Santiago Apóstol, una fama discreta como patrono de Saltillo
Cada 25 de julio, Saltillo celebra la fundación de la antigua Villa de Santiago. El apóstol dio nombre a la ciudad, marcó su fecha fundacional y preside su Catedral, pero su figura quedó relegada frente a devociones más íntimas y populares, como la del Santo Cristo.
Domingo, diez de la mañana, y el sol está tranquilo en el Centro de Saltillo. Permite caminar por la Plaza de Armas sin buscar con desesperación la sombra de los edificios. A esta hora, las palomas ocupan el suelo, los automóviles dan vueltas buscando dónde estacionarse y la Catedral comienza otro día dentro de sus casi cinco siglos de historia.
Entro por la Capilla de Ánimas, donde se encuentra el Santo Cristo, una imagen que terminó quedándose con buena parte del cariño religioso de la ciudad y robándole protagonismo al patrono histórico de la capital. Dentro, hay ocho personas cerca del crucifijo. Unas sentadas, otras hincadas, todas permaneciendo el tiempo suficiente para dejar una oración y continuar con el domingo.
La fuerza de esa devoción alimenta una confusión frecuente. No es raro que algunas personas identifiquen al Santo Cristo como la figura principal de la Catedral e incluso lleguen a considerarlo el patrono de Saltillo. Pero ese lugar corresponde a Santiago Apóstol.
El Santo Cristo no es otro santo, sino una representación de Jesús crucificado alrededor de la cual se desarrolló una de las devociones populares más importantes de la ciudad.
LA RECEPCIÓN DOMINICAL
A unos metros se celebra una misa bajo Santiago Apóstol. Cerca del 80 por ciento de las bancas está ocupado. Hay familias, personas mayores y asistentes solitarios siguiendo la ceremonia.
Santiago tiene gente frente a él esta mañana. Su presencia fuera del templo parece más discreta, como la de esos parientes cuyos retratos siguen en la sala aunque las nuevas generaciones ya no sepan contar bien quiénes fueron.
La visita ofrece una escena de una hora y un domingo determinados. No sirve para establecer qué templo recibe más fieles ni para calcular la fuerza de una devoción, porque las iglesias cambian con el horario, el calendario y las fiestas.
Guadalupe en julio guarda una calma que desaparece en diciembre; San Francisco se transforma en octubre y la zona de Catedral adquiere otra vida cuando se acerca el 6 de agosto.
Santiago ocupa el altar mayor vestido como peregrino. Lleva túnica, bordón, un guaje para el agua, conchas sobre la capa y un libro en la mano. Encima de la imagen, una inscripción latina recuerda que el conjunto está dedicado al patrono. Todo está dispuesto para que el visitante sepa quién preside el templo, aunque entre columnas, dorados, capillas y santos resulte fácil mirar durante varios minutos sin encontrarlo.
La escultura actual está elaborada en pasta policromada. El bordón sirve para caminar; el guaje, para guardar agua; las conchas sobre la esclavina identifican al peregrino que recorre el camino hacia Compostela.
El libro remite, dentro de la iconografía cristiana, a la epístola de Santiago. En la parte superior del altar aparece la inscripción Sancto Patrono Jacobo Dicatum: dedicado al santo patrono Santiago.
El conjunto fue terminado durante la década de 1930 y combina una estructura neoclásica con elementos barrocos, bizantinos y decoraciones próximas al art nouveau.
La inscripción no deja demasiado espacio para la duda, aunque haya dejado de ser comprensible para muchos visitantes. Santiago continúa en el centro del altar.
Lo que se ha desplazado no es su imagen, sino la capacidad de la ciudad para reconocerla.
UNA FUNDACIÓN ESPAÑOLA
Saltillo nació en 1577 como la Villa de Santiago del Saltillo. El 25 de julio, día de la festividad del apóstol, quedó unido a la fundación española de la población. Desde los primeros años existió una capilla modesta bajo su advocación.
Santiago quedó puesto en el nombre original, en la fecha y en el edificio principal de la ciudad.
No se convirtió en patrono porque su imagen fuera considerada más milagrosa ni porque los habitantes de la villa hubieran comparado sus favores con los de otras devociones. El patronazgo formaba parte del acto colonial de fundar y nombrar una población.
Los españoles no sólo trazaban calles, repartían tierras y establecían autoridades: también colocaban los nuevos asentamientos bajo la protección simbólica de una figura religiosa.
Jesús Gerardo, profesor de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad La Salle México, explica que los colonizadores llevaron al norte una devoción de raíz española.
Al fundar poblaciones también les asignaban una protección religiosa. Santiago llegó así a una tierra de caminos largos, agua escasa y asentamientos separados por distancias que podían decidir la vida de un viajero.
La investigadora Ana Isabel Pérez-Gavilán Ávila señala que desde los inicios de la villa española existió una capilla dedicada al apóstol. Con el tiempo, aquella capilla ejerció las funciones propias de una parroquia: administraba sacramentos y registraba nacimientos, bautizos, matrimonios y fallecimientos.
El templo que conocemos comenzó a levantarse en 1745 y fue concluido y dedicado en 1800, aunque todavía quedaron inconclusos algunos elementos del mobiliario y la torre.
De acuerdo con información atribuida al Instituto Nacional de Antropología e Historia, la construcción comenzó en 1745 y concluyó en 1800. El 23 de junio de 1891, mediante una bula del papa León XIII, la antigua parroquia adquirió oficialmente la dignidad de Catedral al convertirse en sede del obispo de la nueva Diócesis de Saltillo.
La diferencia es importante. El edificio no nació como Catedral. Durante siglos fue la parroquia de Santiago Apóstol, el templo dedicado al patrono de la antigua villa.
Sólo se convirtió en Catedral cuando Saltillo fue establecido como cabecera de su propia diócesis, más de trescientos años después de la fundación de la población.
El INAH atribuye el diseño del edificio a Nicolás Hernández y describe su arquitectura como una combinación del barroco y el churrigueresco, visible especialmente en la profusión ornamental y en los detallados tallados de cantera de su fachada.
Pérez-Gavilán introduce algunos matices. En lugar de identificar a Nicolás Tadeo Hernández únicamente como diseñador, lo presenta como el primer maestro de obra conocido, activo aproximadamente entre 1745 y 1771.
Después participaron otros artífices, entre ellos Tomás Lucio de Ibarra, Salvador Cayetano Yáñez, Juan Esteban Dávila, Juan Félix Maldonado y Mariano Ángel Galín y Anglino.
La Catedral no fue el resultado intacto de una sola imaginación, sino una obra prolongada durante décadas y construida por maestros, albañiles, carpinteros, herreros, trabajadores anónimos, benefactores y cofradías.
La autora también advierte sobre el uso rígido de etiquetas como “churrigueresco”. En la fachada conviven columnas que evocan la forma salomónica, pilastras estípites, elementos rococó y soluciones locales elaboradas por artífices que reinterpretaron los modelos novohispanos desde el norte.
La arquitectura de la Catedral no es la expresión pura de un estilo, sino un cuerpo hecho de acumulaciones, desplazamientos y contradicciones.
De acuerdo con el INAH, el interior resguarda una colección de aproximadamente 45 óleos virreinales, importantes retablos barrocos, columnas salomónicas coronadas con la concha del apóstol Santiago y un frontal de plata del siglo XVIII en el altar de San José.
La concha no es solamente un detalle ornamental. Es la venera que identificaba a los peregrinos que llegaban hasta Compostela. Su repetición en las columnas, la fachada, el altar y la escultura reafirma que el templo fue concebido bajo la advocación de Santiago.
Antes de encontrarlo en el altar mayor, el visitante ya ha atravesado una arquitectura cubierta por sus signos.
EL HIJO DEL TRUENO
¿Pero quién era Santiago?
El nombre se refiere a Santiago el Mayor, también llamado Jacobo o Iacomo, para distinguirlo de otros personajes cristianos que compartieron ese nombre. Era hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Juan y pescador en la región del mar de Galilea.
Según los relatos evangélicos, ambos hermanos fueron llamados mientras trabajaban con sus redes y dejaron la barca para seguir a Jesús.
Jesús los llamó Boanerges, “Hijos del trueno”, por su carácter impetuoso. En una ocasión, después de que una población samaritana se negara a recibirlos, Santiago y Juan preguntaron si podían hacer bajar fuego del cielo.
El hombre sereno que hoy sostiene un bordón en la Catedral tuvo, según los Evangelios, una juventud bastante menos discreta.
Santiago aparece, junto con Pedro y Juan, en algunos de los episodios más cercanos a Jesús. Los tres estuvieron presentes en la resurrección de la hija de Jairo, en la Transfiguración y en la oración del huerto de Getsemaní.
Los Hechos de los Apóstoles registran que fue ejecutado por órdenes de Herodes Agripa alrededor del año 44. Por ello es considerado el primero de los doce apóstoles que murió martirizado.
A partir de ese punto, los documentos históricos ceden lugar a una tradición construida durante siglos.
Los relatos cristianos posteriores sostienen que Santiago viajó a Hispania para predicar, que tuvo poco éxito, que regresó a Jerusalén y que, después de su muerte, sus discípulos trasladaron su cuerpo en una embarcación hasta Galicia. Siglos más tarde, sus restos habrían sido encontrados y alrededor de ellos nació una de las rutas de peregrinación más importantes de Europa: el Camino de Santiago.
El documento catequético Santiago Apóstol desarrolla estas historias como parte de una biografía religiosa: el viaje por Cádiz y Galicia, la aparición de la Virgen sobre un pilar en Zaragoza, el regreso a Jerusalén, el traslado del cuerpo hasta la costa gallega y el descubrimiento posterior de su sepulcro.
El propio documento presenta el viaje por España como parte de las narraciones confusas de los primeros siglos del cristianismo y denomina “tradición” al relato de la aparición de la Virgen del Pilar. Son historias fundamentales para comprender la devoción jacobea, pero no deben confundirse con una cronología históricamente comprobada de la vida del apóstol.
Durante la Edad Media, Santiago apareció representado de tres maneras: como apóstol, como guerrero y como peregrino. Cada una respondía a necesidades diferentes.
El apóstol recordaba al discípulo de Jesús.
El peregrino acompañaba simbólicamente a quienes viajaban hacia Compostela.
El guerrero, montado sobre un caballo blanco y con una espada, fue incorporado al discurso de la Reconquista española.
Esa última figura, conocida tradicionalmente como Santiago Matamoros, se generalizó hacia el siglo XV. La lucha simbólica contra los musulmanes fue trasladada después a América y utilizada contra los pueblos indígenas considerados “idólatras” por el dominio hispano.
Santiago podía proteger caminos, pero también justificar conquistas. Su figura contiene ambas posibilidades: la hospitalidad del peregrino y la violencia con la que los imperios convierten sus símbolos en armas.
LA EXPERIENCIA DEL CAMINANTE
En el norte novohispano se difundió principalmente la imagen del caminante.
Pérez-Gavilán señala que, aunque la figura guerrera tuvo mayor auge en los territorios mesoamericanos del centro de México, en las regiones septentrionales se popularizó el Santiago peregrino. Esa fue la imagen que dio nombre y patronazgo a la Villa de Santiago del Saltillo y a otras poblaciones del noreste.
Santiago lleva el bordón para sostenerse, el guaje para beber y las conchas que identifican a quienes recorren el camino compostelano. La figura parece hecha para una región donde nadie emprendía una jornada sin calcular el agua, el sol y la distancia.
La venera o concha de Santiago proviene de las vieiras de Galicia. Los peregrinos las cosían a su ropa como prueba de haber recorrido el camino hasta Compostela. En la Catedral de Saltillo, la concha aparece en la vestimenta de la escultura, sobre el acceso principal y en distintos elementos arquitectónicos.
El edificio termina convertido en una especie de camino detenido: una construcción en la que las piedras conservan los signos de un viaje que muchos habitantes ya no saben interpretar.
Oswaldo Iván Mora Ávila, licenciado en Comunicación Organizacional y Relaciones Públicas, sirve desde 2006 en la Capilla de San Juan Bosco, perteneciente a la Parroquia de Santa María Reina. Desde esa experiencia reconoce a Santiago como protector de caminantes y migrantes.
Dentro de Catedral, el peregrino comparte el espacio con un Cristo que no necesitó dar nombre a la ciudad para volverse parte de la familia saltillense.
Santiago dio nombre a la villa. El Santo Cristo terminó dando forma a una parte de su intimidad religiosa.
UNA IMAGEN Y DOS HISTORIAS
La Capilla del Santo Cristo queda a un costado, con su propia entrada, sus veladoras, sus visitantes y una cantidad de historias que han ido creciendo con cada generación.
La imagen habría sido adquirida por Santos Rojo, comerciante y benefactor de la antigua villa. Los documentos estudiados sobre la Catedral señalan que para 1608 ya se encontraba en una capilla propia. La versión popular le dio una llegada más memorable: una mula sin dueño habría transportado una caja y, al abrirla, los habitantes encontraron el crucifijo.
En cuatro siglos, la mula ha recorrido más conversaciones que muchos personajes documentados de la ciudad.
El estudio de Pérez-Gavilán señala que la figura, elaborada en pasta de caña, aparece registrada como una adquisición de Santos Rojo y que probablemente estuvo primero en una capilla doméstica dedicada a las Ánimas del Purgatorio.
Para 1608 ya se encontraba documentada en una capilla dentro del templo de la villa. La llegada en una mula pertenece a la versión legendaria, no al registro documental.
La distinción ayuda a entender la confusión actual.
Santiago posee una relación fundacional con la ciudad: le dio nombre, fecha, templo y protección simbólica.
El Santo Cristo construyó otra clase de relación, menos institucional y más afectiva: se vinculó con enfermedades, promesas, duelos, agradecimientos y relatos de favores concedidos.
Uno quedó inscrito en las actas y en las piedras.
El otro fue pasando de boca en boca.
FAVORES CONCEDIDOS
Las leyendas suelen resolver con una escena lo que los archivos dejan abierto. La imagen aparece, el animal desaparece y el pueblo recibe una señal. Después vienen las novenas, los favores concedidos, las cofradías y las historias contadas en cocinas y velorios.
Una devoción crece cuando alguien asegura que fue escuchado y otra persona decide que también puede serlo.
El estudio de Pérez-Gavilán no plantea una competencia entre Santiago y el Santo Cristo, pero permite entender por qué las dos devociones siguieron caminos diferentes. Santiago recibió desde la fundación el nombre, el altar y el patronazgo de la villa. El Santo Cristo construyó una red de cercanía: tuvo capilla, cofradía, benefactores, retablo, relatos de milagros y generaciones de personas que acudieron a pedir o agradecer.
Una figura quedó inscrita en la organización simbólica de la ciudad. La otra fue entrando en sus enfermedades, promesas, cocinas y velorios.
La devoción al Santo Cristo desarrolló una estructura organizada. Tuvo capilla, cofradía, mayordomos, recaudaciones y aportaciones para la construcción y ornamentación del templo. En 1757, por ejemplo, su cofradía entregó 400 pesos para la construcción de un retablo lateral destinado a la capilla.
La fe también dejó libros de cuentas, contratos, nombres de benefactores y decisiones sobre la apariencia del edificio.
Jesús Gerardo recupera una explicación del obispo emérito Raúl Vera: la población mexicana encontró una cercanía particular con la imagen de un Cristo sufriente.
En el Santo Cristo reconoció el dolor, la enfermedad y las dificultades de una vida que muchas familias aprendieron a sobrellevar sin convertirlas en discurso. Los milagros atribuidos a la imagen hicieron el resto.
Mora Ávila habla también desde una trayectoria de 15 años como catequista. Desde esa experiencia observa que muchas personas suelen acercarse al santo o a la imagen que sienten que les concede más favores.
El Santo Cristo tiene una reputación milagrosa en Saltillo; Santiago carga con una historia menos conocida. Muchos visitantes observan su bordón, el guaje y las conchas sin saber qué significan. Para Iván, difundir esa historia ayudaría a entender por qué la Catedral está dedicada al apóstol.
También hay una diferencia en la forma de contar las historias. El Santo Cristo tiene una leyenda sencilla y poderosa: una mula, una caja, una imagen que aparece de manera misteriosa. La historia cabe en una conversación familiar y puede ser repetida sin necesidad de explicar siglos de iconografía.
Santiago exige una genealogía más compleja: los Evangelios, Hispania, la Reconquista, Compostela, las veneras, el bordón, el guaje y el acto colonial de nombrar una población. Su historia se conserva en inscripciones, fechas y símbolos que necesitan ser explicados para volver a adquirir sentido.
El Santo Cristo no desplazó formalmente a Santiago. Lo que ocurrió fue más silencioso: una devoción cotidiana se volvió más fácil de recordar que un patronazgo establecido cuatro siglos atrás.
COMERCIO E IGLESIA
Al salir de Catedral, el sol empieza a cambiar de carácter. El camino hacia San Francisco atraviesa una zona donde las iglesias llevan siglos conviviendo con comercios, vendedores y personas que aprovechan el atrio para esperar a alguien.
En Saltillo, las puertas de los templos rara vez terminan donde comienza la banqueta.
Afuera del Santuario de San Francisco hay gente vendiendo boletos para una rifa. Cerca, varios puestos ambulantes preparan comida. La mañana huele a aceite y a guisos. Entre monedas y muchos “gracias”, los asiduos a la parroquia reúnen fondos con uno de los sistemas económicos más persistentes de los barrios mexicanos: comprar un boleto con pocas posibilidades de ganar y muchas de ayudar.
Adentro, un sacerdote confiesa a una persona. Alrededor de quince asistentes permanecen sentados en silencio. Algunos miran hacia el altar; otros parecen descansar dentro de esa pausa que ofrecen las iglesias. La conversación del confesionario no se escucha. Afuera continúan la rifa, las ollas y los vendedores.
Gerardo me cuenta que la devoción franciscana de la región tiene vínculos con la antigua Hacienda de San Francisco de los Patos, en el actual General Cepeda, y con las peregrinaciones a Real de Catorce. En las comunidades rurales, las fiestas religiosas se transmitían junto con los bienes familiares. Una madre podía dejar a sus hijos tierras, muebles y la obligación de celebrar al santo cada 4 de octubre.
EL DESGASTE DE UN SANTO
En Real de Catorce se cuenta que la imagen de San Francisco desgasta sus huaraches porque durante la noche baja del altar para visitar enfermos y conceder favores. Por eso le cambian el calzado y el hábito.
En algunas historias aparece convertido en un anciano que camina por los pueblos. Es una leyenda andante, porque cuando alguien necesita ayuda, el santo se pone los huaraches y sale.
Iván siente una cercanía especial con San Francisco por su manera de llamar “hermana” a la luna y “hermano” al sol. Le interesa esa relación con los animales, las plantas y las personas, aunque su devoción principal está con San Juan Bosco, a quien conoció desde joven mientras servía en la Iglesia.
Su historia muestra una de las formas en que nacen estos vínculos: primero se conoce al personaje; luego se encuentra en él una utilidad, un ejemplo o una compañía.
Ocurre algo similar con otras figuras religiosas. San Francisco aparece como el santo que camina, visita enfermos y desgasta sus huaraches. El Santo Cristo representa un cuerpo herido al que se le pueden contar los dolores propios. La Virgen de Guadalupe concentra la figura de la madre.
Santiago conserva una función más abstracta: es patrono, peregrino y símbolo fundacional. Es decisivo para la historia de Saltillo, pero su importancia no siempre se traduce en una necesidad cotidiana reconocible.
La diferencia no necesariamente indica que exista menos fe en Santiago. Puede significar que otras figuras tienen una mayor legibilidad emocional: parecen ofrecer compañía, protección, consuelo o una respuesta concreta frente a la enfermedad, el duelo y la incertidumbre.
Al llegar al Santuario de Guadalupe, el sol ya es el del mediodía. Afuera, algunas personas comen nieve de limón o de mango. Un dron da vueltas alrededor de la iglesia, sube cerca de las torres y regresa con el zumbido de un insecto perdido. Nadie parece prestarle demasiada atención.
Dentro hay cuatro señoras y dos adultos sentados en silencio. Una mujer reza. Las demás personas pueden estar esperando una misa, descansando del calor o acompañando a alguien.
La escena pertenece a este momento. En diciembre, el mismo templo recibe peregrinaciones que avanzan desde la Iglesia del Carmen y reúnen a camioneros, maestros, sacerdotes, comerciantes, floristas y familias enteras.
EL CAMINO DE LA VIDA
Jesús Gerardo explica que una peregrinación representa el camino de la vida y el encuentro final con Dios. En México, la Guadalupana concentra además la figura de la madre. Se va a verla como se visita a la mamá después de varias semanas: con peticiones, agradecimientos, noticias y la confianza de que todavía habrá un lugar disponible en la mesa.
La tradición de Santiago también está construida alrededor del movimiento. A partir del siglo XI, el sepulcro atribuido al apóstol en Compostela se convirtió en uno de los principales centros de peregrinación de la cristiandad europea.
Durante los siglos XII y XIII se difundió el Códice Calixtino, considerado una de las primeras grandes guías del peregrino. La festividad del apóstol se celebra cada 25 de julio.
Los tres templos muestran esta mañana maneras diferentes de convivir con Saltillo.
San Francisco sigue en la calle mediante la rifa y los puestos de comida.
Guadalupe recibe el vuelo del dron, las nieves y a seis personas refugiadas del mediodía.
Catedral reúne una misa concurrida alrededor de Santiago y ocho visitantes cerca del Santo Cristo.
Cada escena durará poco. El calendario religioso se encargará de cambiarla.
FE POR TEMPORADA
Iván describe ese calendario con humor: llega diciembre y muchos se vuelven guadalupanos; en octubre aparecen los franciscanos; agosto reúne a los devotos del Santo Cristo.
Santiago tiene una temporada menos visible porque su fiesta comparte el 25 de julio con el aniversario de Saltillo. Entre ceremonias oficiales, actividades culturales y discursos sobre la fundación, el apóstol acaba convertido en el hombre cuyo nombre aparece en la invitación, aunque pocos sepan dónde está sentado.
La ciudad celebra el día que lleva su nombre, pero no necesariamente reconoce al personaje que se encuentra detrás de la fecha.
Al final del recorrido, Santiago sigue en el altar mayor con el bordón en una mano y el guaje preparado para el camino. Afuera, la ciudad continúa celebrando su nombre sin detenerse demasiado en su origen. Dentro, los visitantes acuden a misa dominical, atentos a la orden de ponerse de pie y al “se pueden sentar”, pero ahí están, en el templo que le dio un nombre a Saltillo.
El Santo Cristo continúa a un costado, rodeado por las oraciones, los milagros atribuidos y las historias que lo volvieron cercano. No es el patrono de la villa, pero tampoco necesitó serlo para formar parte de la ciudad.
Santiago lleva más de cuatro siglos esperándolos con la paciencia propia de los caminantes, que saben que nadie llega al mismo tiempo y que algunos tardan generaciones en reconocer el camino.