Hermano Víctor
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Nació en Celaya, Guanajuato, un 2 de marzo de 1919. Hijo de José Córdoba y de Teresa Concha, estudió en su niñez en el Colegio Francés El Zacatito, institución lasallista que confirmó su vocación de maestro y de una vida entregada a la divulgación de la palabra de Jesús. Conoció la persecución religiosa y masticó el duro pan del exilio al huir muy joven a los Estados Unidos. Llegó a Saltillo en el año 1966 y en el Colegio Ignacio Zaragoza educó a 25 generaciones de preparatoria. Las frases del Hermano Víctor, como lo conocía la comunidad lasallista aún se escuchan por los pasillos del Colegio: "El conocimiento de Dios sin reconocer nuestra miseria, crea el orgullo", "El conocimiento de nuestra miseria sin conocer a Dios, crea la desesperanza".
Él fue uno de esos profesores que sabían transformarse en puentes, y que invitaban a sus discípulos a franquearlos. Su sencillez, amistad y conocimientos nos llevaron a apreciarlo como amigo y como lo que era: nuestro hermano Víctor. La palabra hermano deriva del latín "frater", una persona unida a otra por vínculos espirituales, morales e ideológicos: mi amigo es mi hermano. Ese fue para quienes pudimos conocerlo: Un hermano de los adultos a quienes trataba, y el hermano mayor de los jóvenes que esos adultos le confiaban. Honraba el espíritu del lasallismo: Ser más solidario y educar.
Fue un apóstol, que vivió con los jóvenes sus necesidades y sus problemas. Educador de la fe de sus alumnos en especial de los más pobres, el hermano Víctor disfrutaba de platicar con preparatorianos que más que conocimientos, anhelábamos encontrar un camino. El hacía honor a la amistad y jamás escatimó un buen consejo. Ante nuestras eternas dudas religiosas, nos llegó a decir: No confundan a Jesús, el maestro, con los pobres hombres que le siguen de lejos.
Su trabajo en la sierra de Durango, le atrajo el cariño de toda la gente de la comunidad de El Salto, pero también de aquellos que pudieron acompañarlo en su misión evangelizadora. Su compromiso fue siempre con los pobres, no solo de bienes materiales.
La semana pasada me llegó la triste noticia de su muerte y lo evoqué por los pasillos del Colegio cuando lo conocí en el verano de 1985. Maestro primero de física y después de filosofía, el hermano Víctor nos introdujo al fascinante mundo de Kepler, de Copérnico y de Gay Lussac. Gracias a él, pudimos conocer y discutir los tratados de Aristóteles y Platón, textos que muchos años después aún intentamos entender pero que nos llevaron a concluir que a partir de lo que la ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión y la ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está en el principio, y para los físicos al final de todas las consideraciones.
Yo lamento la partida de nuestro maestro. Con toda justicia y por motivos diversos, el recuento debe suceder al tiempo necesario para el duelo. Es esta una hora triste para la comunidad lasallista y en especial para aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo, porque maestros como el hermano Víctor se quedan con nosotros, en la memoria, en las presencias cotidianas y también en los silencios. Es una justa manera de pronunciar el adiós que nos sirve para el tiempo del duelo al maestro que continúa siendo el hermano Víctor.
Fue un hombre que dedicó su vida a liberarnos de las cavernas y de la ceguera que nos imponen la falta de educación y la ausencia de fe. Alejado siempre de los reflectores, en el año 2009 aceptó casi a fuerza la presea Saltillo; sus palabras al recibir este reconocimiento lo mostraron de una sola pieza: "No he hecho más lo que tenía que hacer".
Pedro Córdova Concha, el hermano Víctor, quizás intuyendo el final de su existencia en la Tierra, fue diciendo adiós a los amigos y a sus hermanos que fueron su familia.
Quería estar lúcido y presente cuando la muerte llegara. Su vida tocó la vida y los corazones de miles de jóvenes. Yo me cuento entre uno de ellos. Lamento no haber podido despedirme de él, lo hago desde aquí y le digo ¡Hasta siempre Hermano Víctor!.