Drama Latinoamericano
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Entre algunos de los autores que leí durante los anteriores días de Navidad están muchos dramaturgos latinoamericanos contemporáneos. El motivo de la lectura no importa tanto aquí; lo que realmente interesa -creo- es lo que hay detrás de la obra de tales autores.
América Latina es un territorio extraño: nosotros, los latinoamericanos, parecemos habitantes de islas lejanas unas de otras, a pesar de que hablamos un mismo idioma y compartimos rasgos similares de identidad y de historia. Salvo Brasil, toda Latinoamérica es hispanohablante y al castellano se suman los diversas lenguas vernáculas que siguen vivas, o sobreviviendo, hasta este momento en buena parte de nuestra América.
Una de las características del teatro latinoamericano -en la dramaturgia y en el fenómeno escénico- es su compromiso político. Muchos dramaturgos nacidos en los albores del siglo XX, y un poco después, se vieron ante la necesidad de mostrar a su pueblo la realidad social en la que se vivía. ¿Cuál era esa realidad? La de la explotación, la de la pobreza de la mayoría, la del imperialismo estadounidense, la de la corrupción de los gobernantes, la del ejercicio de un poder vertical y arbitrario Me pregunto inútilmente si las cosas han cambiado.
Al costumbrismo que quiso retratar la forma de vida de los pueblos latinoamericanos siguió otra influencia, la de las vanguardias europeas y la de un autor que va a ser determinante en nuestro teatro: el alemán Bertolt Brecht. Su teoría del distanciamiento y su teatro épico, saturado de ideología marxista, se convertirán en un modelo para muchos artistas que deseaban denunciar nuestras lacras sociales. Sólo hay que leer a Abelardo Estorino, Salazar Bondy, Emilio Carballido, Enrique Buenaventura y Egon Wolf, entre otros.
Influjos importantes son los del Surrealismo y, más tarde, el del Teatro del Absurdo, que en realidad ya conocíamos gracias a Federico García Lorca, quien en los años 30 había escrito Así que pasen cinco años y El Público, para no hablar del esperpento valleinclanesco y algunas obras de Miguel Mihura. Beckett y Ionesco se convertirán en descubridores de una nueva manera de expresar las mismas lacras. Muchos dramaturgos latinoamericanos se sentirán muy atraídos por este nuevo alfabeto dramático.
Otra influencia es la de siempre: Grecia y su mitología y la tragedia que nace de ella. El cubano Virgilio Piñera escribe Electra Garrigó, una variación del mito, que en la Isla marcará la entrada del teatro contemporáneo. Algo similar sucede con Los huéspedes reales, de nuestra Luisa Josefina Hernández, en México.
Así, entre corrientes e influjos, el teatro contemporáneo ha recorrido en América Latina muchos caminos: desde el realismo, que muchos consideran la Única Ruta, hasta el performance y el teatro colectivo, que tuvo su gran época en los 70 y los 80 del siglo XX. El colapso del realismo fue resultado del llamado realismo socialista (?); el exceso de los afanes colectivos llegó a renegar del texto dramático, que a pesar de todo, sigue vivo hasta ahora.
Los dramaturgos y los teatristas jóvenes de América Latina siguen empeñados en el supuesto de que el Teatro es una forma del arte vigorosa y eficaz para la transmisión de ideas y emociones. Los recursos se han enriquecido gracias a los multimedia, al influjo del cine y a la interdisciplinariedad, y en este momento conviven muchos estilos y propuestas, desde las muy convencionales hasta las más innovadoras y rupturales âsi es que algo puede romperse hoy, como no sean la inercia y la infamia política.
Pero lo importante de todo esto es nuestra necesidad de seguir en la búsqueda de una identidad, de eso no cabe duda. Sin embargo, ¿en qué consiste esa identidad latinoamericana? Y: ¿hay una identidad específicamente mexicana?