Contra Sor Juana. Esto no lo digo yo. Esto lo dijo...

Opinión
/ 28 octubre 2010


Las famosas "Redondillas" de Sor Juana Inés de la Cruz, aquellas que comienzan con los versos: "Hombres necios que acusáis / a la mujer, sin razón...", han tenido impugnadores muy violentos. Ceñudos varones han dado respuesta a la invectiva de La Décima Musa, y han empleado en su respuesta el mismo metro y forma que usó la monja de San Miguel Nepantla.

He encontrado una de esas respuestas, la publicada en 1888 por el licenciado Justo Cecilio Santa-Anna, tabasqueño. Atrevido señor debe haber sido éste, y de seguro escandalizó con su composición a la sociedad de San Juan Bautista. Así se llamaba Villahermosa antes de que don Francisco J. Santamaría la bautizara con el poético nombre que ahora tiene.

Los versos que pergeñó don Justo para responder a sor Juana son lapidarios, contundentes. En ellos pone a la mujer como Dios puso al perico. Yo me limito a transcribirlos por pura curiosidad, pero no me hago responsable de los conceptos y opiniones del autor. He aquí sus redondillas:

Mujeres: ¿por qué os quejáis

de nuestra ardiente pasión,

cuando vos sóis la ocasión

de aquello que reprocháis?

¿De veras no nos amáis?

¿De veras no nos queréis?

¡Si no os buscamos, veréis

que vosotras nos buscáis!

Si sóis de carne y de huesos

como nosotros los feos,

tendréis los mismos deseos,

y hasta los mismos excesos.

Os diré, no por enojos

ni por causaros agravios,

que si no son vuestros labios

sí nos llaman vuestros ojos.

Y ¿quién causa más horror

entre el hombre y la mujer?

¿El que compra su placer

o la que vende su honor?

No acuséis de deslealtad,

y de loco en su rigor

a quien os da con su amor

la única felicidad.

Cuando en brazos de un galán,

centelleantes las miradas,

y nerviosas y agitadas

sentís infinito afán;

cuando en lánguido embeleso

de emoción ardiente y loca

unís la boca a otra boca

en interminable beso;

y sobre el pecho oprimido,

temblorosas de pasión,

sentís de otro corazón

el presuroso latido;

y creéis desfallecer

sólo al pronunciar un nombre

¿no pensáis que es sólo el hombre

la dicha de la mujer?

Y aquí poner punto quiero.

Adiós y felicidades,

aunque muchas más verdades

se quedan en el tintero.

 
Eso, ya lo dije, no lo digo yo. Eso lo dijo en 1888 el licenciado Justo Cecilio Santa Anna, tabasqueño.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM