El 7 de abril se conmemora a nivel internacional el Día Mundial de la Salud, con el objetivo de crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales y crear hábitos sanos en las personas. Se decretó en 1948 por la fundación de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este año, la pandemia del Coronavirus marca un parteaguas en la conmemoración de esta fecha, el mundo está prácticamente inmovilizado por el virus altamente contagioso que está desbordando las capacidades de atención médica en los países con mayor incidencia. 

Las ciras de infectados y muertes derivadas de este nuevo virus son alarmantes, al día de hoy, un millón 300 mil infectados, 75 mil muertes y 277 mil personas recuperadas. Estos números sólo hablan de este virus, sin embargo, no debemos dejar de lado otras horribles cifras que sin los reflectores, difusión y atención emergente del Covid-19, también forman parte de la realidad cotidiana en todos los países, principalmente los menos desarrollados. También estas muertes duelen, laceran la historia de familias y de sociedades enteras. No menciono ésto con intención de restar importancia al actual panorama, si no hablar de la enorme desafío que tenemos a nivel planetario para atender los problemas de salud vinculados al cambio climático. 

Se considera que el cambio climático representa la principal amenaza para la salud mundial del siglo XXI, ya que afecta de manera directa e indirecta la salud de las personas por cambios meteorológicos extremos, desastres naturales, olas de calor, contaminación, escasez de recursos y todos los conflictos socioeconómicos que se derivan. Se calcula que 24% de la carga mundial de morbilidad y 23% de la mortalidad, son atribuibles a factores medioambientales y esto irá en aumento. 

Por mencionar un ejemplo, aún cuando el abastecimiento de agua y sanemiento es un derecho humano, cada año en el mundo mueren 842 mil personas de diarrea como consecuencia de la insalubridad del agua, de un saneamiento insuficiente o de una mala higiene de las manos. Al menos dos mil millones de personas se abastecen de una fuente de agua potable que está contaminada por heces, lo cual provoca que más de 220 millones de personas por año, necesiten tratamiento por enfermedades parasitarias graves. El escenario futuro, no es nada alentador, pues se calcula que para el 2025, la mitad de la población mundial vivirá en zonas con escasez de agua. Aquí la urgencia de uno de los cambios profundos que la relación de la salud y el cambio climático nos plantea: la gestión eficiente y sustentable del agua. 

Si esta pandemia está sacudiendo el sistema económico, social, cultural y político, ¡imaginen si sumamos todas las cifras de enfermos y muertos derivados del cambio climático en el mundo! 

Esto abre una ventana de oportunidades para que se replanteen las necesidades del desarrollo, para crear planes y programas adecuados de protección social y fortalecer los sistemas de salud. Es momento de reflexionar y reediseñar a nuestra sociedad. Las políticas públicas, deben poner en el centro lo verdaderamente importante y prioritario. 

Es necesario repensar el diseño, la planeación y gestión de las ciudades, impulsar una cultura social con nuevos hábitos, más sanos y amigables con el medio ambiente. 

Sobre todo, nos debemos preparar para enfrentar los grandes desafíos sin precedentes que nos esperan en términos de salud pública, si no se toman decisiones contundentes de mitigación y adaptación al cambio climático y a la actual crisis ambiental que por décadas, han dado evidencia de la gravedad de sus consecuencias. Con voluntad política y cambios profundos, aún podemos prevenir otras catástrofes, esto también requiere de actuar con urgencia. 

Reconexión Natural
Gabriela de Valle