La rareza de las fotos impresas
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Homero Bazán
Con la llegada de las cámaras digitales y en épocas donde muchos pueden sacar una foto con su teléfono, cada vez son menos los capitalinos que cuentan con fotografías impresas para el recuerdo.
Me percaté de ello hace unos días cuando uno de los fotógrafos ambulantes que aún sobreviven con sus cámaras instantáneas, me ofreció sacarme una fotografía con mi familia en una plaza pública, y al poco rato me sorprendí a mí mismo tocando la imagen en papel, como si fuera una rareza ¡hasta ese nivel ha cambiado nuestras vidas el mundo digital!
Antaño, se decía que durante el primer cuarto del siglo XX, una de las pocas oportunidades que tenían los capitalinos de tener una foto familiar, era en los grandes puestos que armaban los fotógrafos ambulantes, quienes podían inmortalizar a una familia durante un paseo dominical, sin saber que aquella imagen sería conservada en los álbumes por décadas y que muchos nietos sabrían a través de ellas cómo lucía su abuelo de niño o contemplaría a su bisabuelo posando junto a un telón de los que estos personajes cargaban en un carretón.
Aunque la Alameda y Chapultepec fueron con los años los sitios predilectos de los fotógrafos ambulantes, que aprovechaban la numerosa clientela de las fechas festivas, sería en las pequeñas plazas y en los mercados populares, donde el oficio sacaría a flote muchos de los deseos ocultos de los parroquianos, quienes no dudaban en pagar hasta 15 centavos por una imagen a su gusto con todo y portarretrato de cartón o madera.
Si el tío mitónamo quería sorprender a sus parientes con una fotografía que ilustrara sus batallas al lado de su general Pancho Villa, ni raudo ni perezoso el fotógrafo montaba un escenario donde aparecían lejanos valles pletóricos de magueyes y ataviaba al susodicho con ropas revolucionarias, bigote y hasta un rifle balín. Incluso, podía añadir al montaje la cabeza de un jamelgo o en su defecto las riendas, las cuales eran sostenidas por el cliente mientras miraba hacia el horizonte como buscando su destino (igual que Luke Skywalker en el planeta Tatooine).
Otra cosa eran las fotos con tintes religiosos, en las que por lo general aparecía la tía Pancha, misma que no se caracterizaba por su generosidad ni buen corazón, pero que para mostrar su fe, insistía en ser retratada con un ramo de claveles y mirando con ojos de paroxismo beato la imagen de la virgencita de Guadalupe.
Según escribía un periodista en 1932, los carruajes de estos oficiantes de la lente asemejaban pequeños circos o teatros desmontables para poder recrear las diversas atmósferas que les solicitaban.
Para los niños, contaban con una especie de tapanco que en un santiamén podía convertirse en la torre de un castillo donde los infantes podían posar vestidos de caballero con armadura o princesa. Al mover unas tablas el mismo escenario se transformaba en una caballeriza del viejo oeste y los chamacos podía subirse a un jamelguito de madera y vestir un traje de vaquero con pistolas y estrella de sheriff.
Para las señoritas cumpleañeras y las parejas, había diversos telones de fondo que exhibían nubes, serafines y cupidos. Con el tiempo se pusieron de moda las escenografías con un agujero para que los clientes pudieran introducir el rostro y convertirse instantáneamente en el protagonista de un casorio, en caudillo de las huestes del norte, en chamuco, angelito o hasta en el mismísimo presidente de la República.
Con el mismo método, los fotógrafos comenzaron a decorar siluetas de madera con las imágenes de personajes mitológicos, artistas del momento o personajes históricos como Madero, Juárez, Zapata o Don Porfirio, a quien por cierto añadían siempre unos cuernos y un trincho.
No era raro que algún compadre llegara a la pulquería a presumir una foto de fantasía con algunas sexys muñecas pintadas que lo rodeaban de manera coqueta y mostrando breves atuendos.
Aunque los fotomontajes se pusieron de moda desde principios de siglo, los fotógrafos de fantasía de la capital tardarían muchos años en incorporarlos a su oficio. Lo único malo es que eran tan tardados y costosos que muchos prefirieron ya no hacerlo.
Hoy, tener una foto impresa, comienza a ser nuevamente un privilegio, pero por razones diferentes. Muchos prefieren guardar sus recuerdos familiares en el disco duro de la computadora, hasta el día que la tecnología les juega una mala pasada y pierden todos sus archivos.
"Impriman todas las fotos que puedan, es un consejo de oro", afirma en una carta la lectora Berenice Muñozcano, quien perdió las fotografías que registraban la niñez de sus dos hijas a causa del robo de su laptop".
Comentarios: homerobazanlongi@gmail.com, Facebook: Homero Bazán Longi