La suerte está echada

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Opinión
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La difícil y débil democracia que tenemos no es como para presumirla pero tampoco es para denegarla. Es, exactamente la que existe, la que nos hemos dado. Sea que se trate de un acomodamiento cultural en el que extrajimos lo que se pudo después de un largo periodo colonial, sea de la incapacidad para aceptarnos como somos par desde ahí progresar, lo cierto es que por largos lapsos perdimos oportunidades. La política podría ser la práctica de establecer acuerdos para que la mayoría tenga una existencia razonable y, de ser posible, feliz. Pero la política es despreciada por una buena parte de los mexicanos o, quizá sean más bien los políticos los repudiados. Éstos, a lo largo de las décadas no han logrado sino hacerse insensibles a todas las formas de nitidez y han optado por la desfachatez. Leemos que en otros momentos y lugares lo que se consideraba la mayor riqueza para un ser humano era el prestigio, la honra. Todavía quedan vestigios de ese valor en Oaxaca, Chiapas y, quizá, en pequeñas regiones de Michoacán. Un hombre puede acabar con todos sus bienes acumulados y gastarlos en una gran fiesta si lo nombran mayordomo. Claro que en un mundo en que el dinero es el galardón del que los demás se derivan, aquello se ve como derroche estúpido. Pero para el mayordomo haber adquirido prestigio es su más alta valoración. El desprestigio, en algunos políticos, cuenta como capital, al menos frente a otros que se les parecen. Una frase que nada más he escuchado en Saltillo es: "el que pierde la vergüenza no sabe lo que gana".

Sin embargo, fuera del juego político, debajo de éste o a un lado, uno encuentra enormes cualidades. Es asombroso lo que mucha gente de clase media y baja puede hacer por los demás en caso de que sienta que lo necesitan. No solamente se afanan por "los demás" o por "el prójimo", también tienen la capacidad y el goce de hacerlo por valores específicos, como la defensa de la naturaleza. El teólogo norteamericano Harvey Cox sostiene que hoy los cristianos que han dejado atrás el fundamentalismo son más cristianos que sus congéneres que tienen creencias pero carecen de fe: "El futuro de la fe". Pero los estudiantes, muchos de ellos adolescentes, tienen destellos de generosidad que lo hacen a uno recuperar la confianza en el futuro de México. En no pocos casos, los educandos abren una rendija a un mundo nuevo. Ahora, la andanada que se ha lanzado contra el movimiento #132 es tan soez que degrada a sus críticos; acuden a la mente Ciro Gómez Leyva, Adela Micha y Carlos Marín.

El título que di a la columna pertenece a Julio César y es una frase de ruptura con el Senado y con lo que significaba en ese momento la burocracia romana. En su lengua dijo "alea jacta est": la suerte se echó". En buen español y en traducción de sentido significaría: "no hay vuelta atrás". Y sí, creo que gane el que gane, México ya no será el mismo. Los que se apoderen del país por cómputo de votos enfrentarán a contingentes de inconformes, de indignados a los que no van a contentar con una despensa. Éstos quizá prefieran hacer lo que el mayordomo: escoger el honor y el prestigio en vez de aceptar descalificarse.

Si la suerte está echada lo está para ellos tanto como para nosotros porque da la casualidad de que estamos en el mismo barco y ahí no hay manera de decir "aquí me bajo". Puede uno exclamar, en cambio, "aquí me rajo". Y no está de más recordar que Octavio Paz reflexionó sobre rajados y rajones dentro de su fenomenología del mexicano proponiendo ese concepto como parte de la explicación de esa tristeza o, más bien, terrible soledad del mexicano. Pero en los 60 años transcurridos desde que apareció ese libro fundamental han cambiado las cosas, no lo que quisiéramos, pero han cambiado. Los cambios que hemos visto en estos meses son históricos y a lo mejor ni los valoramos en todo su significado. Sin embargo, se notan. Pase lo que pase no debemos rajarnos frente a los políticos y debemos renovar fuerzas para ponerlos en su lugar: a algunos poquísimos en un pedestal, a otros en el excusado y a no pocos en la cárcel.




Columna: De habla y tiempo

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