Mood Party: la república independiente de la carne asada
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La pareja más fotografiada de la política mexicana contemporánea. Si Samuel inaugura una obra, Mariana aparece
En Nuevo León hay dos estaciones del año: la del calor infernal y la de las fotografías del gobernador en algún aeropuerto. Entre una y otra apareció el Mood Party, esa celebración multitudinaria donde la política decidió disfrazarse de festival, la administración pública se puso lentes oscuros y la carne asada adquirió rango de política social.
La invitación era sencilla: conciertos, cerveza, ambiente festivo y carne asada gratuita. Una combinación tan regiamente irresistible como prometer que el tráfico de Constitución algún día fluirá sin insultos.
Desde temprano comenzaron a llegar familias completas, jóvenes cazadores de selfies, influencers de ocasión y ciudadanos convencidos de que todo evento gratuito merece al menos una visita de inspección. Porque el regio podrá desconfiar de los políticos, pero jamás desconfiará de una carne asada gratis.
El ambiente parecía una mezcla entre feria popular, concierto masivo y reunión familiar de esas donde aparecen primos que nadie había visto desde el Mundial de Francia 98.
Mientras sonaban los grupos musicales y las filas avanzaban rumbo a los asadores, el tema inevitable era el mismo:
—¿Y Samuel anda aquí o anda en otro viaje?
La pregunta ya forma parte del folclor estatal.
Porque hablar del gobernador es hablar de carreteras, inversiones, Tesla, nuevas líneas del metro y, por supuesto, aeropuertos. Muchos aeropuertos.
Hay quienes aseguran que si uno revisa Flight Radar durante la madrugada aparece una ruta exclusiva llamada “Samuel Express”. Otros sostienen que las salas VIP del mundo ya le reservan asiento automático.
Y luego está Mariana.
La pareja más fotografiada de la política mexicana contemporánea.
Si Samuel inaugura una obra, Mariana aparece.
Si Mariana sube una historia, Samuel aparece.
Si ambos desaparecen unas horas, medio estado supone que ya están rumbo a Tokio, Madrid, Nueva York o cualquier sitio donde exista señal de internet y una cámara frontal.
Por eso el Mood Party tenía algo de reunión vecinal donde todos comentan las aventuras de los primos viajeros.
Entre canción y canción surgían las teorías.
—Dicen que andan promoviendo Nuevo León.
—Sí, pero ya promovieron más kilómetros que una agencia de turismo.
Las carcajadas aparecían acompañadas por el sonido de las latas de cerveza.
Porque si algo une a los neoloneses es la capacidad de convertir cualquier conversación política en una sesión de vaciladas.
Los conciertos seguían.
La música retumbaba.
Las parrillas despedían humo sagrado.
Y cientos de personas parecían llegar a una conclusión compartida: discutir ideologías con el estómago lleno resulta considerablemente más agradable.
La carne desaparecía a velocidad industrial.
Los organizadores repartían porciones con una eficiencia que habría provocado lágrimas de emoción en cualquier administrador de restaurantes.
Algunos asistentes calculaban cuántos kilos de carne equivalían al presupuesto de una campaña electoral.
Otros simplemente repetían plato.
La democracia también tiene sus prioridades.
Mientras tanto, sobre el escenario, los artistas hacían su trabajo.
La multitud coreaba canciones.
Los celulares se elevaban como antorchas digitales.
Y por algunos minutos todos olvidaban el tráfico, la contaminación, los recibos y las eternas obras viales.
La fiesta cumplía exactamente su función histórica: ofrecer una tregua temporal entre la realidad y la diversión.
Había algo profundamente regiomontano en toda la escena.
La cerveza fría.
La música fuerte.
La carne asada.
La crítica política convertida en chiste.
Y una multitud capaz de reírse de todo, incluyendo de sí misma.
Porque en Nuevo León el humor negro funciona como mecanismo de supervivencia.
Aquí alguien puede quejarse durante veinte minutos del gobierno y luego pedir una foto con el gobernador si lo encuentra.
Aquí se puede criticar un evento mientras se disfruta una tercera porción de carne.
Aquí la contradicción no es un problema.
Es una tradición.
Cuando la noche comenzó a caer, las luces del escenario brillaban sobre miles de rostros satisfechos.
La cerveza seguía circulando.
Las canciones continuaban.
Las conversaciones regresaban una y otra vez a los viajes, las selfies, los vuelos internacionales y las promesas de futuro.
El Mood Party terminó pareciendo una metáfora perfecta del Nuevo León contemporáneo.
Un estado acelerado.
Ruidoso.
Ambicioso.
Convencido de que siempre va hacia adelante aunque nadie tenga completamente claro hacia dónde.
Y en medio de todo, Samuel y Mariana convertidos en personajes permanentes de una serie que mezcla política, espectáculo, redes sociales y turismo internacional.
Al final, la gente regresó a casa con fotografías, anécdotas y el recuerdo de una buena fiesta.
También con la certeza de que, tarde o temprano, aparecerá una nueva fotografía del gobernador en algún aeropuerto del planeta.
Porque algunas cosas cambian.
Los gobiernos cambian.
Las modas cambian.
Los conciertos terminan.
La cerveza se acaba.
La carne asada desaparece.
Pero los viajes de Samuel, al menos en la imaginación popular, parecen tener millas acumuladas para varias administraciones más.