La expresión del odio: cuando la libertad se utiliza para dañar

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Opinión
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Esta libertad posibilita que evaluemos el progreso, o retroceso, que hemos tenido respecto a ciertos temas en los cuales el rechazo o prejuicio a través de las palabras puede tener repercusiones

La libertad de expresión puede ejercerse en una multitud de contextos y de escalas. Se analiza, por ejemplo, al hablar de personas periodistas cuyo trabajo implica informar a la población en general sobre temas de relevancia actual, añadiendo constantemente críticas u opiniones a las noticias o crónicas que reportan. En estos casos, se aborda la libertad de expresión como algo que debe preservarse y para lo cual deben aplicarse medidas de protección a quienes, como parte de su labor, se encargan de difundir información y son susceptibles de sufrir violaciones a sus derechos humanos.

Sin embargo, es bien sabido que la libertad de expresión no solamente es relevante cuando forma parte de la actividad profesional que se desempeña –como en el caso de periodistas y personas que transmiten noticias u opiniones en diversos medios–, sino que es algo que nos permite a todas y a todos expresar nuestros puntos de vista en la plataforma que esté a nuestro alcance. Con el tiempo, estas plataformas se han multiplicado, al igual que las formas en que una persona puede dar a conocer lo que piensa sobre un tema o un evento específico que esté sucediendo en su entorno.

https://vanguardia.com.mx/opinion/las-capacidades-no-medibles-distintas-formas-de-aprender-EL21199863

En ese sentido, está por demás decir que el derecho a expresarse sin el riesgo de sufrir retaliaciones por ello se encuentra protegido por numerosos instrumentos, entre los que se encuentran la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y dicha libertad se reconoce también mediante efemérides como la que se celebró el 7 de junio en México, el Día de la Libertad de Expresión.

Todo esto da firmeza a la idea de que la libertad de expresión es algo que debe preservarse y hasta celebrarse, ya que es uno de los aspectos que nos permiten evolucionar como sociedad, al cuestionar las decisiones de políticos, entablar debates sobre diversos temas y crear discusiones que posibilitan llegar a conclusiones informadas y generar ideas innovadoras. ¿Por qué restringirla?

Como toda libertad, por supuesto, la expresión de opiniones y creencias puede tener sus riesgos, y no sólo para quienes la ejercen, sino también para quienes se incluyen en determinados discursos. A mayor o menor escala, el libre discurso tiene el poder de impactar e influir en lo que una persona o colectividad puede opinar sobre un tema específico. Sin embargo, las consecuencias de este fenómeno no siempre son favorables ni orientan a una perspectiva más informada.

Ocasionalmente, esto nos pone en una realidad incómoda en la cual un factor progresivo como la libertad de expresión se utiliza para efectos involutivos, lo que generalmente afecta a grupos que ya se encuentran en situaciones de vulnerabilidad. Tomemos como ejemplo algunas noticias que, recientemente, se han vuelto tendencia a escala local o nacional.

En semanas pasadas, el director de un colegio católico de esta ciudad fue acusado de haberse referido de manera misógina a alumnas por la vestimenta que utilizaron en actividades previas al Día de las Infancias. El hecho –que, es importante aclarar, no fue abordado de manera pública por la institución y sigue estando sostenido sólo por las acusaciones realizadas– fue difundido en diversos medios.

Las reacciones y comentarios de las personas lectoras de la noticia fueron abundantes y, por desgracia, coincidentes en reprobar no la conducta del director de la institución, sino a las alumnas. “Si no les gusta, cámbienlas de escuela”, “generación de cristal”, “conociendo a varias mamás, creo que dijo la verdad ese director”, “creo que es la palabra más educada” y “uno sólo dice lo que ve” representan la mayor parte de los comentarios que se leen bajo las publicaciones de este acontecimiento. Una opinión como ésta, libre y escrita en una cuenta personal, en teoría puede ignorarse fácilmente y no alcanzar a producir un daño –por lo menos significativo–, pero ¿qué pasa cuando se multiplica? ¿Se vuelve entonces la conclusión sobre el hecho más generalmente aceptada y, por lo tanto, la correcta?

Otro acontecimiento sumamente lamentable ocurrió recientemente, y consistió en el fallecimiento de Luisa Fernanda, una mujer de 27 años, en apariencia autoinfligido. Inconforme con la conclusión inicial de las investigaciones, la madre de Luisa se movilizó estando respaldada por familiares y colectivas feministas para que las autoridades investigaran a la pareja de su hija por su muerte, debido a antecedentes de violencia ejercida en contra de ella. En este caso, los comentarios condenando la supuesta falta de actuación por parte de la familia de Luisa para protegerla o concluyendo que el fallecimiento había sido causado por ella misma –sin conocer los pormenores del caso o de la investigación– no tardaron en acumularse.

Los ejemplos que se han citado no pretenden convencer a las personas lectoras de una postura específica –es decir, sobre si el director de la institución educativa efectivamente dirigió un insulto misógino a las alumnas o si el fallecimiento de Luisa realmente es atribuible a su pareja–, sino representar algo que es cada vez más evidente: la libertad de expresión es un medio que nos permite analizar cuál es el estado actual o pensamiento general de una sociedad.

https://vanguardia.com.mx/opinion/una-sociedad-que-se-mueve-es-una-sociedad-que-vive-EG21055032

Esta libertad posibilita que evaluemos el progreso, o retroceso, que hemos tenido respecto de ciertos temas en los cuales el rechazo o prejuicio a través de las palabras –aunque venga de personas desconocidas para nosotros e incluso anónimas en ciertos casos– puede tener repercusiones, no sólo en el sentir de grupos que ya están siendo víctimas de violaciones a sus derechos humanos, sino que también puede hacer que sus problemáticas sean ignoradas o invisibilizadas por las autoridades que podrían tener la facultad de investigar o sancionar dichas conductas.

Sin duda, es sumamente complicado que se establezca un control sobre todos los discursos de rechazo –o, en casos más radicales, de odio– que se difunden diariamente. Con base en ello, nos corresponde a quienes integramos una sociedad seleccionar los pensamientos con los que nos identificamos en mayor medida, y que deseamos replicar.

Por lo pronto, resulta grato imaginar que podemos alcanzar un punto en el que las ideas –así como la libertad de expresarlas– se utilicen sin tener la intención de dañar o segregar.

El autor es Auxiliar de investigación en el Centro de Estudios Constitucionales Comparados de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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