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Pesa, en los hombros de Alejandra Pizarnik, el estigma poderoso del mito. De ella se habla tanto, quizá más (injustamente) que de su poesía. La nombran poeta maldita. La dibujan y desdibujan hasta que su imagen pierde claridad. Leo, en varias partes, que su obra es una extensión de su espíritu suicida. Que se entregó a la muerte, a la locura. Que si las anfetaminas, que si la bisexualidad. Sentencias que juntas logran el cuadro perfecto, el anhelado estereotipo de la poeta atormentada. Alejandra, Alejandra, como dice en su poema: “debajo estoy yo / Alejandra”. 

Entonces, la pregunta: ¿Cómo leer a Pizarnik? ¿Desde dónde? No hay caminos únicos. Pero tengamos cuidado. Ante el poema, parece inevitable el deslumbramiento de la palabra, el fuego de los versos. Toda creación artística es un proceso intelectual. Las musas dictan, el artista compone. La poeta dedicó gran parte de su tiempo a estudiar su tradición literaria, a explorar el oficio. Buscaba la exactitud, la imagen, el diálogo con sus pares. La alta poesía no surge de la nada. Por otro lado, la oscuridad de sus conjuros tuvo un origen; el fatalismo de su vida, también.

Hija de inmigrantes rusos, Alejandra cargó desde su niñez la sombra de la persecución. Sus raíces judías pronunciaron el sentimiento de no pertenecer a un sitio. Hitler aparecía en las pesadillas infantiles. Algunos parientes murieron en campos de concentración y la familia Pozharnik se vio obligada a huir. Perdieron su apellido, cambiaron de lengua, de tierra e historia en una de las décadas más crudas del siglo XX.  En sus poemas, la escritora se pregunta constantemente “¿Existo?”. Inunda sus versos con la palabra naufragio, con la palabra silencio, con la palabra palabra. Lectora de Carroll, al igual que Alicia se pierde en el extrañísimo reino de las maravillas, en el universo confuso del espejo. Entiende que no hay terruño para ella. Adopta una patria fuera de los planos físicos, el lenguaje:

 

         La muchacha halla la máscara del infinito

         y rompe el muro de la poesía.

 

Cuando Pizarnik entró a la universidad conoció a los poetas vanguardistas. Le fascinó Tristan Tzara y comprendió que la literatura abría sus posibilidades. Pensó, como estos escritores, que la obra de arte era la vida misma y convirtió su existencia en una realidad poética. En su poema “Cenizas”, escribe:

         Hemos inventado nuevos nombres 

         para el vino y para la risa, 

         para las miradas y sus terribles 

         caminos. 

         Yo ahora estoy sola 

         -como la avara delirante 

         sobre su montaña de oro- 

         arrojando palabras hacia el cielo, 

         pero yo estoy sola 

         y no puedo decirle a mi amado 

          aquellas palabras por las que vivo.

 

La soledad de Alejandra Pizarnik era también espiritual. En la década de los cincuenta leyó a los filósofos del existencialismo francés, quienes cuestionaban el sentido de las cosas luego de dos guerras mundiales. En sus viajes a París conoció a Simone de Beauvoir, asistió a las conferencias de Sartre y Lacan, hizo amistad con los escritores latinoamericanos más importantes radicados en la ciudad como Octavio Paz y Julio Cortázar. Pero de nuevo se sintió asechada por la violencia de afuera. Disputas políticas, luchas sociales, movimientos estudiantiles. La sombra crecía en su interior.

Desde sus primeros libros, la muerte es una figura constante. ¿La muerte de qué, de quienes? A través de las páginas insiste en ella como un eterno retorno, como un fin necesario para la continuidad:

          La muerte es una palabra.

          La palabra es una cosa, la muerte es una cosa, es un cuerpo poético que alienta en el lugar de mi nacimiento

 

Al avanzar en sus obras completas, el clamor suicida se fortalece. La poeta persiste. Se nota el cuidado, el trabajo fino de encontrar la imagen, de darle un nombre a la ferocidad que la seguía. Después, los internamientos. La angustia perpetua que no daba descanso. La pelea por mantener su lucidez incluso poco antes del fin. Alejandra, la siempre exiliada, la sin patria.