Casos de alarma

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Opinión
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"Vendo automóvil". Así decía el anuncio del periódico. Y daba la dirección del domicilio en donde el coche se podía ver. Llegaron a las 8 de la mañana.

Eran dos hombres, uno de edad madura, vestido con cierta elegancia, de modales urbanos y corteses; el otro que parecía su hijo, también de traje y corbata, igualmente amable y de cordial trato. Gente buena y bien educada, sin lugar a dudas. Y seguramente -cosa no menos importante- de dinero.

Los recibió el jefe de la casa, los hizo pasar y les mostró en la cochera el automóvil que vendía. La señora les ofreció un café. Ellos lo aceptaron, y aceptaron también el precio que fijó el señor por su automóvil. Luego, sin movimientos bruscos, el hombre más joven sacó una pistola y con voz suave anunció a los de la casa que aquello era un asalto. O una especie de asalto, precisaron. No se debían preocupar, les informó el caballero de modales urbanos y corteses. No corrían ningún peligro, y ni siquiera iban a perder su coche.

Lo único que debían hacer era mantenerse tranquilos. Para asegurar su tranquilidad - y la de ellos- los iban a molestar un poco.

¿No les permitirían amarrarles las manos por atrás con cinta adhesiva, y taparles la boca --es un ratito solamente- con la misma cinta? Perdonen tantas molestias, pero ya saben ustedes cómo es esto.

El señor y la señora no sabían cómo era eso, pero igual obedecieron sin chistar. Los asaltantes los llevaron a la recámara, desconectaron el teléfono, y antes de cerrar la puerta se despidieron con afabilidad.

- No tardaremos mucho.

Y comenzó el desfile. Poco antes de las 9 llegó un comprador muy interesado.

-El coche cuesta tanto - le dijo el caballero de modales urbanos y corteses.

El recién llegado se sorprendió agradablemente: el precio era bastante inferior al del mercado.

- Pero necesitamos el dinero en efectivo - añadió el caballero-. Tengo que a sacar del hospital a mi señora. Fue al banco el comprador y presuroso volvió con el dinero. Lo recibieron los supuestos vendedores y luego sacaron la pistola. Ataron de boca y manos al asustado visitante y lo llevaron a donde estaban los dueños de la casa.

-Regresamos en un momentito; discúlpenos por favor. Y regresaron a poco, sí. Con otro cliente. Y luego, conforme avanzaba la mañana, con tres y cuatro más. Al que se presentaba le pedían aquel tan bajo precio por el auto -en efectivo, por favor-, y cuando llegaba con los billetes lo encerraban al lado de los otros.

A eso del mediodía ya habían recabado una estupenda cantidad. Cuando pasó una hora sin que llegara un nuevo cliente fueron a la recámara y se despidieron con mucha cortesía.

-Lamentamos las molestias
que les dimos -se dirigieron a los forzados anfitriones y a los clientes-. Con permiso.

Y se retiraron dejando tras de sí un fuerte olor a jijos de la tiznada. Esto que cuento sucedió no diré cuándo ni dónde. Lo hago para proteger a los inocentes, aunque el silencio proteja también a los culpables.

No faltará quien me acuse de dar malas ideas a los delincuentes, pero ellos ya tienen todas las ideas malas que necesitan, y pienso que si alguien está vendiendo su automóvil, la lectura de este artículo lo hará tomar las debidas precauciones.

Sirva la historia, entonces, para advertencia de inocentes, más que para instrucción de malandrines.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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