'Gabriel García.'
COMPARTIR
-Buenos días caballero, ¿a nombre de quién asigno la mesa?
La espigada hostess del restaurante Vip's de calle Hidalgo, a pasos de la zona peatonal de Padre Mier, en Monterrey, N.L., sonrió, entre molesta y divertida cuando le contesté: "Alejandro, soy Alejandro Magno." Apuntó mi nombre en una papeleta, le encajó en un despachador giratorio sobre la mesa y me espetó.
-Bienvenido Alejandro. En un momento lo atienden caballero.
Su enfado tenía razón de ser. Sólo días antes me había pedido mi nombre y le dije ser "Mateo." Un día antes, "Gabriel." Una semana pretérita, "Santiago." ¿Ella lo recordaba? Por el gesto retorcido de su cara, lo más probable es un sí. Esta es la historia de mi usurpación de nombres.
En este tipo de restaurantes de comida rápida, periódicamente se ponen en práctica diversas estrategias y promociones con miras a lograr una especie de "gancho", lograr una "camaradería" o "lealtad", como ellos le dicen; incluso, tienen una tarjeta ex-profeso para ello, con lo cual dicha fidelidad se premia con "puntos", los cuales nunca he sabido cómo aplicar. En fin. Son estrategias de mercadotecnia; entonces, imagino, una novedad es ahora pedirle al cliente su nombre, apuntarlo en grandes letras en un cartoncillo e insertarlo en un dispensador giratorio para que todo mundo vea que allí, precisamente allí, está sentada Emma, Beatriz, Felipe, Juan Carlos y un largo etcétera.
Por un pudor insufrible, lo he contado antes también, por años usurpé oficios y profesiones al registrarme en hoteles en mis correrías en todo México. Mucho tiempo fui "licenciado", en genérico. Luego vendedor de cambalache casa por casa. De un tiempo a la fecha escribo en el apartado de "profesión" lo que soy: escritor/periodista. ¿Estaré traumado?
La primera vez, la hostess pidió mi nombre; una especie de terror y pudor me hicieron decir a bote pronto, "Este sí, soy Javier." El problema es que empezó a gustarme el juego de la otredad, ser otro. Días posteriores le dije: "Soy Gabriel, Gabriel García." Ella, sin apenas pestañear, apuntó "Gabriel García" en mi mesa y se marchó. Esta anécdota e historia que ahora vivo y cuento, forma parte a la vez, de una ficción pretérita de Víctor S. Peña -me ha recordado a las figuras de las Matruskas, aquellas matronas rusas de madera que si se despanzurran guardan adentro otra Matruska y así al infinito-por lo cual mi historia estaría encajada dentro de una historia la cual no la vivo, sino que la escribe S. Peña.
Esquina-bajan
¿Para qué fingir en estos lugares que los meseros o meseras tratan de ser verdaderos amigos? Lo ignoro. La buena atención es una y surge espontáneamente, como en los viejos restaurantes de abolengo. Llegar a ser majadero es otra cosa. Pero, ¿no llega un momento en que tratar de ser simpático o gracioso, resulta un engorro y lejos de ser una cortesía o atención, deriva en un acoso sistemático al cliente? No lo sé a ciencia cierta, todo lo supongo.
Lo bien cierto es que la hostess, entre molesta y divertida, me conduce a mi mesa y sigue preguntando una y otra vez "¿A qué nombre asigno su mesa caballero?" He dado casi la vuelta a los nombres disponibles del alfabeto. Un día, de plano le dije que era "Ricardo, Ricardo Mendoza." Es decir, mi editor general aquí en VANGUARDIA. Pensé en que decir el nombre del atildado periodista, me conseguiría un buen descuento. Triste mi calavera. No pasó nada. Garabateó "mi nombre" en el cartoncillo y se fue.
La última ocasión le contesté; "Mmh, sí, gracias. soy Ernesto, Ernesto Cordero." La espigada hostess de pantalón negro ajustado a sus caderas y blusa blanca, lo escribió sin chistar y se marchó. A las meseras que le toca la tabla les da absolutamente igual cómo se llame uno. Llegan, preguntan por la orden, la anotan en una tablilla electrónica, traen los alimentos y circulan. Hoy fui "Ernesto Cordero."
Letras minúsculas
¿Qué pasará mañana cuando le diga que soy "Enrique, Enrique Peña."? Pronto le contaré aquí.