El respeto nace del mérito
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Entre otros valores, los niños y jóvenes que juegan ajedrez aprenden a respetarse a sí mismos y a respetar a los demás. Ello se basa en la autoestima y en la aceptación explícita de la respetabilidad del adversario. En el juego ciencia, esta deferencia nace del mérito y de la búsqueda de lo mejor: la mejor jugada, la mejor combinación, la mejor estrategia, y del afán común supremo: la victoria.
Una tradición establece que los contendientes se deben dar la mano y desearse suerte al comenzar la partida. También es costumbre que al finalizar la contienda el vencido detenga la marcha del reloj y felicite, mediante otro apretón de manos, al vencedor. Puesto que el ajedrez es un juego de caballeros y las causas de una derrota, empate o victoria son fácilmente detectables, la admisión del resultado no es más que la aceptación de la verdad y, por tanto, algo normal.
El concepto de respeto conlleva el reconocimiento de la propia dignidad, la del oponente y la de los demás. Es sinónimo de acatamiento, deferencia y cortesía. Viene del latín, respectus, consideración. El pensador griego Demócrito lo definió como "el principio de la ética y de la moral". Protágoras, en uno de los diálogos de Platón, cuenta que el dios Zeus, temeroso de que la especie humana se extinguiera, ordenó a Hermes, mensajero de los dioses, llevarles el respeto recíproco y la justicia, para que fueran los principios ordenadores de las comunidades y se establecieran vínculos de convivencia entre los ciudadanos. Ambos, respeto y justicia, son componentes de la política, manifestación suprema de todas las ciencias.
En ajedrez, el respeto a sí mismo, al oponente y a los demás es expresión de civilidad, no por imposición, sino por convicción. El matemático griego Pitágoras dijo: "Una de tus primeras obligaciones es respetarte a ti mismo". Y el filósofo alemán Emmanuel Kant agregó: "las cualidades sublimes infunden respeto; las bellas, amor".