Diario de un nihilista

Opinión
/ 14 marzo 2010

Grandes nihilistas. Poco se ha hablado entre nosotros de Albert Pike (1809-1891), un soldado norteamericano que estuvo en Saltillo durante la Intervención y que combatió en la épica campaña de La Angostura.

Abogado y periodista de profesión, toda su vida fue un picapleitos. Al menos eso parece si revisamos superficialmente su biografía, pero de manera secreta y subterránea pudo ser uno de los hombres más trascendentales en la historia de los Estados Unidos. Para empezar, es el único confederado y líder del Ku Klux Klan que tiene estatua en Washington, cerca de la Casa Blanca.

Pero comencemos desde el principio, como el profesor Miguel Agustín Perales dice que dice Aristóteles. Originario de Boston, la aristocrática ciudad del Atlántico, el sueño de Pike en la infancia era, naturalmente, doctorarse en Derecho por la Universidad de Harvard. Pero ni el magro patrimonio familiar ni las hipotéticas becas del Estado hubieran podido auxiliarlo en este sueño.

De manera que, a los 22 años, se enroló en una compañía de cazadores y comerciantes de pieles que se disponía a hacer la ruta entre San Luis Misouri y el poblado de Taos en Nuevo México (que muchos años después se convertiría en una colonia de escritores y artistas), cruzando de parte a parte el territorio actual de los Estados Unidos.

Pike reventó su flaca cabalgadura y tuvo que aventarse a pie 700 kilómetros de aquel recorrido. Por fin recaló en Arkansas, donde inició los anhelados estudios de abogacía y trabajó como reportero en el diario local de la capital estatal, Little Rock, cubriendo la Corte local de Justicia. Acabó casándose con la hija del dueño, y de ser el reportero mejor calificado se convirtió en el propietario de la publicación. Militante del partido whig (facción que agrupaba a los conservadores presbiterianos), antecedente del Partido Republicano, se especializó en causas judiciales relacionadas con la esclavitud. Estallada la guerra con México, Pike se alistó en la caballería como instructor: aquella caminata de 700 kilómetros lo habían vuelto un especialista en jamelgos averiados. En todo caso, su estancia en Saltillo se caracterizó como siempre por la inquietud y la trifulca: se insubordinó ante su jefe inmediato John Selden Roane, que a la sazón era asimismo gobernador de Arkansas, su estado de residencia, y lo retó a duelo, el cual culminó sin heridas graves para ninguno de los dos soldados intervencionistas. El viento rojo de Buenavista y los arbustos espinosos, contemplaron aquel año de 1847 la obesa silueta de Pike, su melena de vikingo involuntario, disparando con más sorna que convicción sobre los morenos y hambrientos reclutas que habían llegado desde el Estado de México, Hidalgo y Puebla a perder la vida en un jirón de estepa que hasta entonces supieron que pertenecía también a México.

Catorce años después, en 1861, cuando inicia la Guerra de Secesión, ofrece un servicio inusual a los Confederados: atraer para la causa esclavista a las tribus cherokees y seminoles, inquietas como él, como él desleales y expertas en el manejo del caballo.

La caballería india de Pike comete atrocidades, arrancando cabelleras de soldados unionistas y mutilándoles las orejas, hasta el punto de que la propia oficialidad sudista les prohíben a estos turbulentos reclutas ingresar al frente de batalla. Ante ello, con una indignación que pudo ser auténtica o fingida, el bárbaro Pike presenta su renuncia como comandante de la caballería nómada a Jefferson Davies, el infatuado presidente que residía en Richmond, en julio de 1862.

(Continuará).

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