¿Narcisismo colectivo? Saltillo, un espejo que no refleja

¿Narcisismo colectivo? Saltillo, un espejo que no refleja

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Los foráneos describen a Saltillo como una ciudad cerrada, desconfiada y difícil de penetrar. Una parte de sus habitantes rechaza esa imagen; otra recoge los mismos defectos y los convierte en señales de carácter, inteligencia y superioridad ante los de “afuera”

Saltillo
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“BUENAS TARDES... BUENO NO”

Muchos años después volví a caminar por la calle Cuauhtémoc. Encontré costumbres que creía extintas: hombres parados en las banquetas durante la tarde, mujeres mayores observando el barrio desde los umbrales de sus casas y conversaciones que atravesaban la calle porque las fachadas parecían colocadas unas encima de otras.

Aproveché el recorrido para poner a prueba una leyenda sobre la identidad saltillense. Comencé a saludar. “Buenas tardes”, decía al encontrarme con alguien en la banqueta.

Los hombres movían la cabeza hacia arriba y me miraban durante unos segundos, como si con ese movimiento hubieran aceptado mi existencia. Después regresaban al teléfono, a la conversación o a la calle.

$!Un hombre saluda a varios vecinos durante un recorrido por la calle Cuauhtémoc. El gesto cotidiano permite observar la tensión entre la cercanía física del barrio y la reserva con la que algunos habitantes responden a quienes atraviesan su espacio. Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial a partir de escenas descritas en el artículo.

Algunas mujeres de edad avanzada se sobresaltaban al escucharme, aunque casi todas respondían. Solo un hombre me devolvió las buenas tardes con una naturalidad inmediata que hasta sentí que no era de Saltillo.

$!Una mujer observa la calle desde la penumbra de su casa. La puerta permanece abierta, pero el umbral conserva su función de límite entre la intimidad doméstica y la vida pública del barrio. Ilustración generada con IA.

El recorrido sobresalió tras ver una discusión que se repite en redes sociales y en conversaciones con “no saltillenses”. Los foráneos preguntan por qué la gente de Saltillo no saluda o por qué tarda tanto en incorporarlos a sus círculos.

Los habitantes responden que la reserva se confunde con mala educación, que cada persona debe iniciar sus propias relaciones o que el recién llegado todavía no comprende la cultura local. En un foro, una mujer contó que no lograba integrarse; alguien le contestó que dos años eran insuficientes para conocer una ciudad.

También en el Centro Histórico, un artista cubano vivió durante siete años frente a un vecino que nunca le dirigió la palabra. Las puertas de ambas casas quedaban una frente a la otra en una calle angosta. Entre ellas había apenas unos pasos, una proximidad capaz de revelar los ruidos de la casa contraria, los horarios y las visitas.

$!Durante años, un artista cubano y su vecino vivieron frente a frente en una calle angosta del Centro Histórico. Se observaban, reconocían sus horarios y coincidían a pocos metros, pero el saludo nunca llegó.

Cuando coincidían, el vecino desviaba la mirada. En otras ocasiones, el artista lo sorprendía observándolo mientras pasaba. Aquella atención desaparecía en cuanto los ojos de ambos podían encontrarse. Durante siete años se reconocieron de esa manera, mediante el esfuerzo del hombre por fingir que no miraba.

Tiempo después, el artista encontró al vecino y a su familia dentro de una de sus exposiciones. Recorrieron la sala y miraron las obras del hombre que vivía frente a su puerta. Tampoco ahí lo saludaron. Habían entrado al espacio más público de su trabajo y conservaban la misma distancia que mantenían en la calle.

$!El vecino y su familia recorren una exposición sin acercarse al artista que vive frente a su casa. La entrada al espacio público de su obra no modifica la distancia que ambos habían mantenido en la calle.

El artista lleva 17 años en Saltillo. Cuando intenta resumir su experiencia, utiliza una palabra que repite con cuidado. La ciudad le parece “extraña”. No la describe únicamente como fría. Habla de una comunidad que observa, guarda silencio, conoce el trabajo de los demás y puede interesarse por ellos sin concederles abiertamente el reconocimiento.

UNA GRANDEZA GRUPAL

Debo aclarar que una ciudad carece de una personalidad única y no puede recibir un diagnóstico clínico. Saltillo reúne casi un millón de experiencias distintas, atravesadas por edades, colonias, clases sociales y lugares de origen. El narcisismo colectivo pertenece a otro campo. Sirve para estudiar la relación que algunas personas mantienen con la imagen de los grupos a los que pertenecen.

Agnieszka Golec de Zavala y otros investigadores definieron el narcisismo colectivo como una inversión emocional en una creencia exagerada sobre la grandeza del grupo propio. Quien se identifica de esta manera espera que los demás reconozcan la importancia, la autoridad o las cualidades especiales de su comunidad. La imagen del grupo ocupa el centro, mientras la identidad personal puede permanecer fuera de ese mecanismo.

La necesidad de reconocimiento exterior sostiene esa grandeza. Los miembros del grupo creen conocer su verdadero valor y sospechan que los demás lo ignoran, lo minimizan o realmente se niegan a admitirlo. Un comentario ambiguo puede sentirse como desprecio. Una crítica particular adquiere el tamaño de una ofensa contra todo aquel que se denomine saltillense. La respuesta abrupta busca restaurar una imagen que se considera amenazada.

El estudio distingue esta identificación del orgullo constructivo. Una comunidad segura de sus cualidades puede examinar sus problemas y escuchar a quienes los señalan. El narcisismo colectivo se relacionó con una visión menos tolerante de la crítica, una mayor percepción de amenazas exteriores y más dificultad para perdonar agravios dirigidos al grupo. Los investigadores encontraron también una relación positiva con el patriotismo ciego y negativa con el patriotismo constructivo.

Una de las investigaciones se realizó con participantes mexicanos durante la construcción del muro fronterizo de Estados Unidos. Las personas con niveles más altos de narcisismo colectivo tendieron a interpretar el muro como una falta de respeto hacia México y apoyaron con mayor frecuencia el boicot a productos y empresas estadounidenses. La relación entre ambas respuestas pasaba por la percepción del insulto. El comportamiento económico adquiría así una función simbólica: reparar la dignidad del grupo.

La idea ayuda a leer ciertas discusiones saltillenses. En redes, una persona de fuera describe a la ciudad como cerrada y la conversación se desplaza rápidamente hacia sus defectos personales. “Tal vez no sabe socializar, espera que todos la atiendan, compara demasiado o llegó con prejuicios”. La experiencia narrada pierde importancia frente al examen de quien se atrevió a dar su testimonio.

$!En las discusiones digitales sobre Saltillo, el testimonio de una persona foránea puede quedar desplazado por comentarios que cuestionan su carácter, sus intenciones o su capacidad para integrarse.

En una discusión pública, algunos saltillenses reconocieron la existencia de círculos formados desde la secundaria o la preparatoria. Otros atribuyeron la falta de integración a la pasividad de los recién llegados. También aparecieron respuestas que confirmaban involuntariamente la acusación: quien no se acostumbra puede regresar a su ciudad; quien critica recibe la abreviatura despectiva de “chiri”. Se reunieron hospitalidad, autocrítica, burla y rechazo en una misma pantalla.

Enrique Abasolo, columnista, periodista y saltillense de toda la vida, considera reciente la acusación sobre la falta de saludo. Encuentra explicaciones en el ensimismamiento, la timidez social y el deseo de atravesar un lugar con la menor interacción posible. Cuando la crítica aparece en redes, él mismo adopta una careta “socarrona”. Exagera el carácter cerrado y responde que la gente debe ajustarse o marcharse. La provocación, explica, forma parte de un entorno digital áspero.

Esta máscara produce un efecto difícil de controlar. El foráneo señala la hostilidad y recibe una respuesta hostil. La acusación queda confirmada durante el intento por desacreditarla. Después comienza la reconstrucción favorable del mismo rasgo. La cerrazón se presenta como selectividad; la desconfianza acredita prudencia; la falta de saludo protege la intimidad; la dificultad para entrar a un grupo demuestra la profundidad de las amistades locales.

“REFERENCIA NACIONAL”

La leyenda comercial ofrece la versión más completa de esa identidad. “Si funciona en Saltillo, funciona en cualquier parte”, se repite en sobremesas, negocios y conversaciones digitales. La ciudad sería un laboratorio nacional donde las marcas someten sus productos a consumidores especialmente exigentes.

Una investigación de VANGUARDIA en 2018 encontró empresarios que recordaban pruebas realizadas en Saltillo y recogió una lista de cadenas desaparecidas. También reconoció la ausencia de estudios capaces de confirmar la excepcionalidad local.

Cada negocio tenía razones particulares para retirarse. El momento de apertura, la ubicación, los precios, la competencia, el estacionamiento y las decisiones corporativas ofrecían explicaciones menos memorables. La nota advertía que las características consideradas negativas del saltillense habían sido convertidas en fundamento de su fama como público exigente.

Abasolo cree que Saltillo pudo haber sido una plaza difícil. Recuerda el fracaso de un proyecto y las historias sobre cadenas que se marcharon. Su primera explicación carece de heroísmo: quizá los habitantes son codos y piensan mucho dónde gastar. Después identifica el movimiento importante. Cuando alguien presenta esa característica como defecto, la comunidad “le da la vuelta a la tortilla” hasta convertirla en motivo de presunción.

El mito está construido para sobrevivir a cualquier resultado. Cuando una empresa cierra, el consumidor saltillense fue demasiado exigente. Cuando permanece, logró superar la prueba. Si una marca utiliza la ciudad para un estudio, se confirma su importancia nacional. Cuando no hay datos disponibles, el secreto empresarial mantiene viva la leyenda. Saltillo siempre conserva el papel principal dentro de la historia.

Ese relato produce una grandeza cómoda. Haber nacido en la ciudad basta para participar en la derrota de Carrefour, Wendy’s, Starbucks o cualquier negocio integrado después a la memoria de los fracasos. Las decisiones de miles de consumidores diferentes se condensan en un “nosotros” capaz de expulsar cadenas internacionales. La identidad común recibe el mérito sin necesidad de comprobar la acción colectiva.

EL CLUB DE TOBY: SALTILLO EDITION

El artista cubano conoció otra versión del mismo “nosotros”. Los grupos culturales de Saltillo lo recibieron desde sus primeros años. Encontró colegas que lo orientaron, personas que lo invitaron a participar y espacios donde pudo presentar su obra. Habla de esa acogida con gratitud. Durante un tiempo formó parte de una comunidad que lo hizo sentir acompañado.

La relación cambió cuando su trabajo comenzó a recibir reconocimiento fuera de la ciudad. Según su testimonio, algunos colegas atribuyeron su crecimiento al atractivo de ser extranjero. Lo que antes podía enriquecer la escena cultural empezó a describirse como una ventaja indebida.

A la acusación se añadió una exigencia de gratitud. Debía recordar a las personas que lo habían recibido y los lugares que le habían abierto sus puertas. La hospitalidad inicial se transformó en una deuda prolongada. Diecisiete años de residencia, trabajo y aportaciones culturales no cancelaban por completo el lugar del invitado.

El artista asegura que algunos integrantes del medio crearon un grupo de WhatsApp para ponerse de acuerdo y no acudir a sus inauguraciones. Días después de las aperturas, cuenta, encontraba a varias de esas personas recorriendo la exposición por separado. Habían evitado acompañarlo públicamente y regresaban cuando podían mirar la obra sin otorgarle la imagen de una sala respaldada por sus colegas.

$!Según el testimonio del artista, algunos colegas evitaban asistir públicamente a sus inauguraciones y visitaban la exposición días después, por separado. La ausencia adquiría así el carácter de una forma silenciosa de exclusión.

La rivalidad artística, la envidia profesional y la disputa por espacios aparecen en ciudades de todo el mundo. El origen del artista vuelve particular su experiencia. Se le recordó que no era saltillense, se explicó su éxito mediante su extranjería y se reclamaron para los locales los lugares que comenzaba a ocupar. El conflicto dejó de concentrarse en la calidad de las obras y empezó a organizarse alrededor de la pertenencia.

LOS DE AQUÍ

La industria ha obligado a Saltillo a negociar continuamente sus fronteras. Las empresas atraen trabajadores de todo el país: Veracruz, San Luis Potosí, Puebla, Oaxaca, Hidalgo... Una estimación empresarial publicada en 2024 situaba en un 25% la proporción de empleados procedentes de otras ciudades en la región sureste de Coahuila. El lenguaje cotidiano mantiene a una parte de ellos en una categoría inferior. “Chiriwillo” señala procedencia, acento, apariencia física y clase social; especialistas locales lo han relacionado con discriminación, racismo y xenofobia interna.

$!Las plantas industriales de la región sureste reciben diariamente a trabajadores provenientes de distintas ciudades y estados. La economía local necesita esa movilidad, aunque parte del lenguaje cotidiano siga colocando a quienes llegan en la categoría de “los de afuera”.

Abasolo observa otra fuente del regionalismo en los discursos públicos. Los gobiernos repiten que el estado posee los mejores trabajadores, la industria más fuerte, la mayor seguridad o un carácter superior al de otras regiones. El orgullo se entrega terminado, asociado al lugar de nacimiento y separado de las acciones individuales. Para él, una identidad como la antigua “Atenas de México” al menos señalaba una responsabilidad concreta: sostener instituciones educativas dignas de ese nombre.

Al terminar mi recorrido por Cuauhtémoc volví a saludar. Algunos hombres levantaron la cabeza. Las mujeres mayores respondieron después del sobresalto. El único saludo inmediato seguía siendo una excepción dentro de aquella tarde. Las puertas permanecían abiertas y los vecinos observaban desde su umbral. Saltillo escucha con atención lo que los foráneos dicen sobre la ciudad: a veces examina el reflejo; otras veces baja la mirada, rompe el espejo y se defiende con los pedazos rotos.

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Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.

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