SEMANARIO: Reportaje portada / El cine de los hombres solos

Semanario
/ 5 noviembre 2007

    Bajo el humo de los cigarrillos y al calor de una película ochentera, hombres solos vienen a este oscuro lugar en busca de placer

    Primera función: Lluvia de Placer
    En este cine no hay palomitas ni hot dogs, tampoco estrenos de temporada ni colas de gente esperando en la taquilla, pero en cambio hay oscuridad, caricias y sexo por 35 pesos.

    Es hasta esta sala del cine Olimpia Vistarama que una noche hemos venido dos reporteros de Semanario, para presenciar el espectáculo porno que no precisamente transcurre en la pantalla, pero de eso hablaremos más tarde.

    Antes hemos tenido que pasar por la taquilla, que a las afueras del Olimpia atiende una mujer gruesa y cuarentona, quien sin decir palabra y luego de haber cobrado el importe de la entrada, -35 pesos por cabeza -, nos entrega un par de boletos de cartón, color naranja.

    El vendedor de pepitas y el del puesto de periódicos que comparten la acera del cine, nos lanzan algunas miradas pícaras, al tiempo que sonríen entre ellos .

    Mi compañero y yo esperamos unos minutos antes de entrar y echamos un último vistazo a la trajinada calle de Allende, no vaya a ser que algún conocido pase y nos vea cruzar juntos la puerta de cristal del Olimpia, pensamos sin decirlo.

    Nos dirigimos por fin hasta el acceso, donde un hombre con cara de pocos amigos, que raspa los 70 años y está sentado en una silla con la pierna cruzada, me arrebata los boletos, los rompe por la mitad de mala gana y me regresa los pedazos con la yema de los dedos, como queriendo evitar todo contacto con mi mano.

    Caminamos entonces por el vestíbulo del cine, apenas iluminado por una luz blanca, la suficiente para que alcancemos a ver la cartelera que, puesta en una pared a la izquierda de la puerta de entrada, anuncia la doble función de hoy: "Lluvia de placer" y "Ladrón del deseo".

    Encima del cartel se ven también las figuras de mujeres desnudas, con cara de niñas y enormes pechos, que incitan a quedarse el resto de la noche en este cine, donde además hay permanencia voluntaria de 4:00 a 9:30 de la noche, toda la semana.

    Al fondo del vestíbulo se ve abandonada, desierta, la fuente de sodas. Detrás de la barra, donde alguna vez se vendieron palomitas, lunetas, hot dogs y sandwiches, se ve solamente un refrigerador vertical con luz interior y en la que se enfrían algunas gaseosas.

    Nos detenemos frente a las cortinas de terciopelo guinda que separan la sala del vestíbulo, y luego de titubear unos segundos penetramos en la oscuridad de este cine al que, se rumora, suelen venir algunos políticos saltillenses de mucho nombre.

    Casi a tientas echamos a andar hasta la barra con molduras de madera que divide el pasillo del área de butacas, en el primer piso, área que, por cierto, se mira vacía.

    De inmediato llamamos la atención de algunos grupos de hombres que, recargados en una de las paredes de la sala, no dejan de mirarnos.

    Algunos fuman, otros cuchichean y ríen, pero parece que pocos atienden la escena de la película, donde una actriz tresequis practica el sexo oral a su pareja masculina, un hombre moreno, de cabello lacio y marcados biceps.

    Al cabo de algunas escenas más y sin pensarlo mucho, nos subimos trastabillando por unas escaleras serpenteantes hasta el segundo piso del cine.

    Nos hemos sentado en una de las primeras filas de butacas, al extremo derecho de la planta alta, donde se ve a más hombres, algunos de pie, otros sentados, algunos en pareja, otros solitarios.

    Desde aquí se domina el cine en toda su enormidad, apenas comparable con la del teatro Fernando Soler.

    En la pantalla se proyecta ahora a una rubia voluptuosa, recostada a lo largo y ancho de una cama.

    El público parece estar al borde de la excitación y cómo no si se trata, nada más y nada menos, que de la mundialmente famosa Cicciolina, la actriz porno europea que en la década de los ochentas fue diputada de Italia por el Partido Radical.

    La cinta parece antigua, a juzgar por las rayas que a cada rato cruzan la pantalla distorsionando la imagen y el sonido, pero eso a muchos parece no importarles.

    La luz del proyector que sale de un agujero al fondo de la sala, revela a ratos la silueta de hombres que van y vienen de un extremo a otro, en la parte trasera del cine, y otros tantos que suben y bajan del segundo al primer nivel.

    Todo es silencio y sólo se escucha el tronar de las pepitas en los dientes y el flamazo de cerillos que encienden cigarros.

    De vez en vez algunos hombres se detienen frente a nosotros, nos miran fijamente y luego se retiran sin decir nada. La función se vuelve más incómoda cuando desde nuestro asiento, vemos cómo los hombres que están sentados detrás y a un lado de nosotros, "se meten mano".

    Nadie que pase a esta hora por la calle de Allende imaginaría siquiera lo que sucede en la oscuridad del Olimpia que, según los periódicos de la época, un día como hoy, 5 de noviembre, pero de 1977, estrenó en Saltillo la película "21 horas en Munich", con William Holden, Franco Nero y Shirley Knight.

    La noche avanza y la cinta donde esta vez aparece la Cicciolina en acción, sigue corriendo. El humo de cigarro es asfixiante.

    La luz del proyector deja ver otra vez ese extraño movimiento de hombres que caminan en medio de la oscuridad hacia la parte trasera del cine.

    La oscuridad es tan espesa que es imposible adivinar lo que hacen aquellos hombres en ese rincón en penumbras. A diferencia de lo que sucedía en los cines convencionales, ningún vigilante ha pasado por aquí alumbrando con su linterna por entre las hileras de bancas.

    La palabra "Fin" aparece de repente en medio de la pantalla, que en eso se apaga y las luces del cine se encienden. Los hombres que estaban en el rincón comienzan a dispersarse rápidamente y a tomar sus lugares en las butacas.

    Nosotros dejamos nuestros asientos y aprovechamos la luz para echar un vistazo a ese rincón oscuro de la sala.

    Se trata de una área vacía del cine que está junto al cuarto de proyección y en la que se observan, regados por todo el piso, montones de papal sanitario.

    En eso las luces del cine se apagan otra vez y la oscuridad nos sorprende. No bien transcurren algunos segundos, cuando otro hombre viene con intenciones de hacernos compañía, se recarga en la pared justo detrás de nosotros y nos mira.

    De inmediato enfilamos por el pasillo central hasta las butacas del centro de la sala. Ha comenzado de golpe y sin créditos la segunda función, pero nosotros hemos decidido retirarnos antes de que termine la película.

    Bajamos ahora por las escaleras serpenteantes hasta el primer piso. Recargados en la barra con molduras de madera, vemos al mismo grupos de hombres que nos recibió al principio.

    Antes de cruzar la cortina de terciopelo guinda rumbo a vestíbulo y la salida, alcanzamos a oír que alguno de ellos nos despide:

    - ¡Mira, mira, mira!- mientras uno más lo secunda: - ¡Ay... papacitos...! Quizá sean los mismo hombres que la tarde de otro día veré en la planta alta del Cine Olimpia Vistarama.

    Segunda función: Sombras nada más...

    Esta vez estoy sentado, solo, en una de las butacas que se hallan casi al centro de la sala.

    Apenas se apagan las luces y corre la proyección, empieza el movimiento de hombres que suben y bajan las escaleras del primero al segundo piso o van del lado derecho al izquierdo del recinto, hasta el rincón oscuro.

    La filmación muestra ahora a un hombre teniendo sexo con una mujer exhuberante, sobre un diván de mosaico.

    Desde el cuarto de proyección parecen venir los acordes de la melodía "Sombras nada más", que interpreta Javier Solís, mientras la lucecita amarilla de los encendedores rompe a ratos la oscuridad del cine, como si de la nada brotara una plaga de luciérnagas por todas partes.

    En eso pasa frente a mí la silueta de un hombre, a duras penas logro distinguir su camisa a cuadros.

    El hombre sigue de largo hasta la fila de arriba y se sienta en una butaca que está justo detrás de mi.

    Al cabo de algunas escenas, el hombre comienza a golpear con la rodilla el respaldo de mi butaca, tac, tac, tac. Los ecos de "Sombras nada más" vuelven a sonar en la paredes revestidas de madera del Olimpia. La rodilla de aquel hombre retumba en mi espalda. Estoy sudando, temblando, pero trato de hacer como si nada pasara .

    El hombre continúa golpeando el respaldo de mi butaca, esta vez con mayor insistencia, hasta que finalmente deja su asiento y vuelve a perderse en la oscuridad del Olimpia. Al fin respiro.

    La película está a punto de terminar y antes que prendan las luces se deja escuchar un grito que proviene de algún rincón de la sala: "¡Aguas!", el cine se ilumina y parece como si nadie se hubiera movido de sus lugares.

    Antes de que las luces se apaguen me voy hacia las escaleras que van al piso de abajo y en el trayecto me topo de frente con algunos hombres con aspecto de solterones maduros, algunos de ellos con pelo canoso y caras arrugadas.

    Atravieso después las cortinas de terciopelo y camino hasta el baño de caballeros, que se halla frente al pasillo de la entrada a la sala.

    Me dispongo a lavarme las manos cuando un hombre moreno, delgado y de anteojos se asoma desde uno de los sanitarios y con además de cabeza me pide que entre con él a uno de los apartamentos de paredes de concreto y puertas de lámina.

    Rápidamente cierro la llave de paso del lavabo y casi corriendo salgo del baño hasta la puerta de cine.

    Tercera función: Club Privado
    Días después regreso al Olimpia por tercera vez, ahora acompañado de otro reportero de Semanario.

    Las luces están encendidas y la primera función aún no ha comenzado. Ya hay algunos hombres desbalagados por las butacas del segundo piso que, al vernos entrar, se cubren el rostro, como para impedir que alguien los reconozca. Algunos de estos hombres lucen tapados hasta la cabeza con el gorro de sus sudaderas o chamarras.

    La cartelera de la entrada ha anunciado para esta tarde las películas "Club privado" y "Sexo a domicilio".

    Al fin se apagan las luces y arranca la película. De pronto empieza a escucharse en la sala un pillido como de pichones recién nacidos. "Se me hace que ha de haber algún nido por aquí", me dice mi compañero y su teoría se confirma cuando más tarde se escucha un revoloteo de palomas que viene de una de las esquinas del recinto.

    En la pantalla se ve ahora a un play boy en acción con una morena de cabellos rizados. Esta cinta es tan vieja como las anteriores.

    Casi a mitad de la película un hombre de cachucha y sudadera se detiene frente a la fila de butacas donde estamos sentados y comienza a llamarnos con la mano derecha, al verse ignorado se va.

    Vuelve a escucharse en medio de la sala el pillido de los pichones y el aleteo de las palomas. Al cabo de un rato vemos desde aquí a un hombre recargado en la pared del cuarto de proyección y a otro inclinado frente a él, como hurgando en su abdomen.

    El pillido de los pichones y el revoloteo de las palomas ha cesado, se escuchan ahora hebillas de cinturones que se desabrochan y zippers de pantalón que suben y bajan frenéticamente.

    Al cabo de algún rato, el hombre de la cachucha y la sudadera viene otra vez hasta nuestro lugar y empieza de nuevo a llamarnos con la mano, luego se pierde en la oscuridad de la sala. Nosotros decidimos abandonar el cine a media función.

    El encuentro
    "¿Qué hora tiene?", aquella voz afeminada viene desde mis espaldas en el vestíbulo, rumbo a la salida, mi última noche en el Olimpia Vistarama.

    El que me habla es un hombre alto, delgado y de pelo entrecano, que lleva puesto un pantalón de mezclilla negro y un suéter gris a cuadros.

    "Las 9:30", contesto y sin preguntarme nada más echa a caminar conmigo haciael centro, por la calle de Allende. Se llama Carlos, tiene 45 años y como un año y medio viniendo al Olimpia, tres o cuatro veces por semana, me platica. "Tu ya habías venido ¿no?", pregunta sin más ni más. "Ultimamente", le contesto y suelta con una risita suspicaz "sí, te vi entrar el otro día con otro chavo, se sentaron arriba, yo estaba ahí cerca y los vi, ¡quién sabe qué estarían haciendo!". "¿Pero tú qué buscas?, ¿qué te gustaría?", me interroga después, como un psicólogo que analiza a su paciente.

    Le explico que he venido al Olimpia por simple curiosidad.

    "Claro, a muchos les da pena aceptar lo que son y les da pena que los vean, a mí no me importa, este es un lugar para gente de criterio", comenta.

    "¿A qué se refiere con lo de criterio?", cuestiono y sin pensarla dos veces responde con otra pregunta: "¿Sí has visto que toda la gente está arriba y se están agarrando, o así...?".

    Luego me cuenta de su homosexualidad, que aceptó desde la adolescencia, y de la que su familia está enterada.

    "Tienes que aceptar la vida tal como es. La presión de que siempre te están diciendo que cuándo te casas, que por qué no tienes una novia o que la madre y tú dices: 'tienen que agarrar la onda de que ellos hicieron su vida como querían hacerlo`, entonces uno tiene el derecho y la posibilidad de decidir su vida. Yo soy homosexual cien por ciento definido y no tengo bronca".

    "¿Y por qué viene a este lugar?", le pregunto mientras esperamos el rojo del semáforo, antes de cruzar de un extremo a otro de la calle de Múzquiz, "Yo no tengo pareja, no tengo compromisos, más sin embargo hay veces que pienso que a mí me gustaría tener a alguien y salir, y divertirme. A lo mejor si yo tuviera a alguien ya dejaba de ir al Olimpia. ¿para qué iba a andar buscando?", responde.

    Seguimos caminando, hace una noche helada, son más de las 10:00 y el centro se ve solitario.

    "¿Pero qué anda buscado?", insisto para seguir la charla. "Es la costumbre, te soy sincero, a veces yo no tengo nada que hacer, a mí Saltillo se me hace muy aburrido, ¿qué hago aquí?, ¿qué puedo hacer?, ¿irme a encerrar a mi casa?. Vivo con mi hermano y no me gusta estar ahí".

    Más tarde me confía algunos detalles de su vida, que es saltillense y que es técnico estilista de una compañía de cosméticos.

    Dos cuadras después le pido que me dé algunos pormenores de lo que sucede en la oscuridad del cine Olimpia. Y me confiesa que esa misma tarde que me vio subir con uno de los reporteros de Semanario hasta al segundo piso del cine, él estuvo con un desconocido en una butaca.

    "Yo no soy de los que andan dando vueltas y vueltas. ¿Sí te das cuenta de que hay gente que anda dando vueltas y vueltas?. Andan viendo a ver dónde hay, a ver qué encuentran por ahí. Y los de atrás son a lo mejor los que tienen más actividad sexual.

    "Yo no, yo por ejemplo llegué, me quedé sentado un rato, después llegó un chavo, estuvo conmigo platicando, primero; me pidió un cigarro y luego ya nos estuvimos ahí metiendo mano, él eyaculó y ya, se fue".

    Carlos me cuenta que los jueves hay más gente en el Olimpia, porque todos los jueves cambian la película, pero que el domingo se ve más "movimiento".

    "Vienen muchos vestidos de mujer y andan para arriba y para abajo".

    Le pregunto entonces si hay algún día de la semana en el que al Olimpia vayan muchachas. "No, ¡se las acaban!", responde.

    Y me platica de una tarde en la que una pareja de novios subió hasta el segundo piso del cine para tener sexo. "Era un señor y una chava, alguien los vio que estaban manoséandose y se hizo la bolita ahí y todos se echaron a la muchacha, y el señor como si nada, eran como diez".

    De pronto Carlos corta de tajo el relato, me dice que se le ha hecho de tarde y tiene que regresar a casa.

    En una esquina de la Plaza Acuña se despide de mí y unos minutos después lo veo perderse en un taxi por la calle de Aldama.

    Famoso en la red
    Navegando por la web, el equipo de Semanario encontró una página de internet denominada "TodoRelato", que publica la historia de un joven regiomontano que un sábado asistió al cine Olimpia y tuvo una aventura sexual con más de tres espectadores.

    El hombre, quien firma como IOS, narra en casi dos cuartillas, la forma en que opera la llamada cultura del ligue en los pasillos, la parte trasera, el área de butacas y otros espacios del Olimpia.

    "Así que el sábado me fui al único cine porno que, afortunada o desafortunadamente, existe en Saltillo. El cine en cuestión tiene dos pisos y aunque en todo el cine se puede encontar ambiente, como que todo se concentra en la parte alta, en la última fila de arriba", cuenta IOS en su relato.

    Y más adelante revela cómo su incursión en el cine Olimpia terminó en una orgía.

    "Fue algo súper delicioso que disfruté a más no poder, y que espero se repita la próxima vez que vaya a este cine", concluye IOS.

    Un foco de infección
    Aída García Badillo, coordinadora del grupo EUX Arte y Sida, comenta que el funcionamiento de lugares como el cine Olimpia obedece a la permisividad social que existe en torno a las relaciones sexuales entre hombres.

    "Tú vas y consigues pornografía al mercado, por internet, la compras en el puesto de revistas. Sin embargo, ¿por qué es tan importante que estos cines permanezcan? Porque a final de cuentas vivimos en una sociedad donde existe mucha licencia para las prácticas sexuales de los hombres que tienen sexo con otros hombres, y no estamos hablando de homosexuales, sino de hombres que tienen prácticas sexuales con otros hombres".

    Y advierte que esta cultura sexual implica ante todo que estos lugares, donde se exhibe pornografía y son frecuentados por varones, se convierten en focos de infección.

    "El hecho de ir a estos lugares significa tener prácticas sexuales deriesgo, sin prevención, sin educación, donde hay grandes posibilidades de contraer una enfermedad venérea. Hay un montón de prácticas de riesgo que, se dice, ocurren en estos lugares, por ejemplo la de ir a los baños, tener sexo completo dentro de los espacios, sexo oral".

    García Badillo habla de cómo opera esta cultura del sexo entre hombres en los pasillos y salas de cines como el Olimpia:

    "En este cine, aunque hay insinuación, no hay intercambio de información: `¿quién eres?, ¿qué eres? ¿cómo te gusta? ¿qué quieres?' Simple y sencillamente terminas teniendo una práctica sexual.

    "Se utiliza un lenguaje, primero corporal, más que decir `me gustas, me atraes', es un lenguaje corporal directamente genitalizado, la pierna y después los genitales, o sea tocar y si se hace, pues.. ya se hizo y a veces la intención no es que se haga con uno, sino que se haga con dos, con tres, en el mismo tiempo y en el mismo espacio".

    fácil pero peligroso
    El psiquiatra Jesús Alfonso Rodríguez Aldape, habla del auge que en Saltillo y otras ciudades del país, siguen teniendo los viejos cines que proyectan películas pornográficas.

    "La pornografía puede ser fácilmente adquirida, pero no así el sexo fácil, anónimo, en una oscuridad que calma nuestros sentimientos de culpa, una conducta de riesgo que a la vez es excitante. Eso no se puede adquirir, más que en sitios públicos y oscuros".

    Abunda además sobre las consecuencias a las que se exponen quienes gustan de ir a cines como el Olimpia.

    "Una infección de transmisión sexual, ya que es un sexo anónimo, a la carrera, sin que existan, la mayoría de las veces, uso de métodos de protección, y por las múltiples parejas que se puedan tener en una sola visita". ¿Cuál es el limite entre una relación sexual sana y una insana? "Depende del concepto de sano e insano que se tiene.

    Podemos considerar que una relación sexual adecuada es aquella que se da entre dos personas adultas, con mutuo consentimiento, en la intimidad y sin afectar a terceros. Las variantes que se presenten, pueden justificarse siempre y cuando las personas estén de acuerdo y no se generen sentimientos de culpa. Debe de hacerse patente que para considerarse aceptable, lo más cercano a sano, es que las personas que interactúan sexualmente sean adultos y su decisión sea libre y sin afectar a terceros".

    -¿Cree que este cine sea el cuarto oscuro de los gays en Saltillo?- "Los cuartos oscuros nacen como un fenómeno ante la apertura sexual de los 60's y 70's y se remontan a la Europa de la Psicodelia y los Estados Unidos hippies, existiendo fuera del mismo un área donde las personas sabían quiénes eran, se exhibían públicamente y hasta era una proeza el acudir a los mismos, una señal de modernidad.

    "En éstos cines, se busca el anonimato, trata de pasarse desapercibido, muchas veces embozados y llegando ya empezada la película y saliendo antes de que termine, para que la luz no les revele a los demás su identidad. Además en los cuartos oscuros que todavía existen, se promueve el uso del condón, los lubricantes de agua y los guantes de látex, se fomenta el sexo grupal pero se sugiere la protección, mientras que en los cines, hablo de aquí de Saltillo, no hay máquinas expendedoras de condones o carteles invitando a protegerse".

    Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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