Los malos modos
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Mauricio Merino
A veces pienso que alguien debería emprender una campaña a favor de los buenos modos (y modales) en nuestro trato cotidiano. Yo no sabría hacerlo ni dispondría del tiempo suficiente. Pero estoy seguro de que muchos defectos de nuestra vida pública se corregirían o se mitigarían si nos propusiéramos tratarnos de buen modo. No digo de manera bondadosa -eso ya sería pedir mucho-, sino con cortesía y consideración.
Quizás en el medio rural todavía se respira un aire social distinto. Pero en las metrópolis de México basta salir a la calle y sufrir un par de horas en el tráfico, subir al metrobús en horas pico o enfrentar cualquier fila en un supermercado, en el banco o en cualquier otro sitio donde haya más de diez, para apreciar la importancia capital de recuperar los buenos modos. No es que la gente no deba ir seria o que no evite la mirada ajena; tampoco es que no guarde las debidas precauciones ante la inseguridad rampante que vivimos. Nada de eso es reprobable. El problema es la reiteración y la multiplicación de los malos modos, es decir, la ostentación sistemática de la falta de respeto por los otros.
No me refiero a la simulación del mustio, ni tampoco a la buena educación burguesa que sirve para distinguir a la clase dominante. No estoy hablando de un código de comportamiento como el que describió magistralmente Sándor Márai en Confesiones de un burgués, ni mucho menos del Manual de Carreño. El respeto por el otro no es patrimonio exclusivo de la burguesía, ni nació siquiera con el auge de la modernidad. En su Historia de la vida privada, los historiadores franceses dirigidos por Georges Duby nos hacen ver que los buenos modos no sólo son tan antiguos y diversos como las sociedades mejor estructuradas, sino que también han significado una condición para su sobrevivencia.
De los buenos modos se ocupa largamente Norbert Elias en El proceso de la civilización, porque entiende claramente que "civilizar" significa dominar los impulsos primarios de los individuos y transformar de manera específica su comportamiento en función de los demás. No es cosa menor que Elias dedique el capítulo central de su trabajo a estudiar los cambios civilizatorios en la mesa, en "las actitudes frente a las necesidades naturales", en el modo de sonarse, de escupir, de dormir o de tener sexo. Pues, además, los buenos modos importan por igual a la convivencia pública y a la privada (como lo advierte otro clásico: Elías Canetti, en Masa y poder) y, en buena medida, determinan la calidad de vida de una sociedad.
Creo también que nos habríamos ahorrado más de un problema público con modales menos rudos -y con menos exhibiciones de machismo político a rajatabla. Buena parte de los sinsabores que ha vivido este gobierno en materia laboral, por ejemplo, se habrían resuelto de otro modo, creo yo, si el secretario Lozano fuera menos bruto (en el sentido literal del término) o si el presidente Calderón hubiese sido más cuidadoso de las formas. Pienso que los dirigentes del PRI se ofendieron mucho, por ejemplo, cuando, tras el asesinato del candidato de ese partido al gobierno de Tamaulipas, el Presidente no tuvo el tacto de invitarlos a salir a medios junto a él. Y luego, ellos han devuelto esa descortesía ya varias veces, dejándolo plantado con un desdén deliberado, por "quítame estas pajas".
Me dirán que México no es el único lugar del mundo donde esas cosas pasan y quizás, también, que la política es como la guerra. Que a quien no le guste el baño, que no se meta al agua, o alguna otra barbaridad por el estilo. Pero incluso en las batallas hay protocolos y modales que honran a quienes los siguen y los hacen dignos de respeto, aun en la derrota, y tengo muy presente que Churchill pedía magnanimidad en la victoria. Por supuesto que no bastan buenos modos para resolver conflictos y problemas, pero "lo cortés no quita lo valiente", decía don Sancho Panza, y yo creo que este país está ahíto de gritos y de ruidos -como los que describió Sabina- derivados, entre otras desgracias, de los malos modos con los que nos maltratamos a (casi) todos los que nos rodean.
Para aprender a dialogar y a convivir con los demás, lo primero que tenemos que hacer es guardar la compostura, contener un poco nuestros impulsos primitivos y aprender mejores modos. Un poco de civilidad, por favor, no nos vendría mal en estas horas malas.