NosotrAs y los espacios de Opinión: Okupamos las páginas

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Las páginas de opinión no fueron siempre neutrales: durante años tuvieron pocas voces femeninas. Ocupar ese espacio hoy es también un acto de justicia

8 marzo 2026
NosotrAs y los espacios de Opinión: Okupamos las páginas

Hace unos días, en una entrevista, hablábamos de algo que parece simple pero no lo es: ocupar nuestros espacios. No los de otros. Los nuestros. Los que trabajamos, los que merecemos, los que durante años parecieron ajenos o excepcionales.

Durante mucho tiempo, las páginas de opinión fueron territorio predominantemente masculino. No siempre se notaba, pero estaba ahí: en las firmas, en los enfoques, en los temas que se consideraban relevantes y en los que quedaban fuera. La conversación pública ha tenido un sesgo histórico que no es anecdótico, es estructural.

Los datos lo confirman. A nivel global, apenas alrededor del 27 % de los puestos editoriales están ocupados por mujeres, según el Reuters Institute. En el contenido noticioso, solo cerca del 26 % de las personas citadas o visibles en las noticias son mujeres, de acuerdo con el Global Media Monitoring Project. Es decir, no solo escribimos menos columnas; también aparecemos menos como fuentes expertas, como analistas, como voces de autoridad.

Esa desproporción no es neutral. Cuando ciertas voces predominan durante décadas, terminan por definir qué problemas son urgentes, qué violencias se nombran y cuáles se minimizan, qué experiencias se consideran universales y cuáles particulares. La narrativa moldea la realidad tanto como la describe.

Por eso aceptar escribir en estos espacios no es un gesto decorativo ni una concesión temporal asociada a una fecha conmemorativa. Es parte de un proceso más amplio: el de disputar presencia en los lugares donde se construye sentido. Porque quien escribe no solo opina; también jerarquiza, encuadra y legitima.

Abrir espacio rara vez es terso. A veces incomoda. A veces cansa. A veces enoja. Implica exponerse, sostener postura y aceptar que la presencia femenina en ámbitos tradicionalmente masculinos todavía puede generar resistencia —abierta o sutil—. No es casual que muchas mujeres en el espacio público reciban más cuestionamientos personales que argumentativos, ni que el tono con el que opinan sea evaluado con mayor severidad.

Esa resistencia no siempre es frontal. A veces adopta formas más sutiles: la duda constante sobre la autoridad de quien escribe, la evaluación minuciosa del tono, la expectativa de que las mujeres se mantengan moderadas, agradables, “equilibradas”. Mientras a unos se les reconoce firmeza, a otras se les cuestiona la intensidad. Esa diferencia no es aislada; es parte de la manera en que históricamente se ha regulado la presencia femenina en el espacio público.

Y, sin embargo, cada firma femenina visible también modifica el imaginario. Para muchas jóvenes, ver a una mujer analizando política, economía o cultura no es solo representación simbólica: es permiso. Permiso para imaginarse ahí sin pedir disculpas, sin sentir que irrumpen en territorio ajeno. La normalización de esa presencia es, en sí misma, una transformación cultural.

El 8 de marzo no se limita a la marcha ni a la consigna. También se juega en quién tiene legitimidad para analizar, cuestionar y proponer. La esfera pública no es neutral. Y la ausencia tampoco lo es. Cuando las mujeres están subrepresentadas en los espacios donde se forman opiniones, eso tiene consecuencias en la agenda pública, en la sensibilidad social y en las prioridades políticas.

Ocupar estos espacios no significa desplazar a nadie. Significa reconocer que nunca fueron exclusivos por naturaleza, sino por costumbre. La pluralidad no es un gesto de cortesía; es una condición de calidad democrática. Un periodismo que no incorpora de manera equitativa distintas voces termina ofreciendo una mirada parcial del mundo.

Si el 8M exige justicia en las calles frente a la violencia estructural, también exige presencia en las páginas donde se interpreta esa realidad. Porque la palabra —como el espacio público— es otro territorio donde se disputa poder. Y ocuparla no es un privilegio: es parte de un derecho que durante demasiado tiempo fue limitado.

La pregunta no es si las mujeres podemos escribir, opinar y analizar con la misma autoridad. La pregunta es por qué tardamos tanto en ser leídas como tal.

X @lacorinzuniga

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Corin Zuñiga
Co-editora de la sección de Extremo para web e impreso, con experiencia en investigación de temas deportivos y sociales.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación en Producción de Medios por la Universidad Autónoma de Coahuila.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.