A la víbora, víbora de la mar...
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`Para empezar a cantar pido permiso primero'
Algunos caudillos revolucionarios tenían un instinto que los hizo ser excelentes jefes militares. Se narra aquí una acción de Benjamín Argumedo, hazaña que merece estar inscrita en un manual de táctica.
Por tierras del norte andaba "El Tigre de la Laguna'', don Benjamín Argumedo. Militaba todavía en las filas de la rebelión. Después las circunstancias -y su carácter tornadizo- lo llevarían al huertismo.
El Gobierno mandó al afamado general Rubio Navarrete a combatir a Argumedo. El federal llevaba 3 mil soldados de línea, carros blindados, ametralladoras, y hasta un cañón de largo alcance.
Argumedo, por su parte, no contaba más que con 500 hombres mal armados. Cuando tuvo noticia de que llegaba Rubio Navarrete se dirigió con sus hombres a la hacienda El Hormiguero, dio instrucciones a sus jefes y luego él se acostó a dormir por ahí cerca.
A media noche llegaron los 500 soldados de Argumedo a la hacienda. El que los mandaba, Pedro V. Rodríguez Triana, llamó con grandes aldabonazos a la puerta de la casa. El administrador abrió asustado y medio dormido, y vio a la tropa.
-Dispense, amigo -le preguntó con buenas palabras Rodríguez Triana-. ¿No ha pasado por aquí la tropa de mi general Argumedo?
-No, señor. Lo que sabemos es que no tardan en llegar las fuerzas de Rubio Navarrete.
-Gracias, y perdone la molestia.
Se retiraron los 500 soldados. Dieron la vuelta a un cerro vecino y regresaron a la hacienda, ahora bajo el mando de otro jefe. Llamó éste otra vez a la puerta de la casa.
-Oiga -preguntó de nuevo al administrador-. ¿No han pasado por aquí los hombres de mi general Argumedo?
-Unos 500 acaban de pasar -respondió el hombre-. Se fueron por el rumbo del cerro de Guadalupe.
Hacia allá fueron los "colorados''. Dieron otra vuelta y volvieron a la hacienda. Otro preguntó lo mismo. Y 10 vueltas más dieron en la misma forma, presentándose siempre en la penumbra del amanecer como un nuevo contingente de Argumedo. Ya claro el día llegó el general y dijo al administrador:
-Soy Benjamín Argumedo, amigo. ¿Sabe si mi ejército pasó por aquí?
-Sí, mi general -contestó el administrador-. Son unos 10 mil hombres. Deben andar por el cerro de Guadalupe.
-Muchas gracias.
El ardid dio resultado. Poco después llegaba a la hacienda Rubio Navarrete con sus 3 mil soldados. Se informó con el administrador si andaba por ahí Benjamín Argumedo.
-Está atrás de aquel cerro, mi general -le dijo el hombre-. Trae unos 10 mil hombres.
Rubio Navarrete, impresionado por considerable fuerza del revolucionario, que el administrador de la hacienda había visto con sus propios ojos, dio la vuelta y regresó a Saltillo.
Valeroso y muy hábil combatiente era Argumedo. Si cayó en manos de sus enemigos fue porque éstos lo cogieron enfermo, y además herido. Fusilado por la Revolución, pidió que lo mataran "en público de la gente'', y dio esta razón para fundar su solicitud:
-Yo también fui hombre valiente.