¿Y si los animales tuvieran razón?
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Resulta paradójico que una sociedad capaz de indignarse ante cualquier forma de discriminación permanezca prácticamente indiferente frente al sufrimiento sistemático de miles de millones de animales
La historia de la humanidad puede leerse como la historia de nuestras exclusiones. Cada época ha encontrado razones, aparentemente irrefutables, para justificar la dominación de unos sobre otros. Primero fueron los esclavos; después, las mujeres; más tarde, los pueblos colonizados. Siempre hubo argumentos religiosos, científicos o filosóficos que legitimaban la desigualdad. Lo inquietante es que esas razones no desaparecieron porque fueran derrotadas por la fuerza, sino porque terminaron siendo moralmente insostenibles. Hoy enfrentamos una pregunta semejante: ¿hemos construido otra forma de exclusión que todavía nos negamos a reconocer?
La discusión sobre los animales no es un asunto secundario ni una moda promovida por grupos ambientalistas. Es una de las pruebas más incómodas para una civilización que presume haber colocado la dignidad humana y los derechos en el centro de su proyecto político. Resulta paradójico que una sociedad capaz de indignarse ante cualquier forma de discriminación permanezca prácticamente indiferente frente al sufrimiento sistemático de miles de millones de animales. Esa contradicción merece ser señalada.
En “Los Animales”, Lori Gruen (Singer, 1995:469) sostiene que el debate contemporáneo ya no gira en torno a si éstos poseen una inteligencia comparable a la humana, sino alrededor de un hecho mucho más elemental: son seres capaces de sufrir. Esta constatación desmonta buena parte de las justificaciones tradicionales con las que Occidente ha legitimado su dominio sobre las demás especies.
Peter Singer es considerado uno de los filósofos contemporáneos más influyentes en el desarrollo de la ética sobre los seres sintientes y, probablemente, el autor que mayor impacto ha tenido en la consolidación del movimiento moderno de liberación animal desde la publicación de “Liberación Animal”, en 1975, donde llevó esta discusión hasta sus últimas consecuencias. Inspirado en Jeremy Bentham, recuperó una cuestión que continúa desafiando nuestras certezas morales: “La pregunta no es: ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?” (1789/2000, cap. XVII, nota 122). La fuerza de esta afirmación consiste en desplazar el debate desde las capacidades intelectuales hacia la experiencia del dolor. Si el sufrimiento constituye un mal en sí mismo, entonces resulta moralmente irrelevante que quien lo experimente pertenezca o no a la especie humana.
De esta reflexión surge uno de los conceptos más provocadores de Singer: el especismo, al que define como un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de la propia especie y en contra de los intereses de los miembros de otras especies (1999: 42). Nos gusta pensar que hemos superado el racismo y el sexismo porque comprendimos que el color de la piel o el sexo no justifican un trato desigual. Sin embargo, seguimos aceptando con absoluta normalidad que la sola pertenencia a la especie humana basta para ignorar los intereses de millones de seres sintientes. Cambiamos el criterio de exclusión, pero conservamos intacta la lógica de la dominación.
La respuesta habitual consiste en afirmar que los seres humanos somos racionales, autónomos o moralmente responsables. Pero ese argumento comienza a resquebrajarse cuando recordamos que también protegemos moralmente a quienes no poseen plenamente esas capacidades: recién nacidos, personas con discapacidades cognitivas severas o individuos en estado vegetativo. Si ellos continúan siendo sujetos de consideración moral, entonces la racionalidad nunca fue el verdadero fundamento de nuestra obligación ética. Como advierte Gruen, el problema no radica en la inteligencia, sino en la capacidad de experimentar una vida que puede ser dañada.
El problema, entonces, no es exclusivamente filosófico; es profundamente político, económico y cultural. Hemos construido una economía que convierte la vida animal en mercancía y, al mismo tiempo, hemos perfeccionado mecanismos para no mirar las consecuencias de ese modelo.
Tom Regan llega a una conclusión semejante por un camino distinto. Para él, muchos animales poseen un valor inherente porque son “sujetos de una vida” (1983: 235). No existen para nuestros fines; poseen una existencia propia que merece respeto. Aunque Singer y Regan discrepan sobre los fundamentos filosóficos, ambos coinciden en un punto que debería inquietarnos: la relación contemporánea entre la humanidad y los animales difícilmente resiste un examen ético serio.
Quizá el aspecto más provocador del ensayo de Gruen sea reconocer que el problema no radica en la falta de información. Una sociedad puede ser extraordinariamente avanzada desde el punto de vista tecnológico y, al mismo tiempo, profundamente atrasada en su sensibilidad ética.
Conviene hacer una precisión. Defender el bienestar animal no implica negar las necesidades humanas ni desconocer la complejidad de ciertos dilemas científicos, médicos o alimentarios. Significa, simplemente, abandonar la idea de que cualquier interés humano vale automáticamente más que el sufrimiento de otro ser vivo. Tal vez el mayor problema no sea la explotación animal, sino la facilidad con la que aprendimos a justificarla.
Quizá dentro de algunos años nuestros descendientes juzguen la forma en que hoy tratamos a los animales con el mismo desconcierto con el que nosotros observamos otras injusticias que durante siglos parecieron normales. Porque cuando una sociedad normaliza el sufrimiento de los más vulnerables por comodidad, tradición o rentabilidad, no sólo revela algo sobre esos seres; revela, sobre todo, el tipo de humanidad que ha decidido construir. Tal vez la discusión nunca fue acerca de los animales, sino sobre nosotros mismos. De nuestra capacidad para ampliar el círculo de la justicia y actuar con coherencia frente al sufrimiento.
En 2023, Coahuila reformó su ley de protección animal y dio un paso significativo al reconocer a los animales como “seres sintientes”. Más que un cambio de nombre, es el reconocimiento legal de que pueden sentir dolor y bienestar, y que esa condición nos obliga a tratarlos con dignidad. Quizá ha llegado el momento de formularnos la pregunta más incómoda de todas: ¿Y si los animales tuvieran razón? Así las cosas.