El arte de patrasearse. (O sea de rajarse).
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Era un hombre joven, digamos de 40 años. Para un muchacho de 20 ese hombre ya no es joven. Para mí, sin embargo, alguien de 40 años aún anda gateando.
Iba ese hombre en una camioneta último modelo, doble cabina, color verde petróleo, 4 por cuatro, eje alto y llantas anchas. Lo poseía esa sensación de poder que da a los hombres un vehículo así, de gran potencia, caro, refulgente. Delante de él iba un vochito medio destartalado, opaca la pintura, ruidoso el motor, lisas las llantas... Penosamente avanzaba el cochecito entre el intenso tráfico de la hora.
El de la camioneta quiso adelantarlo. ¿Cómo podía un coche así estorbarle el paso? Hizo sonar su claxon una vez, dos y tres. El conductor del vocho no se apartó, como obedientemente debió hacerlo. Otro pitazo estrepitoso. Nada. El hombre de 40 años comenzaba a irritarse. A esa edad la virtud de la paciencia no se ha adquirido aún.
De pronto halló la forma de adelantarse al cochecito. Lo hizo con un viraje brusco. Imprimió velocidad a su camioneta, y las llantas chirriaron como en remedo de burlona carcajada. Pasó junto al pequeño vocho como una exhalación, si me es permitido el inédito símil. Pero no iba a quedarse sin venganza. Hizo sonar el claxon otra vez, ahora con los sabidos cinco pitazos insultantes:
-¡Ta ta ta ta ta!
Y sucedió entonces algo extraordinario. ¡El conductor del vochito se atrevió a responder!
-Ta ta ta -sonó el pitito, casi inaudible, del automovilito.
¡Cómo era posible eso! ¿Responderle así uno de vocho, a él, que traía camioneta último modelo, doble cabina, color verde petróleo, 4 por 4, eje alto y llantas anchas? Eso no se podía permitir.
Frenó entonces para dejar que el vocho se emparejara a él. Cuando lo tuvo a lado amenazó por la ventana al conductor del vocho; lo retó con ademán violento a que se estacionara, y otra vez le recordó la madre con el claxon. Nueva sorpresa (este mundo está lleno de sorpresas).
El conductor del vocho le dijo que sí con la cabeza -respondía al reto- y empezó a buscar espacio para estacionarse. Lo hizo también el de la camioneta, decidido, y descendió de su vehículo con gesto desafiante.
Y otra vez sucedió algo extraordinario. Se abrió la puierta del vochito y se desenrolló -no encuentro mejor palabra para describir esto-, se desenrolló y salió del cochecito un tipo de más de 2 metros de estatura, 150 kilos de peso, brazos que parecían postes y manos que semejaban ser yunques de herrero.
Calmadamente, pero quitándose el reloj para guardarlo en el bolsillo -anuncio cierto de que se disponía a pelear- el hombrón del vochito se llegó al hombre de la camioneta.
-¿Me hablaba, amigo? -le preguntó con voz grave y segura.
El hombre joven, el de 40 años, lo vio de arriba abajo -le llegaba al otro un poco más arriba del ombligo- y dijo luego estas sapientísimas palabras:
-¿Se vale rajarse?
El otro rió de muy buena gana ante aquella salida inesperada, yel incidente -uno de esos que a veces terminan en tragedia- acabó entre risas. Se dieron los dos un apretón de manos. La otra noche se hallaron por casualidad en un bar y se tomaron juntos un par de cervezas.
¡Qué frase tan útil, y tan sabia! "¿Se vale rajarse?". Deberíamos usarla con frecuencia. Que escogiste una carrera que al fin no te gustó. Se vale rajarse. Que te casaste, y tu pareja no resultó como esperabas. Se vale rajarse. Que creíste sentir tal vocación, y renunciaste por ella a los dones de vida que en ti puso el Creador. Se vale rajarse. En todo vale rajarse, nomás ante la vida no. Se vale rajarse para ser mejor. Todo lo demás es tontería, humo de pajas, vanidad. Se vale rajarse.