Esa forma de violencia practicada en contra de los débiles, de los diferentes o de los que no gozan de la protección de un grupo, y que conocemos comúnmente como “bullying”, constituye un fenómeno viejo en la historia de la humanidad y es, en tiempos modernos, la prueba de cómo seguimos siendo incapaces de reconocernos como iguales.

No pocas voces suelen decir, refiriéndose al acoso escolar, que hoy se le da al tema una importancia que no tiene; que el bullying ha existido siempre y que millones de seres humanos han sobrevivido a éste a lo largo de la historia.

Es probable que tengan razón quienes afirmen que el acoso escolar no es hoy más frecuente que antes y que la proporción de quienes lo padecen es la misma de otras épocas.

Sin embargo, es preciso señalar que una conducta no puede ser calificada de normal o aceptable sólo porque tenga mucho tiempo practicándose. 

Tampoco es dable afirmar que “nadie se ha muerto por ser objeto de burlas” pues, por un lado, tal afirmación resulta difícil de probar y, por el otro, el acoso genera secuelas emocionales de muy diversa índole.

Incluso el testimonio de alguien que hubiera sido objeto de burlas en la infancia y luego se convirtiera en un individuo exitoso resulta insuficiente para probar la “inocuidad” del bullying, simple y sencillamente porque no se trata de una conducta inofensiva.

Por ello es necesario tomar nota del fenómeno y desplegar acciones tendientes a prevenirlo y combatirlo.

Pero para que esas acciones sean eficaces resulta indispensable que remen en la dirección correcta; es decir, en la dirección de la transformación cultural que requerimos para reconocernos como iguales y no utilizar las diferencias como arma para violentarnos mutuamente.

Asumir la diversidad como un elemento natural de nuestras comunidades, e incluso como parte de su propia riqueza, representa el primer paso indispensable para atreverse a ver al semejante como alguien que tiene derecho a un espacio propio dentro de la comunidad y para entender que garantizarle el derecho a ese espacio es responsabilidad de todos.

Y para lograr tal no se necesitan nuevas leyes o la amenaza de un castigo. Lo que se requiere es educación y formación humanista. Se requiere la adopción de un código de ética que nos empuje al terreno de la tolerancia, del respeto mutuo, de la solidaridad.

No habrá ley que pueda manifestarse eficaz allí donde los seres humanos sean incapaces de reconocerse como iguales, de respetarse mutuamente y de convivir como semejantes a partir de la aceptación de su diversidad y de sus diferencias.

Combatir el bullying y eventualmente erradicarlo no pasa por la existencia de una ley que “obligue” a prevenirlo. Pasa por la adopción de una conciencia que nos obligue al respeto mutuo por convicción propia y por el temor un castigo realmente eficaz: el reproche de nuestra propia conciencia