El piano centenario de Saltillo: el Steinway olvidado de la Miguel López Ávila

El piano centenario de Saltillo: el Steinway olvidado de la Miguel López Ávila

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En la escuela Miguel López Ávila un piano yace en la esquina de un vestíbulo a la espera de ser restaurado y volver a los días de gloria en los que sonaba ante alumnos y maestros.

Historias de Saltillo
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Cuando me encomendaron la búsqueda de un piano en una escuela primaria centenaria, pensé que alcanzaría solo para una nota. Un instrumento viejo, algunas leyendas, una fotografía entre el polvo. Terminé pensando en robarlo.

Acudí a Corona y a Hidalgo pasadas las nueve de la mañana. Los niños del kínder ya habían entrado y algunas mamás seguían afuera, prolongando una conversación que no alcancé a escuchar. En la puerta de la primaria me recibió un timbre con cámara.

—Tengo una cita con la directora.

La reja vibró. Subí las escaleras y encontré a un grupo de niños que ocupaba el recibidor como área de trabajo.

—Buenos días —dijeron en armonía.

Respondí y atravesé el patio. En aquella amplitud, donde imaginé formaciones enteras de alumnos, mi paso solitario tenía algo de equivocación. Desde los salones, algunos niños me siguieron con los ojos mientras sus maestros continuaban la clase.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/miguel-lopez-avila-y-la-escuela-que-lleva-su-nombre-en-saltillo-BE23141123

—¿Disculpe, la dirección?

—Subes las escaleras y enfrente.

Más escaleras. Su simetría y el silencio de arriba me hicieron pensar en el niño fantasma que, según la leyenda, toca una flauta en la escuela. Le inventé un profesor de música, un regaño, una orden de presentarse con el director. Sentir en cada paso de esa escalera la inmensa solemnidad que lo esperaba. Yo también habría tocado la flauta con tanto miedo que incluso muerto la seguiría tocando.

Al final, el mostaza viejo de las paredes me incluyó en la vida centenaria del edificio.

—Buenos días, dame un minuto —dijo la directora.

Tuve suficiente para pensar en Venustiano Carranza y en la primera piedra, colocada en diciembre de 1915. Las escuelas que terminarían reunidas ahí ocuparon el inmueble entre 1917 y 1920. Las clases bajo el nombre Miguel López Ávila comenzaron formalmente en septiembre de ese último año. Pero las fechas son caprichosas.

Este sábado 19 de septiembre la escuela cumple 109 años de forma oficial. La ceremonia será el lunes 21 porque el aniversario cayó en fin de semana.

$!La Escuela Miguel López Ávila forma parte del paisaje del Centro Histórico de Saltillo; este año celebra 109 años de historia.

Traté de ordenar las generaciones que habían subido por donde yo acababa de pasar. El padre de una madre, el abuelo de otro padre de un niño que me sacó la lengua desde el otro lado de una ventana y que me devolvió al presente.

La directora llevaba tres años en el cargo. Mantener estable la escuela había sido un reto, explicó. Los padres y los maestros ayudaban mucho.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo-y-sus-grandes-virtuosos-del-piano-aqui-una-revision-y-semblanza-CC10744547

Desde el balcón, la calle de Bravo se veía pequeña. Los techos del Centro Histórico se extendían con sus remiendos, sus patios y sus habitaciones abandonadas.

—Es muy bonito, ¿verdad?

Me dejó salir a verlo. Durante un momento me distraje contando las casas que parecían necesitar los mismos cuidados que ella estaba describiendo.

—Entonces vienes por el piano. La última vez que lo checamos no tenían una pieza que le faltaba.

No supe cuál. Quería verlo, fotografiarlo, averiguar algo de su historia. Nos dio permiso de regresar al día siguiente.

Volvimos a las nueve. Todavía tuvimos que esquivar a unos niños que corrían al kínder para que no los dejaran fuera.

—Ahí está —dijo el encargado.

$!Antes de cada revisión, el instrumento permanece cubierto con una cobija que lo protege del polvo acumulado en el vestíbulo.

Una cobija hecha a su medida lo cubría. Al retirarla, el polvo también nos dio los buenos días.

$!La cubierta improvisada protege parte del teclado y la madera exterior del antiguo piano.

El piano descansaba sobre una tarima de madera, unos treinta centímetros arriba del piso de terrazo. Tenía el cuerpo negro, las patas torneadas y un atril calado por el que se podía mirar la pared. Sobre el teclado sobrevivía el nombre del fabricante, Steinway & Sons, con las letras gastadas.

$!El instrumento conserva su caja negra, patas torneadas, atril ornamental y buena parte de su estructura original.

Mis compañeros comenzaron a tomar fotografías. Las teclas, las patas, la tapa levantada como un ala. Cenital, macro, gran angular. Los ángulos eran infinitos y escasos. Cada fotografía dejaba algo afuera.

$!El nombre Steinway & Sons todavía puede distinguirse sobre la madera, encima de un teclado marcado por el paso del tiempo. El instrumento conserva su caja negra, patas torneadas, atril ornamental y buena parte de su estructura original.

Mi compañero Armando Ríos ya había reparado en él años atrás, al escribir sobre la escuela. No había sido el único. Una publicación de Vanguardia de 2016 lo describía ya como una reliquia del plantel y contaba que alguna vez lo habían movido durante una limpieza para comprobar otra de las leyendas del edificio: que debajo del piano había un sótano. Al año siguiente, una nota sobre la historia de la escuela volvió a registrar su presencia.

Ahora volvíamos a rodearlo con cámaras. El piano seguía en su esquina.

Medimos aproximadamente dos metros de largo. Contamos 85 teclas y vimos los pedales bajo la madera. Adentro, las cuerdas se cruzaban sobre una tabla color miel.

$!El interior conserva cuerdas, clavijas, placa y mecanismos cuya configuración aporta pistas sobre el modelo y la época de fabricación.

Había polvo entre las clavijas, metal oscurecido y fechas en relieve sobre la placa dorada. Una barra decía Steinway Foundry Composite Metal Casting..

$!Las inscripciones moldeadas en la estructura metálica permitieron seguir algunas pistas sobre la construcción del Steinway.

Otras anunciaban patentes y sistemas de construcción con la solemnidad industrial de quien espera durar para siempre

$!Varias fechas aparecen fundidas sobre la estructura del instrumento, pero corresponden a patentes y no necesariamente a su fabricación.

Aquellas fechas parecían dispuestas a resolvernos la visita. Bastaba escoger una y salir a contar cuántos años tenía.

Después, al revisar las fotografías y comparar las características con las referencias históricas de Steinway, entendí el problema. Eran fechas de patentes. El piano llevaba inscritas las edades de sus inventos. La suya seguía escondida.

$!Las marcas del fabricante y sus patentes ofrecen información sobre la tecnología del instrumento, pero todavía no resuelven su fecha exacta.

No encontramos un número de serie que pudiera leerse con certeza. El teclado de 85 notas, las dimensiones aproximadas y la configuración interior apuntaban a un Model B, probablemente fabricado en Nueva York a finales del siglo XIX. La comparación sugería un periodo cercano a 1884–1891.

$!La revisión del interior incluyó placa, cuerdas y otras zonas donde suelen localizarse marcas capaces de identificar un piano antiguo.

Hacía falta un especialista, una medida más precisa, ese número que no conseguíamos encontrar.

En una investigación sobre la escuela, publicada por Ariel Gutiérrez Cabello en Vanguardia, encontré una referencia según la cual el Gobierno del Estado habría costeado un piano de cola en mayo de 1921 por dos mil pesos.

La pista procedía de un documento histórico de 44 páginas conservado en fotocopias. No estaba firmado. Su posible autoría se había relacionado con la profesora Ana Laura Suárez Morín porque entre aquellas páginas aparecía su currículum, aunque tampoco eso podía darse por resuelto.

$!Clavijas, cuerdas y componentes internos muestran el envejecimiento de una maquinaria que requiere una inspección especializada.

La referencia identifica aquel piano con el instrumento que permanece en la institución. La coincidencia resulta tentadora. La escuela había comenzado formalmente sus actividades apenas unos meses antes y una nota publicada en 2017 por Zócalo señaló que el plantel había sido equipado con un “costoso piano para las clases de música”.

La compra pudo haber formado parte del equipamiento cultural y pedagógico de una escuela recién estrenada. Antes de convertirse en reliquia, habría sido herramienta.

Pero una cosa era saber que la Miguel López tuvo un piano de cola en 1921 y otra demostrar que aquel piano era exactamente este Steinway.

Si la identificación que sugerían nuestras fotografías era correcta, habría llegado con unos treinta o cuarenta años de vida a una escuela recién abierta.

Alguien debió tocarlo antes. Alguien tuvo que elegirlo, pagarlo, disponer un lugar para él. ¿En qué casa estuvo? ¿Qué manos habían gastado sus teclas antes de que lo rodearan los niños?

$!Las teclas conservan desgaste, manchas y diferencias de tono acumuladas durante décadas de uso y abandono.

La pregunta no era absurda. En Saltillo se vendían pianos mucho antes de 1921.

Carlos Recio Dávila documentó en Saltillo, imagen y memoria, que la Ferretería Sieber anunciaba desde 1899 un piano de media cola de “fábrica afamada”, además de pianos verticales y cajas de música. La referencia remite al Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Coahuila del 29 de marzo de aquel año.

En 1905, la agencia A. Wagner y Levien ofrecía en la ciudad pianos alemanes y estadounidenses, además de música impresa.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/relatos-y-retratos-de-saltillo-wagner-levien-forjo-el-aprecio-por-la-cultura-musical-EUVG3593465

Había, por lo menos, un mercado. Había comercios capaces de poner esos objetos enormes en circulación y compradores dispuestos a meterlos en alguna parte.

No podía saber si este Steinway había pasado por alguno de esos establecimientos, por una casa o por otra institución antes de llegar a la escuela. Apenas sabía que décadas antes de 1921 ya existían en Saltillo las vías para comprar y hacer circular un instrumento semejante.

La historia disponible lo dejaba en la puerta de la primaria en 1921. Todo lo anterior seguía en blanco.

También circulaba la versión de que solo había tres como él en el mundo.

$!Polvo, oxidación y envejecimiento son visibles entre las cuerdas y componentes metálicos del piano.

La afirmación había pasado por leyendas locales, aunque no encontré un registro que la sostuviera. Aparecía repetida en notas sobre la escuela, posiblemente alimentada por una misma tradición oral que había aprendido a sobrevivir de publicación en publicación.

No había un catálogo del fabricante, un inventario internacional ni una identificación técnica que permitiera sostener aquella cifra. Hay otros Steinway Model B de 85 teclas conservados y restaurados. Ignoraba cuántos compartían exactamente sus características.

Sin el modelo confirmado, el año, el número de serie y la documentación de Steinway, contar los ejemplares era empezar por el final.

Sin embargo, aquella cuenta de tres tenía una facilidad admirable para sobrevivir. Cabía en una conversación, en una visita escolar, en el pie de una fotografía.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/las-escuelas-primarias-mas-antiguas-de-saltillo-una-de-ellas-fue-cementerio-KA9112914

El número de serie no aparecía por ninguna parte.

Tal vez seguía ahí. En algún punto de la placa de hierro, entre las inscripciones del arpa, en el mecanismo interno o junto a una etiqueta antigua de algún distribuidor. Habíamos fotografiado la marca, el teclado, los pedales, las cuerdas. Hacían falta imágenes todavía más precisas de cada rincón capaces de responder por la identidad del instrumento.

Frente al piano, durante la visita, había intentado imaginar las generaciones que lo escucharon. Después pensé en las que se acostumbraron a verlo. En algún momento debió volverse parte del mobiliario que uno aprende a rodear sin preguntarse demasiado por él.

Bajo las patas encontré trazos de gis de colores de algún niño rebelde que intentó usarlo de pizarrón.

$!Trazos de gis permanecen bajo el piano, una huella mínima de los niños que han convivido con el instrumento dentro de la escuela.

Fotografiamos el desgaste de las teclas, las cuerdas oxidadas, las líneas oscuras sobre la tabla armónica. Algunas podían ser rayones o juntas; otras necesitaban una revisión para saber si eran fisuras. Desde arriba no se veía una fractura evidente en la placa. Tampoco podíamos saber qué ocurría dentro del mecanismo ni cuánto costaría devolverle un funcionamiento estable.

$!El mecanismo interior conserva decenas de piezas cuyo estado deberá valorar un especialista antes de intentar devolver el instrumento a funcionamiento.

La pieza que mencionó la directora seguía sin nombre.

También quedaban papeles por encontrar.

El Archivo Municipal conserva documentación de la escuela de 1923. Ninguno de los registros localizados hasta ahora menciona al piano, pero ese año aparece, por ejemplo, una solicitud del director para obtener recursos para la biblioteca.

Si existían esos trámites, podían existir otros.

Egresos. Facturas. Inventarios. Correspondencia de Instrucción Pública. Actas del Gobierno del Estado de mayo de 1921.

Los inventarios escolares de los años veinte, treinta o cuarenta podrían permitir seguir al mismo objeto de una década a otra. Los programas de festivales, graduaciones y clases de música podrían guardar algo incluso mejor: el nombre de un maestro, de un pianista, de algún niño sentado frente al teclado.

Una fotografía antigua podía resolver lo que los documentos no. La forma de la caja, las patas, el atril, los pedales, los herrajes, el logotipo.

Hasta encontrar algo así, había dos historias superpuestas.

La de un piano de cola que la escuela habría recibido poco después de abrir y la de este Steinway que seguía frente a nosotros más de un siglo después.

Parecían la misma.

Todavía faltaba demostrarlo.

$!El desgaste visible en la madera y el teclado contrasta con el nombre del fabricante todavía legible sobre el instrumento.

—¿Y si lo saco de aquí? —pensé.

A alguien le interesaría tenerlo. Un músico, un restaurador, un hombre con una sala suficientemente grande y la necesidad de demostrar que él tiene un piano enorme. Empecé por imaginar el espacio que dejaría vacío en la tarima. Luego aparecieron los cómplices.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/gran-pianista-de-saltillo-la-maestra-esperanza-celebra-106-anos-de-vida-KRVG3451865

Publicaría en Facebook que necesitaba cinco cabrones para robar un banco. Varios contestarían creyendo que era broma. Tendría que explicarles que se trataba de un piano y aceptar sus reclamaciones por haberles ofrecido, al principio, un negocio menos pesado.

En mi cabeza ya íbamos rumbo a Monterrey.

La fantasía se saltaba el peso del instrumento, las puertas, los daños que podíamos causarle y las explicaciones que tendríamos que dar. Yo ya estaba frente a un restaurador negociando por una pieza cuya edad exacta todavía no conocía.

$!La estructura inferior deja ver parte del entramado de madera y soportes que hacen del piano un objeto considerablemente más difícil de mover de lo que permite imaginar la fantasía.

Me inventé que valía quinientos mil pesos. Le pediría trescientos. Doscientos para mí y cien para repartir entre los demás cabrones.

Las cuentas me salieron antes que el número de serie.

Hasta unos minutos atrás me preocupaba que nadie escuchara de nuevo aquel piano. Ahora me veía cobrando por él. Incluso me concedí el papel de intermediario cultural. En manos del comprador correcto volvería a sonar, pensé, y esa posibilidad me pareció suficiente para seguir repartiendo un dinero inexistente.

Me pregunté cuánto tardarían en notar el hueco. Quién se detendría primero frente a la tarima. Qué diría la directora, que nos había abierto la puerta y hablaba del esfuerzo de padres y maestros para sostener la escuela.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/historias-y-recuerdos-de-la-antigua-calle-del-huizache-XK1369347

La leyenda tendría una actualización sencilla.

Quedaban dos.

Miré otra vez las letras de Steinway sobre el teclado. Habíamos llegado a tomar fotografías de un piano del que conocíamos una compra probable, varias patentes, varias referencias periodísticas, un mercado de instrumentos que existía en Saltillo antes de que llegara a la escuela y una cantidad considerable de rumores.

$!Terminada la revisión, el piano volvió a quedar cubierto sobre la tarima de la Escuela Miguel López Ávila, todavía a la espera de que aparezcan las piezas que faltan de su historia.

Todavía quedaban un documento sin firma, inventarios por abrir, fotografías por comparar y un número escondido en alguna parte.

En unas horas volveríamos a nuestras cosas. Él se quedaría con las preguntas.

—Ayúdame a taparlo de nuevo —me dijo el fotógrafo.

Tomé una punta de la cobija y lo volví a cubrir.

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Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.