Escuela de tejedores

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 26 mayo 2012
true

Para salvaguardar una tradición saltillense, el año 2009 el Gobierno de Coahuila ayudó a echar anclas a la fabricación del sarape de Saltillo. Con el establecimiento de una escuela para tejedores, intenta evitar que esa tradición se pierda en el proceloso mar del mundo globalizado. Un mundo que con la bandera de la mecanización y la industrialización amenaza extinguir para siempre los objetos fabricados en forma manual, otrora sello distintivo de pueblos y razas.

El arte popular se convierte siempre en tradición y su práctica se transmite a través de las generaciones. En este sentido, una de nuestras tradiciones es la fabricación de una prenda con calidad de emblemática y que lleva en su nombre el de la ciudad: el sarape de Saltillo.

Seguramente, el oficio de tejedor fue traído aquí por los tlaxcaltecas que vinieron a establecer junto a la villa española el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala a fines del Siglo 16. El oficio requería los conocimientos necesarios para fabricar telas de diferentes texturas y grosores: manta, paño, sayal y bayeta, además de cobijas, tapetes y jorongos para abastecer las necesidades en la vestimenta y cobijo de la población y de los peones en las haciendas cercanas. Los hijos de Tlaxcala, expertos tejedores de algodón, hubieron de acostumbrarse al uso de la lana como principal materia prima de sus productos, pues el algodón que se cosechaba entonces en la región era escaso y de mala calidad. En cambio, las inmensas haciendas coahuilenses, propiedad del marquesado de Aguayo y de la familia Sánchez Navarro, se dedicaban primordialmente a la cría y comercialización de ganado menor, sobre todo ovejas, y éstas producían anualmente cientos de toneladas de lana.

La creatividad en el trabajo del cardado, hilado, teñido, encanillado y tejido de la lana, le dio al sarape las características únicas en su diseño y lo convirtió en el emblemático sarape de Saltillo, rayado a múltiples y matices y con la simbólica figura del diamante en el centro.

Los obrajes se establecieron en distintos puntos de la ciudad, y ya en el Siglo 20, con la profusión de turistas, se concentraron en la calle Victoria como tiendas de artesanías. Allí estaba la fábrica El Charro. Sus primeros dueños fueron Fermín Alvarado y José Mulsera, quienes la vendieron en 1920 a doña Dolores González de Oyarzábal. Ella la heredó a la familia Mendoza Oyarzábal, que aún la sigue trabajando con el nombre de El Sarape de Saltillo, en la calle Hidalgo sur. En Victoria y Purcell estaba El Guerrillero, propiedad de doña Adela González de Ramos, y parece ser su anterior dueño, o por lo menos trabajó ahí, el señor Guadalupe Badillo. El Saltillero, en la esquina de Victoria y Acuña fue de don Jesús Santos Barrera, y sus hijos la cerraron en 1998.

El caso de la fábrica La Favorita es único. Era un taller muy grande establecido en la calle Bolívar, en el que se tejían cobijas además de los típicos sarapes, y pertenecía a la familia García Ayala. A partir de la fundación del Museo del Sarape, el Gobierno del Estado compró el taller de La Favorita, cerrado con antelación, para convertirlo en escuela a fin de preservar la tradición del sarape de Saltillo. La escuela abrirá en julio con expertos maestros que impartirán los talleres del telar, de enmadejado y encanillado del sarape, del teñido y otros en los diversos procesos de la fabricación. Ofrece la carrera técnica de Maestro Obrajero con duración de dos años, avalada por la Secretaría de Educación, y aceptará alumnos a partir de los 11 años de edad. Lo que antes era un oficio, ahora será una carrera técnica y una magnífica oportunidad, tanto para los estudiantes como para el sarape de Saltillo.

edsota@yahoo.com.mx

Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM