Historia de un abanico

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Opinión
/ 25 septiembre 2010

El nombre de este artículo, "Historia de un abanico", parece sacado de "La Ilustración", revista española del siglo diecinueve. El abanico, en efecto, nos hace pensar en tiempos idos, cuando lo usaban las señoritas de antes no tanto para abanicarse como para decir mensajes a sus novios en un sistema secreto de señales que nada más los enamorados podían descifrar. Si al ver a su galán la chica abría el abanico, eso quería decir que lo esperaba. Si, por el contrario, lo cerraba, tal movimiento significaba que estaba disgustada con él, que no se le acercara. Poner el abanico hacia abajo expresaba celos; agitarlo con rapidez mostraba desesperación. Aquel romántico telégrafo, lo mismo que el oculto lenguaje de las flores, lo conoció muy bien García Lorca, y lo usó en obras como "Doña Rosita la soltera".

Sin embargo la historia que hoy les cuento es una historia modernísima que en el pasado no habría podido suceder. Tiene que ver la narración con la sabiduría de las madres. Yo creo en todo lo que enseña el buen Padre Ripalda en su olvidado catecismo. Pero una cosa me pregunto: si Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar ¿entonces para qué hizo a las mamás? Mi idea es que hay mamás porque Diosito no puede estar en todas partes. A fin de tener suplentes suyas en el mundo, el Señor dio a las madres una gran inteligencia. Inteligencia maternal, quiero decir, que es la mas inteligente de todas. Mi relato de hoy es un ejemplo de tal inteligencia.

Esta señora tenía un hijo que fue a estudiar a Monterrey, cuando todavía podían ir los jóvenes a estudiar a Monterrey. Un día lo visitó, y descubrió, alarmada, que el muchacho compartía su departamento con una guapa chica, estudiante también. Desde luego aquello no formaba parte de las costumbres que en su casa había aprendido él.

No hallaba la señora qué decir. Le sorprendía la naturalidad con que se trataban los dos jóvenes. Su hijo notó el apuro de su mamá, y sonriendo le dijo frente a la muchacha:
-Sé lo que estás pensando, madre; pero quiero decirte que estás equivocada. Ivette y yo compartimos el departamento, es cierto, pero nada más. Lo hacemos para ahorrarnos cada uno la mitad de la renta. Somos buenos amigos; hasta ahí. No hay entre nosotros ninguna otra relación. Cada uno, como ves, tiene su recámara.

Y concluyó el hijo:

-De modo que tranquila, mamá. No pasa nada.

Hacía calor en la pequeña sala. Fue la muchacha y trajo un abanico.

-Mi mamá lo trajo de España -le dijo a la señora-, y me lo regaló como un recuerdo. Abaníquese con él.

Una hora más estuvo la señora en el departamento, y luego se marchó.

Dos o tres días después el muchacho la llamó por teléfono.

-Madre -le dijo-. Ivette no encuentra su abanico. Te lo prestó cuando estuviste aquí, ¿recuerdas? Nos preguntamos si acaso por distracción te lo llevaste.

-No me lo traje, hijo -respondió la señora-. Lo dejé en la cama de Ivette, entre las sábanas. Ya lo habría encontrado si se acostara ahí.

Como se ve, quizá Diosito no puede estar en todo, pero una mamá sí.


Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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