Cuenca Sabinas-Burro-Picachos: La batalla entre el agua y el subsuelo

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Opinión
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La posibilidad del fracking en Sabinas-Burro-Picachos es discutible, no sólo por la falta de agua salada confirmada, sino por la creciente conciencia ambiental y social en la región

En el norte de México, la cuenca Sabinas-Burro-Picachos vuelve a colocarse en el centro del debate nacional. La presidenta Claudia Sheinbaum determinó que: “Cualquier exploración de gas shale dependerá de la existencia de agua salada profunda, desconectada de los acuíferos de agua dulce”. Si no existe agua salada, el fracking a gran escala no pasará de ser un proyecto más. Pero ¿qué sabemos realmente sobre el subsuelo de esta cuenca? ¿Y qué implicaciones tiene para los municipios coahuilenses y nuevoleoneses que la conforman?

Por una parte, no existe evidencia que confirme la presencia de grandes reservorios de agua salada en la profundidad de esta cuenca. Lo que existe es una instrucción presidencial: perforar pozos hidrogeológicos experimentales para determinar si ese recurso está ahí, si es suficiente y si puede utilizarse sin comprometer los acuíferos que sostienen los ecosistemas y la vida humana en Coahuila y Nuevo León.

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La cuenca, geológicamente, es considerada por el Comité Científico de Soberanía Energética como una de las dos únicas regiones del país donde podría evaluarse la viabilidad de producir gas shale. Concentra más del 40 por ciento del recurso energético prospectivo nacional. Pero para hacer posible el fracking, cada pozo requiere entre 50 mil y 70 mil metros cúbicos de agua. Y en una región donde el estrés hídrico es cotidiano y las sequías son recurrentes, destinar agua –aunque sea salada– a una actividad extractiva despierta muchas inquietudes.

Coahuila, históricamente más abierto a las actividades extractivas, podría ver en esta cuenca una oportunidad económica. Pero Nuevo León enfrenta un dilema distinto: en su porción de la cuenca se encuentran territorios de alto valor ambiental y cultural –Bustamante, Pueblo Mágico; Lampazos, Villaldama y Sabinas Hidalgo–, donde la vida rural depende de acuíferos frágiles y sobreexplotados. Y ahora, bajo la política global de conservación 30x30, las sierras de Bustamante y de Lampazos-Sabinas Hidalgo están en proceso de convertirse en Áreas Naturales Protegidas (ANP), lo que no es fácil, pero resulta factible dado que el turismo comunitario de naturaleza y el cinegético son llaves maestras para su desarrollo.

La creación de estas ANP no es un trámite administrativo, sino un cambio de paradigma. Significa que el territorio se reconoce como un espacio de valor ecológico, cultural y biológico que debe preservarse. Significa que las actividades extractivas, dependiendo de la categoría del área, podrían ser restringidas o incluso prohibidas. Significa que cualquier proyecto energético deberá someterse a consultas públicas previas, libres e informadas, donde las comunidades tendrán voz y voto. Y significa, sobre todo, que el país está comenzando a mirar hacia la conservación como un eje de desarrollo.

Ya en diversas ocasiones he compartido que se está trabajando desde octubre de 2024 en consolidar el Corredor Biocultural Oso-Jaguar Frontera Norte para privilegiar la conservación de la biodiversidad y del patrimonio cultural.

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En este contexto, la posibilidad del fracking en Sabinas-Burro-Picachos es discutible, no sólo por la falta de agua salada confirmada, sino por la creciente conciencia ambiental y social en la región. En Bustamante, donde la identidad comunitaria pervive entre grutas, ojos de agua y tradiciones auténticas, perforar el subsuelo para extraer gas se percibe como una amenaza a la vocación turística y cultural del lugar. En Lampazos, Villaldama y Sabinas Hidalgo, donde el agua es un recurso estratégico, cualquier riesgo de contaminación generará una reacción justificable. Si bien la soberanía energética es un objetivo legítimo –por lo que México necesita diversificar sus fuentes y garantizar su abastecimiento–, también lo son la soberanía hídrica y ambiental. En esta cuenca, ambas parecen confrontarse.

La cuestión central no es sólo si existe agua salada en el subsuelo, sino si están dispuestos a sacrificar los ecosistemas y comunidades a cambio de extraer un recurso energético cuya viabilidad técnica, económica y social es cuestionable. Sabinas-Burro-Picachos es una cuenca territorial que enfrenta una batalla entre dos visiones de país: una que mira hacia los recursos del subsuelo y otra que observa hacia la biodiversidad y las comunidades que dependen de ella. La decisión final será política.

Columna: Mundo sustentable

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