Dos palomas al cenar
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Mi segundo pecado favorito es la gula.
Debemos aprender a comer bien, pues comer es el último pecado de la carne que podremos cometer, eso si Diosito nos ampara de los pedestres males de la gastritis, la dispepsia, la acidez estomacal y otros ajes del vientre o la barriga que ensombrecen la vida de los hombres.
Como a veces escribo de comida tengo fama de ser gran comilón. A donde voy me hacen probar los condumios de la tierra. Tengo ya conocido todo el vasto menú de la gastronomía mexicana. He comido desde chango hasta víbora de cascabel, pasando por iguanas, armadillos, hormigas y gusanos, huevos y huevas de esto y lo otro, y partes de animal que no son para ser dichas aquí, por si hay algún lector (o lectorcita, como antes se decía) con escrúpulos de estómago.
Miren si no lo que comí en Iguala. Hace algún tiempo fui a esa ciudad del estado de Guerrero, cuna del Plan que dio su libertad a México y cuna también de la bandera mexicana, y mis anfitriones me dijeron que me iban a llevar a degustar uno de los platillos típicos que Iguala tiene.
Pregunté qué platillo era ése. Antes no preguntaba lo que me iban a dar, y por omitir dicha precaución me sucedieron cosas que tampoco son para contarse. Mis anfitriones igualtecos me dijeron que íbamos a comer pichones.
Yo imaginé al punto un plato con suculentas avecillas al modo de aquellos pequeños pájaros cuyo nombre ahora se me escapa, que Brillat-Savarin comía poniéndose un pañuelo sobre el rostro para cubrirse así los ojos y que nada lo distrajera de gozar el mirífico sabor de aquel estupendísimo manjar. Me relamí, pues, por anticipado.
Me sirvieron la anunciada vianda. Y he aquí que los tales pichones resultaron ser palomas domésticas, de esas que abundan en la Plaza de Armas de nuestra ciudad. En Iguala esas palomas son llamadas "pichones", del mismo modo que en inglés se llaman "pigeons".
No era la primera vez que las comía yo. En mis días de estudiante tuve en Texcoco un buen amigo que trabajaba en un elegante club de tiro de la Ciudad de México. Los deportistas practicaban el tiro al pichón, y los pichones eran eso: palomas. Las mataban a tiro de escopeta. Mi amigo juntaba los cuerpecillos yertos de las palomas victimadas y los llevaba a su casa. Aquella casa era de pobres. La mamá de mi amigo, después de quitarles con cuidado a las palomas las postas del escopetazo, las guisaba en todos los modos y maneras en que un pájaro así puede guisarse, y ésa era la comida de la familia durante la semana. Bendito sea Dios: si no fuera por los ricos ¿qué comerían los pobres?
Agradecí en Iguala el convite de pichones, desde luego, pero ya aquí en confianza no recomiendo mucho ese platillo. Evoco a don Juanito de la Peña, llamado "El Toca" por sus alumnos de Química en el Ateneo. Decía en su clase aquel simpático maestro: "El plomo es un metal pesado, oscuro y venenoso. Y no es que esté yo hablando mal del plomo; lo que que pasa es que el plomo es así". Pues bien; la carne de la paloma casera es dura, prieta, correosa y sin sabor. Y no es que esté yo hablando mal de la paloma: lo que pasa es que la carne de la paloma así es.