¡Y santo remedio!

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Opinión
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¿Cómo me deshago de las moscas?

Todos nos hemos preguntado esto alguna vez cuando, tras combatir infructuosamente a los malditos insectos, estamos pensando seriamente en el suicidio como único remedio para huir de la pesadilla.

Y es que las moscas, como casi todos los insectos alados -excepción hecha de las mariposas, las mariquitas y algunos escarabajos dotados de un aura de ternura- constituyen uno de los inventos más insufribles de la naturaleza.

El maestro José Martí lo dijo con insuperable tino al plantear el principal efecto que la presencia de las moscas tiene en nuestras vidas: "También a un gran hombre lo puede exasperar una miserable mosca".

En efecto: lo que estos dípteros mejor saben hacer es exasperarnos, llevarnos al límite de nuestra paciencia, perturbarnos en grado tal que nos resulta imposible concebir la posibilidad de seguir cohabitando este planeta con tan molestos engendros.

Ello, por supuesto, para ya no hablar de la miríada de males que debemos a la naturaleza insalubre de las moscas. Su afección a posar sus inmundas patas en forma aleatoria sobre toda superficie, así como el impulso natural que les lleva a infectar las frutas, las convierten en uno de los vehículos propagadores de enfermedades más diabólicamente eficientes de esta tierra.

¿Por qué la madre naturaleza, en su inmensa sabiduría, no diseñó a las moscas para posarse exclusivamente sobre un tipo específico de materia orgánica? Inmensos problemas nos ahorraríamos si las moscas no fueran saltando alegremente de la caca del perro al plato de guisado, a nuestra mano, al escupitajo del suelo, al charco de pipí, a la tortilla, a...

En fin que, como dirían los Cardenales de Nuevo León, entre lo peor, de lo peor, son lo peor... Se trata de una especie que, contrario a lo que ocurre con el resto de los seres vivos, nadie extrañaría si, en un arranque de genialidad, alguien inventara una forma de erradicarlas por completo.

Por supuesto, lo hemos intentado. Miles de recetas hemos ideado los humanos a lo largo de la historia para deshacernos de los infernales insectos o, al menos, para mantenerlos a raya, alejados de nuestras vidas.

Porque, la verdad sea dicha, tampoco se trata de negarles un espacio sobre la tierra, de conculcarles el derecho que deben tener a existir, ¡a condición de que se mantengan fuera de nuestro campo visual!

El problema es que difícilmente podremos llegar a un acuerdo con ellas para delimitar los territorios de cada especie. No hace falta sino encontrar una mosca en el interior de nuestro automóvil para averiguar que son estúpidas: por más que uno le abre las ventanas e intenta "encaminarla" hacia afuera sin agredirla, ésta insistirá en despertar la furia asesina que habita en nosotros... hasta que la aplastamos.

Pero como uno descubre más tarde o más temprano, la naturaleza contiene siempre el veneno y el antídoto; la enfermedad y la cura; el ying y el yang. Ocurre solamente que eso no siempre es evidente y uno debe tomarse la molestia de buscar pacientemente la respuesta al acertijo.

Y eso justamente ha hecho recién un grupo de científicos suecos y húngaros que, tras algunos años de pacientes observaciones y sesudos experimentos, ha encontrado el santo grial de los matamoscas, la respuesta precisa para nuestras plegarias... ¡No más moscas!

Lo mejor de todo es que, a tono con la ola de preocupaciones conservacionistas que recorre el planeta, la fórmula encontrada por estos individuos de ciencia es environmentally friendly, es decir, absolutamente inocua, perfectamente respetuosa del medio ambiente.

Como el agua potable, es incolora, inodora e insípida. No requiere químicos, colores ni aromas artificiales, solventes, excipientes, conservadores, detergentes, líquidos inflamables o cualquier otro elemento que pudiera restarle un ápice de amabilidad medioambiental.

Por si eso fuera poco, es barata... O puede serlo, dependiendo de la ruta que deseemos utilizar para allegárnosla y disfrutar de la magia con la cual mantendrá alejadas a las moscas de nosotros.

El asunto es harto sencillo: lo que nuestros queridos científicos descubrieron es que el patrón de rayas blancas y negras -o al revés- de la piel de las cebras provoca que la luz se refleje de una forma que resulta "poco atractiva" para las moscas y otros insectos, lo cual los mantiene alejados de estos equinos.

¡Ahí está pues la respuesta a todos nuestros ruegos! Lo único que tenemos que hacer es mercarnos una cebra, mantenerla a nuestro lado todo el día y con ello expulsaremos definitivamente a las moscas de nuestras vidas.

Bueno... quizá eso resultaría complejo y eventualmente molesto. Pero la solución es fácil una vez más: pintemos todo, absolutamente todo, con un patrón de rayas negras y blancas, vistamos como cebras, tapicemos los muebles con tela de cebra, convirtamos todas las envolturas y los envases en cebras, convirtamos esto en el planeta cebra...

Y santo remedio...

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

Twitter: @sibaja3




Columna: Portal, periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.

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