Aquí se habla de cornudos

Opinión
/ 14 febrero 2014

Aquel día, en la cámara del rey Carlos III de España, la conversación vino a caer en el tema de las infidelidades conyugales. El príncipe heredero metió baza en la conversación y declaró con orgulloso desdén:

-Eso del adulterio no nos toca a quienes llevamos sangre real. Nuestras esposas no podrían encontrar a nadie superior a nosotros con quién engañarnos.

El monarca miró al príncipe con ojos entre de compasión y despectivos. Luego, dándole la espalda, le dijo:

-¡Qué tonto eres, hijo mío!

Aquel tonto hijo de su padre llegaría a ser Carlos IV. De él hizo una estatua en México el gran escultor valenciano Manuel Tolsá. En ella presentó al rey con vestidura y traza de emperador romano, jinete en un poderoso bridón. Es una hermosa estatua ésa, hecha por orden del virrey don Melchor de la Grúa y Talamanca, marqués de Branciforte, quien ordenó ponerla en la Plaza Mayor de la ciudad, llamada ahora el Zócalo, un 9 de diciembre de 1803.

Cuando se inauguró la estatua (la gente le dice El Caballito, seguramente porque monta más el caballo que quien lo monta) asistió a la ceremonia la famosísima Güera Rodríguez, mujer godible que dijo don Artemio de Valle Arizpe, o sea alegre y placentera; no jodible, como muy mal pronunció el presidente Alemán, a quien los adulones adularon haciéndolo académico de la Lengua. Vio la estatua la Güera y comentó que en general estaba bien, pero que tenía un defecto grave. Se sorprendieron todos al oir aquello. ¿Cómo osaba ella enmendarle la plana al gran artista? Le pidieron que señalara aquel defecto, y ella respondió que cierta parte del cuerpo de los animales machos, parte que se forma de dos, tiene una mitad ligeramente más colgante que la otra. El escultor, sin embargo, le había puesto al caballo las dos mitades parejas. Sorprendidos por la penetrante observación de la Güera los circunstantes le dieron la razón. E hicieron bien: ella tenía mucha experiencia en esos menesteres, y bien sabía de lo que hablaba, pues muchas veces habían tenido en sus manos el asunto.

Lo que no dijo la Güera es que otra cosa dejó de poner en su estatua don Manuel Tolsá. Debió coronar la testa de Carlos IV no con el simbólico laurel con que le ornó las sienes, sino con una monumental cornamenta, unas astas de tamaño heroico más grandes que las que portan los búfalos, los alces, los borregos cimarrones, los toros de Texas o, en el género humano, los vikingos. Porque el rey Carlos IV era un grandísimo cornudo, uno de los más descomunales que vieron los pasados siglos y esperan ver los venideros. Su mujer, la feísima reina María Luisa, lo engañaba concienzudamente con don Manuel Godoy, que de guardia de corps, simple soldado, se encumbró gracias al favor de la reina hasta llegar a Príncipe de la Paz y ministro todopoderoso en cuyas manos estuvo durante mucho tiempo el destino de España y sus colonias. No es el único que ha pasado del poder en la cama al poder tras el trono. El pobretón de Carlos IV oía repicar y no sabía por dónde. Le contaba muy divertido a su mujer:

-¡Lo que es la gente! Se dice por ahí que a Manolito lo mantiene una vieja ricachona, y que por eso anda tan bien vestido siempre.

No sabía él lo que sabía todo el mundo. Suele decirse que de estas cosas el marido es el último que se entera. Carlos Cuarto no supo nunca lo que en el suyo sucedía, o fingió no saberlo.


Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM