Diario de un nihilista
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AMLO (y 2). López Obrador es un personaje desapacible. Presume de honesto, pero su honestidad asusta porque es la de un ermitaño, la de un anacoreta, esos seres contrarios a la política porque son solitarios, misántropos e intolerantes. El gerente de una agencia de automóviles, de un banco, de un supermercado viven mejor que él, no en un departamento de Copilco. Quien se limita económicamente de esta manera tiene otras perversiones, manías más peligrosas, vicios más preocupantes. Los ascetas no tiene lugar en la política, el campo de las imperfecciones humanas, más que como profetas o iluminados, seres contrarios a la política, entendida ésta como el arte de la tolerancia, de la negociación, de la buena vida.
Por lo demás, y él lo sabe, AMLO sólo llama la atención y se convierte en un político importante cuando amenaza, cuando miente, cuando chantajea. Otros candidatos presidenciales han pasado tranquilamente al anonimato: a este respecto, es notable la sonrisa de Francisco Labastida, quien muestra una década después el rostro de un hombre feliz, después de haber perdido la presidencia en el año 2000. Nada le ha reprochado a su partido, en el que sigue militando en puestos de alto nivel, ni al PAN ni al PRD, ni mucho menos a la sociedad mexicana. Lo mismo puede decirse de Roberto Madrazo y de Diego Fernández de Cevallos, personajes de suyo irascibles y autoritarios, pero que comprendieron a tiempo su lugar en la historia. Inclusive Cuauhtémoc Cárdenas, quien según sus partidarios ganó la elección mayor de 1988 y siguió compitiendo por la presidencia otros dos sexenios, nunca adoptó un papel mesiánico ni amenazó con destruir la República.
Además de introvertido y de intolerante, López Obrador es anacrónico: su ideología data de la época de Porfirio Díaz, personaje al que se parece más conforme pasan los años. Cuando habla de `regenerar' a la nación, está diciéndonos que la nación está degenerada, corrompida, enferma. Tal era el sentido del término entre los primeros anarquistas mexicanos. Su publicación El Hijo del Ahuizote es otra referencia anecdótica a los inicios del siglo XX, así como su ingenuo gusto por las películas de Luis Mandoki, que él considera formidables vehículos de propaganda, sobre todo si se las distribuye por los canales de la piratería.
Es un hombre que sabe manejar la mentira, bajo las formas del complot y la teoría conspiratoria. Es cierto que todos los políticos mienten, en mayor o menor grado, y que los ciudadanos hacemos lo mismo en la vida cotidiana. Sin embargo, AMLO preocupa porque cree en sus mentiras, miente con sinceridad y hace caer en el garlito a los fanáticos que lo siguen. La demencia política es contagiosa como el miedo, como la risa, como el hipo entre multitudes congregadas. Nombra con mucha frecuencia a Carlos Salinas de Gortari, personaje que ha ido difuminándose en el imaginario popular. Nunca menciona, en cambio, a alguien que más que su gurú -pues él es su propio gurú- es su patrón, su gerente, su general: Manuel Camacho Solís, no menos ominoso, velado ni enigmático que el barón de Agualeguas.
Así, los por él denominados poderes fácticos de la nación se preocupan por él, y con razón. Los empresarios, a quienes amenazó en 2006, los eclesiásticos, los periodistas, los comentaristas de televisión, los mismos espectadores de la caja milagrosa, los otros políticos acusan recibo de su anómala personalidad. Sólo sus seguidores, continuamente fanatizados y sus simpatizantes, cuyo número disminuyó mucho en el lustro pasado, lo consideran viable todavía como presidente de la República.