Turismo de desesperación
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Hay algo bien curioso con la Semana Santa: no importa si todo el año la gente está cansada, endeudada, harta de la rutina o nomás sobreviviendo... llegan estos días y de repente se activan como si alguien hubiera gritado: “¡Corre por tu vida!”.
Pero no es por descanso, eh... es por no quedarse fuera del desmadre. El síndrome del “me tengo que ir a huevo”. Porque no es que quieran vacaciones... es que sienten que deberían quererlas. Y ahí los ves: endeudándose para ir a una playa que van a compartir con medio país. Haciendo filas de tres horas para salir de la ciudad. Peleándose por un cuarto de hotel con vista... al estacionamiento. Pagando el triple por una cerveza tibia. Pero felices... o al menos eso dicen en las historias de Instagram.
“Necesitaba esto”, ponen.
Sí, claro... necesitabas estrés, tráfico, calorón y gastar dinero que no tienes. Vacacionar o huir de tu vida (spoiler: no es lo mismo) Aquí entre nos... mucha banda no quiere descansar. Quiere escapar. Porque quedarse en casa implica algo peligroso:
pensar. Y eso sí da miedo. Entonces mejor: Playa llena, música a todo volumen, alcohol desde las 11 am. Y cero silencio para no escuchar esa vocecita incómoda. Esa que dice: “Oye... ¿y si tu vida no te gusta tanto como dices?”. Pero no, mejor otra cheve.
Es el ritual moderno: sufrir para “disfrutar”. Antes las vacaciones eran para descansar.
Ahora parecen una prueba de resistencia. Te levantas más temprano que cuando trabajas, manejas más que Uber en quincena, gastas más que político en campaña... y regresas más cansado que cuando te fuiste. Pero eso sí... con fotos bien chingonas.
Porque si no lo subes, ¿sí pasó? El miedo real: quedarse quieto. La neta no es la playa, ni el hotel, ni el viaje. Es el miedo a quedarte quieto y darte cuenta de cosas. Que estás cansado de más. Que no te gusta tu rutina. Que necesitas cambios reales, no una escapada de tres días. Pero eso ya es otro nivel... y eso no se arregla con bloqueador ni con micheladas.
La verdad incómoda de la que nadie quiere hablar es que no tiene nada de malo irte de vacaciones. El problema es cuando vas huyendo, no disfrutando. Porque puedes estar en la mejor playa del mundo... y seguir igual de vacío. O puedes quedarte en tu casa, hacerte una buena comida, abrir una cheve fría, poner música y decir: “Hoy no le debo nada a nadie”. Y descansar de verdad.
La Semana Santa no debería ser una carrera para ver quién se estresa más caro. Debería ser una pausa. Pero claro... eso implicaría hacer algo que casi nadie quiere: bajarle dos rayitas al desmadre... y enfrentarse tantito a uno mismo.
Y eso, compadre... eso sí está más cabrón que agarrar carretera en jueves santo. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
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