Este 19 de junio se cumple el centenario luctuoso del vate jerezano, gigante de la poesía mexicana moderna; tema que da pie para algunos apuntes sobre su zeitgeist y ciertas correspondencias con Otilio González, su contemporáneo saltillense

Orígenes

Es contundente el peso de la obra del zacatecano, sujeto de innumerables estudios como los clásicos de  Villaurrutia, Paz y Sheridan, Campos, Pacheco, y más recientemente Quirarte, Lumbreras y Fernando Fernández. 2021 es año velardeano, o debería serlo.

Ramón López Velarde nace en Jerez, en 1888,  mientras que Otilio González en Saltillo, en 1894. Luego de sus estudios preparatorios, el primero se gradúa como abogado en el Instituto Científico y Literario de San Luis, donde en algunas versiones conoce a Francisco I. Madero y se adscribe a un grupo antirreleccionista. En 1912, el saltillense -egresado del Ateneo Fuente- pide una beca al Ayuntamiento de Saltillo para partir a la Ciudad de México y cursar la carrera de abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, como consta en una carta localizada en el Archivo Municipal. San Luis es clave en la vida de ambos autores: allá el primero hará sus letras originarias como columnista, donde será un acérrimo crítico del zapatismo. Ahí conocerá a Manuel Aguirre Berlanga, abogado también, nacido en el ejido coahuilense de San Antonio de las Alazanas, con quien sellará una amistad de toda la vida. Berlanga será una pieza clave en la trayectoria política de Carranza; lo acompañará como diputado constituyente y será su ministro de gobernación, lo seguirá hasta su sacrificio final por parte de los sonorenses en aquella choza de Tlaxcalaltongo, en el año de 1920. Será por recomendación de Aguirre Berlanga que Velarde se traslade a vivir a la Ciudad de México, como empleado de la Secretaría de Gobernación.

También, al fin abrupto del régimen carrancista, el mismo Manuel Aguirre Berlanga fundará el Partido Cooperatista Mexicano con algunos personajes provenientes de la provincia: el recién egresado abogado saltillense Otilio González Morales y el periodista y escritor chihuahuense Martín Luis Guzmán, quienes serán compañeros en la legislatura federal de 1921-1922.

Ramón López Velarde, 1915. Archivo.

El escritor en movimiento

Tanto Velarde como Otilio son hijos representativos de su época -contemporáneos de Kafka, con quien el primero coincidirá en sus temas el pavor a la paternidad, como en su prosa “Obra maestra”, debido a que “la paternidad asusta, porque sus responsabilidades son eternas”-, comparten la época también con Vallejo, Eliot, pero sobre todo con Walter Benjamin, quien el mismo año de Zozobra y de  Incensario, segundo y primer poemarios de los vates mexicanos, publicará su primer libro y definirá de manera puntual, a propósito de Baudelaire, el concepto del flâneur, esa identidad que en la capital ambos encarnarán a la perfección “Una figura que atrae lo antiguo y lo moderno, el mundo que decae y el mundo que se aproxima. Como Baudelaire, es un abandonado de la multitud que sirve de enlace entre dos universos. Un paseante, un viajero solitario que representa, en su aislamiento compartido, toda la tristeza de quien está condenado a vagar de un sitio a otro, a la espera de ese shock que impone la ciudad cuando se abre como un libro plagado de citas. Un flâneur no es más que un escritor en movimiento. Básicamente, su tarea es estar a la expectativa, porque en uno de sus paseos puede surgir un cruce de tiempos, de espacios, de historias que se entrelazan si alguien las mira fijamente. Como el encuentro de dos nombres de calles distintas que, al encontrarse, crean una épica de formatos en fuga”.

Carta de Otilio al Ayuntamiento solicitando una beca. 1912. Foto APC

La religión de lo erótico

Provincianos, derivarán entre el culto y la fe, la culpa y la alucinación del sexo. En Velarde, dice Pacheco “Su liturgia es la veneración del amor físico y metafísico; su remordimiento, la conciencia católica que diaboliza el mundo y la carne; su horror, la fugacidad de la vida y la corrupción final de nuestros cuerpos. Se juega todo a una sola carta, el poema”.
Y es tanto su atrevimiento de esbozar un erotismo críptico en imágenes sacras, que hasta se le atribuye la primera mención a la erección masculina en la poesía mexicana, en La última odalisca (1919) “¡Lumbre divina, en cuyas lenguas / cada mañana me despierto:/ un día, al entreabrir los ojos,/ antes que muera estaré muerto!”
Sin embargo, ese mismo año, Otilio en Incensario también escribirá: “Pasa una / rubia de ojos aceituna / junto a mí: con los pezones / va escribiendo tentaciones; / y yo siento a mi deseo, / como un pájaro irascible / dar debajo del flexible / fieltro negro un aleteo.”

El político arteaguense Manuel Aguirre Berlanga, amigo de ambos.

En la poesía de ambos se entrecruza la imagen de la ciudad, la mujer y la muerte. La política, la tradición bucólica o la religión (presente sobre todo en los poemas virgilianos del saltillense y en La Suave Patria (1921), donde el catolicismo de Velarde se manifiesta en diversas alusiones: el Niño Dios, el pan bendito, la higuera de San Felipe, la cuaresma opaca, la respiración azul de incienso, el Domingo de Ramos, el ave taladrada en el hilo del rosario, así como en De mi rosal (1923) y Triángulo (1927) (último libro del coahuilense) serán sus pasiones compartidas. Ambos serán víctimas directas e indirectas de la hegemonía sonorense (1920 y 1927; Velarde aspiraba a un cargo diplomático antes del fin del gobierno de Carranza) y en una última coincidencia, ambos descansan en aquel sitio favorito para los paseos del zacatecano: el Panteón Francés de la Piedad.


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Otilio (centro) en el lanzamiento de la candidatura de Adolfo de la Huerta, 1923. Archivo.