En el Imperio Romano, la nobleza y el linaje daban a las personas la particularidad de la dignidad. Sólo el que podía autodeterminarse o tenía estatus social, poder, derechos, privilegios, ocupaba ciertos cargos de importancia o vivía con decoro, era una persona digna. Por ser herederos de la tradición latina nos quedamos con esa consideración, porque en la práctica seguimos pensando que todos somos iguales, pero unos menos iguales que otros.

La dignidad humana tiene como base la autonomía que es la posibilidad que todos tenemos y poseemos de buscar el rumbo que queramos, porque en teoría somos poseedores de una idéntica dignidad. Tristemente en la práctica, como en la Roma Imperial, siguen siendo dignos quienes forman parte de la nobleza… actual.

De ahí que, en la sociedad heteropatriarcal-neoliberal en la que vivimos, se pone en duda si los pueblos originarios, los migrantes, las lesbianas, los homosexuales, los bisexuales, los transgénero, los transexuales, las personas afroamericanas, los refugiados, las personas con VIH, las personas que practican alguna religión distinta a la mayoritaria, ancianos, personas con discapacidad, las servidoras domésticas o quienes tienen una apariencia física distinta al estereotipo de belleza marcado por la sociedad de consumo, son poseedores de dignidad. ¿Sabía usted que en este momento en México se discrimina más por apariencia que por todas las demás formas?

En mucho, una de las causas –y considero que es la más importante– por la que la violencia en sus múltiples formas repunta con más fuerza, no sólo en el ámbito de la seguridad sino en todas las dimensiones donde el ser humano en este País se mueve, es la poco sólida idea de dignidad que tenemos.

Porque si realmente creyéramos que todos los seres humanos, por el simple hecho de ser quienes somos, somos dignos, no existiría esta polarización que ha promovido la intolerancia galopante que poseen los que desconocen que la democracia tiene que ver con la inclusión y el reconocimiento de los diferentes.

Sería conveniente volver a los clásicos para entender que la dignidad antes que ser un asunto de “respeto” es un asunto de reconocimiento. El respeto en un País como el nuestro, no sólo es un concepto ambiguo, es también subjetivo.

Hegel a diferencia de Kant, en “La dialéctica del amo y el esclavo”, afirma que la dignidad de la persona no puede estar fundamentada en la idea del respeto, sino en la del reconocimiento. Vayamos más allá y determinemos con Hegel que la dignidad es un tema de reconocimiento del otro.

Salgamos de lo filosófico y vayamos al área de lo tangible, porque el reconocimiento recíproco se puede medir y determinar en la práctica. Si trato al otro de acuerdo a la dignidad que posee por ser persona y no por el lugar social que ocupa, o por las posesiones que tiene, el concepto dejará de ser subjetivo y se volverá relacional.

Sin duda alguna, todos necesitamos reconocimiento. De una forma o de otra. Pero particularmente como seres humanos que somos, invaluables e irrepetibles, ¿nos cuesta tanto reconocernos como partners? El ser humano vale por lo que es y no por lo que tiene. Por eso Maslow en su pirámide lo pone casi en la cima, sólo por debajo de la autorrealización.

Esta violencia que nos complica, esta polarización que nos aqueja, esta ola de inseguridad que venimos padeciendo, esta voracidad que traslucimos a través de la codicia, todo lo que pasa en nuestra sociedad mexicana y que nos muestra la involución en la que estamos metidos, tiene su punto de fuga en la falta que tenemos de reconocernos como seres humanos. Es decir, en el reconocimiento de que somos seres dignos, seamos quienes seamos; ricos y pobres, ancianos y niños, hombres y mujeres, gobernantes y gobernados.

En una democracia donde la pluralidad y la diversidad son la base de la convivencia, aceptar las formas de ser, de obrar, de hablar, de mirar, de creer y de pensar de los demás, es reconocer la dignidad que tiene el otro.

¿Queremos que la violencia termine en el País? Comencemos a reconocernos todos como poseedores de dignidad, porque operativamente sin reconocimiento es una falacia que creamos que todos los seres humanos somos dignos.

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