Hipermodernidad y desengaño
COMPARTIR
"Un soneto me manda hacer Violante.", dice Lope de Vega en uno de sus célebres sonetos, desafiando el canon pero ajustándose a él con una facilidad sólo asequible a los verdaderos poetas. El tema del poema es él mismo: ese soneto que escribe Lope para Violante, quien hipotéticamente encargó su redacción. Emularé al Fénix de los Ingenios en este ejercicio. Si me vale el esfuerzo, bien; si no, diré adiós al espacio.
Antes de la interrupción estaba con el desengaño y con Lezama Lima. De Lezama, el inabarcable, hablaré luego. Importa ahora seguir con el desengaño, pues el propósito era recoger algunos ejemplos de la tradición barroca para llevarlos -mejor dicho, traerlos- hasta nosotros, por si no tuviesen en sí mismos una sobrada actualidad.
El tópico del desengaño no es nuevo. Diría que ni siquiera lo inventaron los barrocos. Está en todas partes y en todas las épocas. Basta leer a Safo y a Nezahualcóyotl, por ejemplo, para suscribirlo. Basta ver en torno nuestro para confirmarlo. Y eso es, justamente, lo que hace el filósofo francés Gilles Lipvetsky, quien desde la década de los 80 se ha dedicado a pensar la actualidad más acá de la "posmodernidad". El vacío, el desencanto y el desengaño, dice, caracterizan a la que él llama "hipermodernidad".
No es el único que, en virtud de la globalización, la sofisticada capacidad informática, el consumo, el individualismo y el marketing actuales, detecta estos abismos. Baudrillard, Giddens, Morin y otros pensadores más jóvenes se han ocupado de diseccionar el cadáver espectacular de los "tiempos hipermodernos". Lo que singulariza a Lipovetsky es su relativo y balsámico optimismo en el futuro. Y en el presente de la humanidad.
"Henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño", dice el francés en "La sociedad de la decepción" (2008). Su mirada abarca el gran plano de la sociedad en general, pero también el ámbito de lo privado: individuo y comunidad se ven igualmente trastornados por los rasgos ya irreversibles de una hipermodernidad dominada por el mercado, el neoliberalismo y la "tecnociencia". No vale la nostalgia: hay que vivir en este aquí-y-ahora, alimentado más por los avances tecnocientíficos que por las corrientes filosóficas, como antes.
"Dado que se prolongan las esperas democráticas de justicia y libertad, en nuestra época prosperan el desasosiego y el desengaño, la decepción y la angustia.", dice Lipovetsky. Por mucho que relativicemos estas palabras tomando en cuenta la diversidad de las culturas en nuestro planeta, dudo que dudemos de ellas. Por razones sentimentales o económicas, políticas o ideológicas, el desasosiego y el desengaño parecen habernos atenazado sin ninguna clemencia.
La Antigüedad, el Miedioevo y el Barroco no ocurrieron para desembocar en la hipermodernidad. Tampoco, como pensaron Hegel y los ilustrados, la Historia viaja en línea recta hacia "el progreso". La nuestra, afirma Lipovetsky, es una etapa de transición. Es verdad, ¿pero cuál no lo es?, ¿cuál no lo ha sido? Por otro lado, ¿qué diablos es "el progreso"? "Nosotros formamos parte de ese sueño dieciochesco", podría decir el filósofo.
¿"El sueño de la razón."?
Mientras tanto, Lope de Vega, más actual que nunca, escribe: "¡Oh siempre aborrecido desengaño, / amado al procurarte, odioso al verte, / que en lugar de sanar abres la herida! // Pluguiera a Dios duraras, dulce engaño, / que si ha de dar un desengaño muerte, / mejor es un engaño que da vida." Vale.