiquillo −5 o 6 años a lo más tendrá− se ha colado de rondón. Alza la vista don Felipe y ve frente a él a un niño que lo mira fijamente.
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-¿Quién eres? −le pregunta al chamaco.
-Soy Toño −responde el niño−. ¿Y tú?
-Yo me llamo Felipe. Soy el gobernador.
-Y ¿qué estás haciendo?
-Trabajando.
Inquiere, escéptico, el chiquillo:
-¿Así, sentado?
La anécdota me la contó ese gobernante hace años, cuando fui a perorar en su ciudad. Me comentó que la pregunta del muchachito lo hizo pensar, y que desde entonces pasaba menos tiempo en su despacho y más tiempo recorriendo las diversas comunidades del estado.
El entonces gobernador de Aguascalientes era hombre sencillo. Algo tenía que lo asemejaba a Fox. Quizá la estatura aventajada, o la llaneza de su trato. O a lo mejor la hebilla con su nombre. Era panista este gobernador, pero dice cosas como la que dijo cuando alguien le preguntó cómo le iba con el Congreso del Estado. Respondió:
-Tengo una diputada perredista, 10 diputados priistas, y los demás en contra.
Los demás eran panistas. Cosas de la política.
Siempre que voy a Aguascalientes procuro comer en el Andrea. Tiene ambiente francés, pero es el restorán más taurino de Aguascalientes. A él van los matadores después de la corrida, con su cauda de maletillas, periodistas sin periódico, gente de medio pelo −o cuarto− en busca de una copa gratis o un puro qué fumar. El Andrea, que es un lugar de lujo, admite a la variopinta fauna que sigue a los toreros porque don Juan, que ya murió, el fundador del restorán, era gente del toro. En su establecimiento original, el Francia, recibía a los de coleta con señoril hospitalidad. Los suyos siguen ahora la tradición. Bien hayan...
Me gusta la plaza de toros de Aguascalientes, que algún parecido tiene con Las Ventas. Los buenos aficionados siguen las andanzas del Juli. Y es que el joven diestro español se formó casi en Aguascalientes -¿sabías eso?-, en un intercambio de niños toreros entre escuelas taurinas de México y España. Tenía 14 años el Juli cuando vivió en Aguas.
En la mañana siguiente de aquel día hice el corto viaje a San Francisco de los Romo, vecina población, para almorzar unas gorditas de migajas que son delicia terrenal. Ahí llaman “migajas” a lo que queda en el cazo después de hacer los chicharrones. En otras partes esos restos se llaman “arrumas”, “quedos” o “rebabas”. Se revuelven las migajas con la masa; se da forma a la gordita y se pone en el comal, con fuego de leña. Del comal al plato me llegan dos o tres –o cuatro o cinco– celestiales gorditas de migajas con acompañamiento de una Pepsi grandotota -medio litro- bien helada. Ni en el Maxim’s se disfruta una sabrosura igual. Deo gratias. Eso quiere decir “gracias a Dios”.