Un gran experimento de psicología social

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Opinión
/ 26 mayo 2011

No me produce placer escribir negativamente acerca de la ciudad en la que nací, crecí, hice mis estudios y en la que desarrollo mi actividad profesional desde hace décadas. Una ciudad en la que he hecho, y tengo, casi todas mis amistades; una ciudad bella y amigable en la que viví una niñez y juventud gozosas; una ciudad de la que me sentí por mucho tiempo orgulloso. Ya no.

Ya no, porque la encuentro crecientemente hostil, física y ambientalmente sucia, con un serio deterioro urbano omnipresente en gran parte de su superficie. No es algo que ciertamente haya ocurrido sólo recientemente; su presente situación viene de antiguo y se ha añejado, lenta pero tenazmente, tras sucesivas administraciones citadinas. No me referiré siquiera a la falta de memoria histórica de lo que ha sido esta, antes maravillosa, ciudad desde hace siglos. A la destrucción de su traza urbana o a la modificación de los nombres originales de sus calles, sustituidos por "modernos adalides" para los cuales sin duda habría habido más que amplio lugar en el imparable crecimiento urbano.

No, me refiero a la azarosa vida diaria enfrentada en el ir y venir de casa al lugar de trabajo y viceversa. A "pequeños" detalles, como las coladeras sin tapa en las calles -incluido el anillo periférico- y que pueden durar en ese estado por semanas como ávidas trampas para autos igual que transeúntes. O a la ubicuidad del olor a cañería que lo recibe a uno al aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez y luego lo acompaña a uno, intermitentemente, por diferentes rumbos de la ciudad.
Me refiero a la destrucción de la mayor parte del pavimento por el que hay que transitar -otra vez incluido el anillo periférico- al grado que anima a una marca de vehículos de doble tracción a anunciar sus productos como especialmente diseñados para esta ciudad.

A la frustración de recorrer en auto los 5 o 6 km. que separan mi casa de la entrada al periférico, en tiempos que oscilan entre 30 y 90 minutos, dependiendo del grado de coagulación del tráfico en el poniente de la ciudad; una vez en el periférico el tiempo de mi recorrido hasta el sur es realmente rápido, pero compadezco a quienes tratan de entrar o salir por espacios tan angostos como la entrada a un garaje doméstico y que tienen que formarse en enormes colas para lograr su propósito.

Al chasco de los embotellamientos causados por conductores que bloquean las intersecciones de mayor tráfico en la ciudad, frecuentemente a la vista de los policías incapaces de regular el tráfico.

Al "slalom" obligado por las paradas repentinas de los colectivos en cualquier lugar para recoger o expeler sus sufridos pasajeros.

A las avenidas o calles cerradas de repente, sin avisos previos ni información de porqué se han cerrado y cómo se puede salir del atolladero y que incrementan la irritación de conducir un auto, porque las posibilidades de utilizar transporte público colectivo relativamente digno en esta ciudad, son muy limitadas.

Sin duda que lo que describo no es endémico de la circunscripción del gobierno de la ciudad de México. Se aplica a la mayor parte de la zona conurbada metropolitana. Y aclaro que mi frustración no incluye soportar situaciones como la carencia casi regular de agua corriente, o los avatares de vadear torrentes de agua mezclada con excrementos -en su mayoría humanos- en la época de lluvias.

Con creciente frecuencia pienso que hay en marcha un enorme experimento de psicología social -diseñado por "fuerzas malévolas"- para medir hasta donde llega la paciencia y la capacidad de aguante de los pobladores citadinos. A como van las cosas, parece que ese umbral de resistencia es realmente altísimo y que puede aprovecharse para muchos otros aspectos de la vida en este país.

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