SEMANARIO: Los embates del mercado alianza
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Este tradicional espacio ubicado en la ciudad de Torreón está a punto de extiguirse, sus pasillos lucen solitarios desde que el Ayuntamiento desvió las rutas del transporte urbano y, con ello, dicen los locatarios, desapareció la clientela
Uno de los mercados con más tradición en Torreón está a punto de desaparecer. Su antiguo explendor sólo queda en la memoria de los locatarios y en algunas fotografías en blanco y negro que muestran un lugar por donde deambulaban montones de niños tomados de la mano de su mamá, mientras ellas cargaban en la otra las bolsas de "mandado"; el mercado era un espacio multicolor con pancartas que anunciaban los precios, un lugar que se las arreglaba para hospedar a "un hervidero de gente".
Hoy, la algarabía se ha convertido en silencio, por los pasillos ya nadie se empuja, y los gritos de los comerciantes se han convertido en reclamo a las autoridades, a quienes exigen que rescaten un sitio que forma parte de la historia y la identidad de esta ciudad.
Digamos que el Mercado Alianza de estos días, se muere poco a poco. Las voces de este sitio, hijos y nietos de los fundadores del lugar, traen eco para reprochar, gritos de asfixia, consignas que se ahogan en la garganta.
El destinatario de los reclamos es el Ayuntamiento, el cual se ha convertido en el enemigo desde que decidió desviar las rutas provenientes de Gómez Palacio y Lerdo, Durango y del periférico, provocando que cerca del 50 por ciento de las ventas, según los comerciantes, se hayan evaporado.
Pese a las bajas ventas, los comerciantes siguen "chambeando", lo hacen desde el domingo 21 de octubre de 2007, cuando la decisión se tomó en una oficina: "No habrá más cambios", dijo en aquella ocasión el Alcalde de Torreón, José Angel Pérez Hernández. Y así ha sido por poco más de seis meses, pese a manifestaciones, marchas y gritos.
Nada impidió que las dos líneas de camiones interestatales, Transportes Moctezuma (conocidos como verdes) y Transportes del Nazas (conocidos como rojos), circularan por las orillas de la ciudad, concretamente, por atrás del sector Alianza en la avenida Ferrocarril, en la colonia Miguel Hidalgo.
Esos camiones dejaron de transitar por la calle Múzquiz (avenida que queda enfrente del mercado). Ahí por donde llevaban más de 30 años transitando.
Miércoles 11:27 horas. Cuatro locales cerrados en el primer pasillo por donde camino. El aire dentro del mercado sofoca, es pegajoso. Un olor a comida echada a perder inunda el callejón. Un par de señoras con dos bolsas de mercancía en cada mano burlan la lente de la cámara fotográfica.
Ahí dentro, los "anticristos" son el alcalde José Angel Pérez, el secretario del Ayuntamiento Rodolfo Walss, el director de Transporte Ernesto Cuéllar y el director de Atención Ciudadana Iván Chávez Lastra.
Desde que ellos tomaron la decisión, las voces de la Alianza no se escuchan igual: maldiciones, gritos, enojos, careos, opiniones, amenazas, confrontaciones, peticiones. Voces que se niegan a morir.
Puesto de verduras. Alejandro Hernández nació entre bultos de papa. Así lo asegura. Tiene 35 años, viste delantal blanco y el sudor le corre por su rostro. El puestoera de sus abuelos, después de sus padres y ahora 5 familias dependen del dinero que surge de ese rincón del mercado: 25 personas en total.
Hoy en día, existe gente que espera que Alejandro cierre el changarro para recoger la merma, como perros callejeros husmeando en las bolsas de la esquina: diariamente tira cuatro cajas porque la verdura se le echa a perder. Vende al día.
Hace meses, dice Alejandro, había clientes de la tercera edad que se llevaban un costal de verdura, pero como los camiones ya les quedan lejos, esos clientes ya no existen.
"Es más lo que tiras que lo que vendes. Nos dieron un duro golpe. Si antes podíamos guardar un peso, ahora lo pedimos. La Alianza tiende a desaparecer por culpa de nuestros gobernantes. Esto hasta un ciego lo ve, la gente no es tonta, pero ellos tienen el poder.
Aquí empezó Torreón, en la Alianza; hay fotos donde la Alianza ya estaba ubicada. De aquí nació todo. Entre más tienen más quieren.
"Aquí la gente saca moneditas para pagar. Qué bueno que las esposas de los gobernantes vinieran aquí, pero ellas van a Sams, a HEB, Hipermart, no saben que la gente anda juntando pesitos, muy poca gente te saca el billete y ellos con tarjetas de crédito, con ese poder de la firma", comenta el comerciante.
Puesto de frutas. A ella llevo tiempo viéndola sentada en una caja de madera. Sin levantarse para vender siquiera un plátano. Se llama Idalia Lechuga Sánchez, tiene 36 años, 22 de ellos en el mismo puesto que su abuelo fundó hace más de 70 años.
De aquellos años, Idalia recuerda que no se daban abasto para despachar a la clientela, no se podía caminar y su papá vendía hasta 10 cajas de plátanos al día.
"En veces vendemos 150 ó 200 pesos al día. Años atrás hasta mil 500 pesos diarios. El viernes está súper solo, se ve de orilla a orilla. Se está acabando poco a poco, entre nosotros nos damos ánimo pero ni así.
Mandamos un oficio al Gobernador para que nos devuelva el transcurso de los camiones, pero nunca ha habido respuesta. En vez de pedirle al Gobernador le exigimos, porque esto ya se está acabando. Ya no va a haber nada dentro de 10 años, la Alianza ya no es nada. Nunca nos han atendido, siempre cerrados, cerrados, cerrados".
Las voces de la Alianza se oyen por todos lados: ¡Un Tepito cualquiera!, ¡la prensa se calla, no dice lo que es!, ¡la prensa local no saca nada a la luz, nos apuñalan!, ¡Walss les dijo a los ambulantes, él declaró que si los alianceros y los transportistas se la habían pelado, con mayor razón ellos. Todo lo hace con dolo!, ¡hasta cuando la prensa nos va a ayudar!,¡José Angel se fue a Francia, dejó la bronca de los ambulantes y yo ya quisiera irme de perdido aquí a Raymundo!
Carnicería. La grabadora ya saltó la barrera de los 30 minutos de conversación con Ricardo Muñoz Morán y sólo dos personas se han parado en tres carnicerías.
Ricardo, alto, enjundioso y con la camisa desabotonada que hace que el vello de su pecho se asome a la carne que vende, también lo nota: "¡Sólo un kilo de carne en media hora y tres negocios. Ni las moscas se han parado"!
Sería una estupidez si le pregunto a Ricardo si siente rencor. En otras palabras, si está encabronado.
Su voz habla por sí sola, como si su discurso lo tuviera preparado de siempre: "¡Tenemos tres enemigos a lidiar con poder: José Angel Pérez, Rodolfo Walss e Iván Chávez Lastra. Tres verdugos del centro de Torreón. No los quieren los ambulantes, no los quieren los de Canacoto, no los quiere el grupo GEL empresarial, no los quiere el Mercado Alianza.
Cómo es posible que tres anárquicos, fascistas, lacayistas, estén tomando posesión de un Torreón que no es de ellos. Se les olvida que son servidores públicos, están para servir al pueblo, mas nunca para servirse del pueblo!".
Anteriormente, asegura Ricardo, contaba con ocho trabajadores, ahora sólo tiene tres. Hasta la fecha sigue yendo con el traumatólogo después de que en diciembre del año pasado, cuando el segundo informe de gobierno del Alcalde, un grupo de policías lo golpearon cuando buscaban la forma de entrar al evento y manifestarse.
-¿Con estás ventas cómo le hacen?, pregunto a Ricardo.
"Nos estamos viendo en la necesidad de pedir prestado e inclusive de cerrar. Esto es un mar de soledad. Invitamos al profesor Humberto Moreira a que se dé una vueltecita como cuando lo hizo en campaña; que venga una vez más a repartir el pan y la sal".
-¿Han hablado últimamente con las autoridades?
"A Walss (secretario del Ayuntamiento), le tengo miedo a su forma de proceder, a las calumnias, a la injurias, a los malos fundamentos. Cuéllar (director de Transporte) nos dijo qué éramos unos marranos, que parecía que estábamos en un chiquero. Nos dijo mariguanos".
- ¿En qué cree que termine todo?
"No sé cuándo vaya a haber un estallido social, pero cuando lo haya y haya muertos, culpamos a los gobiernos".
Ricardo recuerda otra anécdota que azuza su rencor: "José Angel Pérez, cuando vino en campaña con Zermeño me vino a saludar y le dije: `si ganas, ¿qué onda contigo?', dijo: `Seré un aliancero más'. Patadas en el trasero, jamás en la vida había visto tanta depravación moral de parte de un gobernante".
Puesto de venta de ropa, calzado y accesorios. Sería factible decir que Juan Hernández Gálvez, de cabeza semidesnuda y un semblante que carga más de 30 años de hastío, vive de los recuerdos.
Juan asegura que hace años, la Alianza estaba considerada como el mercado más grande del norte de la república.
"Se acabó todo, ya sólo nos estamos viendo unos a otros. Batallamos, pero uno tiene sus raíces aquí, por eso seguimos. No hay que olvidar a la gente humilde que es de la que se compone todo México. Ahí la llevamos, pero hay otros pobres que no venden nada.
"Si quieren modernizar, pues metan un metro como en las grandes ciudades para que atraigan a la gente que nos quitaron. En la Alianza en 10 años nos quedamos atrás, abajo, y si necesita la modernización no hay que hacernos de esos antigüitos que la hagan. Pero necesitamos remedio con la situación de los camiones. Se ve horrible, es la realidad".
Puesto de quesos. Jueves 17:33. A esa hora del día, la garganta de Martín ya se extinguió. No es necesario gritarle a los compradores: "¡Pásele, pásele marchante!", "¡Tenemos requesón, asadero, oaxaca, chihuahua, queso panela!".
No, porque a esa hora lo único que hace Martín es mirar a los vecinos cerrar sus locales, mientras él espera que su patrón llegue al negocio y también lo cierre.
Martín se acomoda su gorra de los Bulls de Chicago y mira de reojo su pulsera de tela del Santos Laguna, aquella que traía plasmada la frase "un guerrero nunca muere". Pero si Martín fuera un guerrero, de sólo escuchar sus palabras, uno entendería que va a abandonar la batalla.
"Mi patrón se molesta porque no hay ventas. Quisiera que estuviera él aquí, a ver si es cierto que muy, muy. Ya hay mucha competencia, la gente prefiere irse a los mercados de abastos y, pues, la gente de Gómez y Lerdo ya no viene. Tengo ocho años trabajando aquí y ya le voy a pedir un aumento, que me aumente el sueldo porque las cosas están muy mal. Pero `pos' a ver qué pasa, porque aquí las ventas van de mal en peor, y mi jefe me sigue reclamando que por qué no vendo, pero qué culpa tengo yo".
Cantina "La Alianza". Viernes 18:08. Siete personas y el cantinero: voces de una cantina que huele a orines pese a que las paredes color café y naranja lucen casi nuevas. Voces de los mismos alianceros que suspenden sus labores por unos minutos, otros por horas.
Me siento en un espacio donde la barra me da la espalda, cuando una voz gangosa me da la bienvenida: "Pa' arriba pinchi borracho", le dice uno a otro que se mece dormido sobre una silla.
Pido una cerveza Indio pero me traen una Sol. En la televisión el periodista de espectáculos Pepillo Origel comenta sobre la novela "Las Tontas no van al Cielo", mientras en la barra el tema es la granizada de días anteriores que mató chivas y cabras.
Mientras tanto, otras voces dentro de la cantina hacen recordar que la Alianza muere poco a poco; esas voces tan suyas, voces que se ahogan con la saliva: "Dónde está Robocop que me está llevando la chingada", "ándele cabrón, échese otro pelón".
Al lado mío, un viejo barbón y flaco chupa un limón mientras mira cauteloso su caballito lleno de tequila blanco, como si tomara fuerzas para echárselo de una sentada. Su voz no existe.
El cantinero -de ojos inyectados de líneas rojas y una mirada que parece decir "esto es mío"-, quien está custodiado por un cristo, dos imágenes de la virgen de Guadalupe, otra imagen de San Martín Caballero, patrono de los comerciantes, y toda una hilera de botellas de alcohol, vigila a los borrachos como un guarura a su patrón.
En la esquina "Perla", la sinfonola, tampoco tiene voz en este lugar. El viejo barbón se toma de un jalón el tequila y se retira: "A'i nos vemos chavo", me dice. Minutos después regresa y pide dinero en la barra.
Termino mi cerveza al mismo tiempo que me doy cuenta que cobran dos pesos (hasta a los clientes) por orinar. Una pregunta salta a mi mente mientras pago los 13 pesos por la cerveza: ¿O debe ser un gran negocio con los borrachos, o son las bajas ventas, que hasta las cantinas ya buscan una forma de ganar unos pesos más?
Ahora el tema en la barra es la canción "Maracas" de Alberto Vázquez. "Perla" inicia a cantar.
Cámara Nacional de Comercio de Torreón (Canaco). Félix Pérez Murillo, presidente de la Cámara. Según la Canaco, en lo que va del año han cerrado entre ocho y 10 negocios, principalmente del sector Alianza, afiliados a la misma.
Desde su trinchera, Félix Murillo asegura que en lo que va del año las ventas han bajado casi un 10 por ciento. Uno de los factores: no permitirle a los camiones la entrada a la calle Múzquiz. Además de todos otros factores, dice Pérez Murillo, como el impuesto del IETU, la inflación o la situación en los Estados Unidos.
"Fue una decisión totalmente errónea desviar las rutas de los camiones. Nos vino a pegar. La gente de La Alianza está muy enojada, muy afectada. Estamos viendo la manera para que regresen esos camiones, no hemos quitado el dedo del renglón. Además, lógico, se están perdiendo empleos. Le hemos demostrado a la Presidencia Municipal la situación grave que se está viviendo.
"No es nada más la gente que se bajaba aquí en la Múzquiz a comprar, sino también los trabajadores de otros lados que vienen a trabajar aquí a Torreón.
Esa gente se venía y llegaba a La Alianza a desayunar. Todo eso le ha pegado a los comerciantes que venden comida, jugos, etcétera. Ya nadie se baja en la calle Múzquiz y van a otros lados a desayunar. Han cerrado muchos comercios. Hemos propuesto devolver el transporte porque el comercio establecido es el perjudicado".
Fierreros. Allí están ellos, unos cuantos porque la cosa "ta' cabrón". Removidos de la calle 1º de Mayo a la Privada Santos desde hace seis meses, cuando el líder de locatarios les dijo que tenían que levantar sus kilos de fierro viejo y moverlos.
Allí donde uno encuentra desde casetes del "Puma", teléfonos de aquellos donde uno metía el dedo en un pequeño hoyo y le daba una vuelta para marcar, fierros amorfos, o videocaseteras "del año del caldo", como dirían las abuelas.
Entre ellos se encuentra Tomás Gutiérrez, uno más que vive al día. Dice tener 53 años y sólo hasta que termina de platicarme sus 35 años como fierrero, le creo que tenga tal edad. Porque, según su dentadura llena de huecos y piezas al borde de evaporarse, parece de 70 años.
Viste una playera blanca adornada con dos collares religiosos y una cachucha con el lema "Día de la Productividad". Quién sabe cuándo se celebre ese día, pero Tomás no puede presumir nada de eso:"Ya no sale ni pa' la comida de los niños", dice.
"Antes salía pa' que los niños comieran frijolitos y sopa. No fallaba el `chivito', pero ya ta' muy charro. Sólo están aumente y aumente los gobiernos. La crisis está muy cabrona, existe porque los gobiernos no nos apoyan.
"Todo es del Gobierno, hasta nosotros mismos. Sólo se benefician ellos. Todo está muy carajo, a lo mejor mañana viene una guerra; ya ni se sabe".
Hace seis meses, Tomás dice que ganaba sus 90 pesos diarios. En estos seis meses lo más que ha sacado en un día, fueron 200 pesos en la venta de una bicicleta. Hay días que se va sin nada. Cada ocho días paga 14 pesos por cuestión de plazas y mercados. Es diabético.
Al terminar de recorrer La Alianza, imagino a los abuelos de los actuales comerciantes, los que ya fallecieron. ¿Qué dirían al ver la Alianza? ¿Al escuchar esas voces roncas de tanto quejarse? Quizá muy pronto sólo queden las fotografías que muestran el rostro orgulloso de un mercado que se resiste a morir en el olvido y que está dispuesto a recuperar sus mejores años.