PRIMor

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Opinión
/ 28 septiembre 2022
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Rubén Moreira chamaqueó a Marko Cortés con la mano en la cintura, lo enamoró, lo cilindró, lo emocionó y hasta lo hermanó. Desde su anterior cargo, como presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, pareció convertirse en el defensor de la democracia mexicana, o de lo que queda de ella.

En el PAN, y en menor medida en el PRD, desató el debate, la archiconocida discusión de siempre: los más puristas, escépticos o maliciosos, versus los pragmáticos que sólo piensan en el poder y para quienes terminar con Morena y la 4T justifica de sobra cualquier medio que decidan emplear.

No me considero ni purista ni pragmático, trato de ver las cosas desde fuera con el mayor realismo de que sea capaz. Me basta mirar el comportamiento de Moreira para calcular para dónde van los tiros. Se le puede acusar de todo, menos de inconsistencia. Quizá con una excepción: el año que duró su cortejo al PAN. Apuesto a que, si por él fuera, desde hace cuatro años estaría aliado con el presidente de la República, pero pareciera que AMLO no quiere, se resiste.

“Alito” Moreno pareció resistir la ofensiva oficial operada por Layda Sansores mediante audios que evidencian la catadura del dirigente nacional del PRI. A la conocida corrupción del PRI de siempre, los audios le sumaron la petulancia del nuevo PRI, tanto o más corrupto que sus antecesores.

Empero, todo cambió con la votación sobre la militarización total de las tareas de seguridad pública, con la subordinación de la Guardia Nacional a la Sedena. Para limpiar un poco su cara, el PRI apostó por una propuesta intermedia, en vez de una reforma constitucional lisa y llana, presentaron una propuesta consistente en legalizar la permanencia del Ejército en las tareas de seguridad pública hasta 2028.

Observo tres razones. La relación del PRI con las Fuerzas Armadas, la unidad que a final de cuentas impera en la familia revolucionaria y finalmente la amenaza del Gobierno federal. No dude usted que estamos frente a un fait accompli pactado tras bambalinas.

Desde 1929, el Ejército ha sido y es un sector fundamental del sistema, bautizado en sus inicios como PNR, trasmutado poco después en PRM, y conocido desde 1946 con la marca PRI.

Una vez iniciada la era de presidentes civiles, el Ejército se replegó a los cuarteles y pareció abandonar la vida política, conservando el privilegio de un control absoluto sobre la Secretaría de Defensa y su presupuesto. Estos valores entendidos han prevalecido hasta hoy, incluso durante los dos gobiernos emanados de Acción Nacional, de manera particular, durante el gobierno de Felipe Calderón, cuando un envalentonado PRI se preparaba para regresar al poder. Con ellos la comunicación con el Ejército se intensifico. El PRI apoyó la militarización de la seguridad pública que emprendió Calderón. Frente a la opinión pública propiciaban el desgaste político del gobierno, y se colgaban la medalla frente a las Fuerzas Armadas.

Si algo ha aprendido la familia revolucionaria, tanto el viejo PRI en Morena, como el nuevo PRI, en sus 93 años de vida, es que con el acuerdo ganan todos, y que con el diferendo muchos pierden y que algunos de esos muchos acaban muertos.

La votación sobre la guardia nacional dejó ver, una vez más, que existen dos amplios bloques políticos: los que apuestan a la democracia como forma de vida y de gobierno. En este grupo se cuentan las más diversas ideologías y personas, algunos honestos, otros menos; corruptos o no, pero demócratas al fin. En el otro grupo están los que siempre han apostado al sistema de componendas y simulación, para ellos las elecciones son un mero ejercicio de control político para ejercitar la maquinaria de la corrupción en su propio beneficio.

Finalmente, tenemos la amenaza. La 4T ha dejado muy claro que está dispuesta a usar el poder gubernamental para perseguir y encarcelar a sus opositores. “Alito” aparentó que aguantaría las presiones, pero algo muy poderoso lo hizo cambiar de opinión. El último reducto de la resistencia está en el Senado, donde el PRI de Osorio Chong y Claudia Ruiz Massieu, sobrina de Carlos Salinas de Gortari, da la batalla por la rama “modernizadora” de la familia revolucionaria. ¿Dónde quedarán? Está claro que “Alito” y Rubén ya apostaron por el viejo PRI, llamado Morena.

Por lo pronto, PRIMor es una realidad. Pero como en 1988 y en 2000, como en toda crisis, se asoma una oportunidad para que los demócratas de todo signo ideológico, apuesten unidos a construir un país de instituciones democráticas. La corrupción será el principal obstáculo, siempre se hace presente.

@chuyramirezr

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Columna: Regresando a las Fuentes

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