Los amores curativos de Jane Austen

Opinión
/ 23 septiembre 2021
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En sus novelas, Jane mostró muchos de sus problemas personales y utilizó las bondades de la imaginación para resolverlos a través de sus personajes

Hace unos meses apareció un artículo en el sitio de la BBC sobre las novelas de Jane Austen. Heloise Wood explicaba por qué estos libros son la “lectura perfecta” en tiempos de pandemia por coronavirus. La fuerza de los personajes y esa extraña sensación de confort que queda en los lectores al terminar las historias son elementos importantes para la cura de cualquier achaque. No es la primera vez que alguien recomienda esta “terapia”. A los soldados de la Primera Guerra Mundial les llevaron las novelas para tratar el estrés postraumático. Hay algo fuerte y conmovedor en la narradora inglesa que logra sanar a las personas incluso siglos más tarde.

Yo misma comprobé el carácter curativo de Jane Austen. Cuando empecé a tener las crisis de artritis duré muchos días sin poder salir. El frío de enero no ayudaba y decidí leer todas las novelas que había comprado en edición especial. De “Sensatez y Sentimiento” a “Mansfield Park”. Ahora, en otro confinamiento por enfermedad, volví al clásico “Orgullo y Prejuicio”, uno de los libros más encantadores que conozco. Durante años he seguido la pista a la figura de Austen, con sus misterios y lagunas. Mientras leía el prólogo me enteré de cómo en sus enredos narrativos la escritora planteaba una fórmula para sanarse a sí misma y de paso aliviar el dolor de los demás.

Philippe Ollé-Laprune apunta que cuando la autora tenía 20 años se enamoró de Tom Lefroy. La familia de él se encargó de separarlos, por cuestiones de dinero. “Ahí tenía Jane una temática central que desarrollaría con talento: los sentimientos amorosos en conflicto con las imposiciones de la vida social y económica”, señala el crítico. Esta situación está presente en personajes como Marianne Dashwood, quien se enamora de Willoughby, un joven que la abandona al no tener ella una dote que ofrecer. También aparece en “Persuasión”, su última novela: Anne Eliot es convencida de no casarse con el capitán Wentworth por la pobreza de él. A través de estos conflictos, Austen pone sobre la mesa un tema importante para la época: el matrimonio por amor. La gente estaba cansada de los compromisos por interés, como era la costumbre, y defendían el derecho de elegir a la pareja por motivos más humanos que financieros.

En 1802, la novelista recibió otra propuesta de casamiento por parte del clérigo Harris Bigg-Whiter, “vecino y amigo de la familia un poco bobo, sin gran encanto pero dueño de una fortuna”, según lo describe Ollé-Laprune. Este hombre resulta muy parecido al odioso señor Collins. En “Orgullo y Prejuicio”, Collins es un pariente lejano de la familia Bennet. Él heredará la propiedad cuando el padre de las protagonistas muera (porque las hijas, al ser mujeres, no podían quedarse con los bienes). El primo incómodo (que también era párroco) llega con la intención de casarse con alguna de las muchachas y asegurar una alianza que beneficie a todos. Pero resulta tan desagradable, que Lizzy, heroína más famosa de Austen, lo rechaza a pesar del desastre económico que eso signifique. En la vida real, Jane terminó por no aceptar el compromiso con Bigg-Whiter, porque al igual que Lizzy, “no podría pasar el resto de su vida con un hombre que no admire”.

Jane Austen permaneció soltera hasta la muerte. Se dedicó a escribir y logró disfrutar de su fama. Nunca apareció un encantador señor Darcy (como sí sucedió con Lizzy Bennet). Tampoco logró reconciliarse con su antiguo amor (como sí fue el caso de Anne Eliot y el capitán). Pero en los terrenos de la ficción todo es posible. En sus novelas, Jane mostró muchos de sus problemas personales y utilizó las bondades de la imaginación para resolverlos a través de sus personajes. Así espantó a la amargura de su existencia y sanó sus pesares con la magia de la palabra. Esos son, finalmente, los poderes de la literatura. Los lectores logramos percibir esa paz que probablemente obtuvo Austen al redactar el final de sus historias.