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Para muchos, John Keats es el poeta de lo sensible, del universo pasional y táctil. Para mí es como como el ruiseñor, ave símbolo del Romanticismo: solo canta por las noches y pertenece a dos mundos, el etéreo (porque llega al cielo con sus alas) y el terrenal (porque se posa en los campos interminables). La belleza es el gran tema de su poesía. El bardo inglés pensaba, como los griegos antiguos, que no sólo era la oposición de lo feo, sino que “purifica y sublima lo malo y da brillantez, platónicamente, a la verdad”, como nos dice el traductor Pedro Luis Ugalde Ramo en la edición bilingüe de Endymion.

Lejos de la estampa lacónica y maldita que sus contemporáneos dibujan al retratarle, el misterio de Keats recae en el espíritu de su propia poesía. Aunque culto, no hereda una obra con pretensiones filosóficas o raíces ilustradas a la manera de escritores como Coleridge, quien había estudiado en varias universidades y se pronunciaba sobre las corrientes políticas. Parece que su mundo es otro. Evoca, al igual que los románticos (pienso en Hölderlin, ambos tienen un Hiperión), la nostalgia por el pasado clásico, la melancolía por los bellos poemas lejanos que sostienen su tradición lírica.

John Keats es hijo de un siglo turbulento. Nació en 1795, cuando su país atravesó una explosión demográfica importante y la Revolución Industrial ya comenzaba a dejar estragos. El enriquecimiento de la burguesía, el empobrecimiento de los trabajadores, la explotación de los recursos y otros factores sociales fueron la antesala histórica para una posterior hegemonía británica. Se respiraba, entonces, un aire de producción, de frivolidad, al que se opusieron los poetas del Romanticismo inglés, quienes escriben sobre la belleza, la contemplación, la naturaleza, las emociones humanas.

“La noche me escucha”, proclama Keats. Su alma lunar lo condujo, como al Endimión del mito griego, en su vida poética. Murió a los veinticinco años de tuberculosis (la llamada “enfermedad de los románticos”), un mal que lo debilitó hasta apagarlo definitivamente el 23 de febrero de 1821. “Si muriese, detrás no dejo obra inmortal,  nada que haga que mis amigos se sientan orgullosos con mi recuerdo; pero he amado el principio de todas las cosas, y si hubiera tenido tiempo, habría hecho que no me pudieran olvidar”, redactó el poeta. Es sabido que la crítica no fue amable con sus libros, pero esto no le mortificó; “El elogio o el reproche no tienen sino efecto momentáneo en el hombre cuyo amor a la belleza en abstracto le convierte en severo crítico de sus propias obras”, contestó en una carta.

El rechazo a Keats, en su momento, se debe a que sus poemas eran más cercanos a los ideales artísticos de las generaciones posteriores, los poetas puros, “para los que el sentido poético es siempre absoluto y nunca circunstancial”, explica Ugalde, “un intento de asimilar, bajo la simple noción de Belleza, toda la gama de experiencias humanas”. Para Keats, la poesía era (como dice en uno de sus versos) dejar el alma en la tierra. El trabajo del poeta consistía en entender el aullido del tigre, descifrar el rugido del león, y ser –a la par– un hombre como cualquier otro, “o cualquier otra cosa asombrosa / que un hombre pueda ser entre Platón y simio”.

Keats, como todos los poetas, tiene espíritu de ave. Se identifica con el zorzal, al que dedica un soneto. “Oh tú, cuyo único libro ha sido la luz / de las supremas tinieblas, que tú alimentaste / noche tras noche”, le dice. Hablo de él en presente porque lo percibo vivo. Aunque tal vez se parezca más, insisto, al ruiseñor de su magnífica “Oda”. Le respondo con su propio verso: “¡Tú no has nacido para morir, pájaro inmortal!”.