El desastre
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La desconecté y el desconsuelo anidó en mi alma. Desde entonces, me preparo un café instantáneo sin vida, sin cuerpo, sin espíritu
José, ¿ya probaste el café que me diste? ¡Está tan frío como nalgas de muerto! Pruébalo! así, voz en cuello por la mañana, mi madre, María Virginia Martínez-Juárez, reclamaba a mi padre, José Cedillo Rivera, el gélido café el cual no, no satisfacía los requerimientos y estándar de calidad en el brebaje solicitado por mi madre. Mi padre atendía a mi madre. Mi madre atendía a mi papá. Así murieron. En medio de estas amorosas discusiones las cuales terminaban entre risotadas cómplices.
Al siguiente día, la venganza. Mi padre reclamaba a mi madre, Virgen, prueba tu café, es como si fuera agua pintada. ¿A quién se le ocurre traerme esto? ¿Y la aspirina que te pedí mujer?. Mis padres vivían por la mañana de tres cosas: café amargo, aspirinas y de estas pequeñas tormentas familiares. Tal vez por esto y no otra cosa, mi formación es la misma: vivo por la mañana de café áspero, negro, el cual duele en el gaznate; y por la tarde, vivo de coca colas. Este es mi ritmo de vida. Con mis toxinas me siento muy a gusto. No lo voy a cambiar aunque sea poco saludable.
En esto me parezco a Stieg Larsson, el autor sueco de la trilogía Millenium, el cual se derrumbó un día en el edificio de su editor, cayendo muerto por un ataque al corazón; sí, justo cuando terminó la tercera entrega de su saga novelística, La reina en el palacio de las corrientes de aire. Larsson, por aquellos días, fumaban sin parar y se alimentaba de café y sándwiches de la tienda de conveniencia más cercana. Sólo en esto me parezco al autor sueco, favorito de Víctor S. Peña. Sobra decirlo, mis pálidas letras están lejos, muy lejos de la narrativa de Larsson.
En plena Semana Santa, escurrió una taza de mi cafetera eterna, la cual me acompaña desde que regresé a Saltillo (enero de 2000). No tiene marca. Es una cafetera similar, imagino. Escurrió una taza. Olió a café y fue todo. Puse más agua. Nada. La sacudí. Nada. Sólo humeaba. La apagué. La volví a encender. Nada. El desastre. Perdonadme lectores, pero ustedes lo saben, soy un hombre torpe e inútil para las cuestiones prácticas del hogar. No puedo cambiar una bombilla eléctrica, no puedo ponerle un tornillo al grifo de la llave, no puedo hacer una reparación menor; soy un pinche inútil. Menos iba a despanzurrar mi querida cafetera y tratar de averiguar cuál era su desperfecto. La desconecté y el desconsuelo anidó en mi alma. Desde entonces, me preparo un café instantáneo sin vida, sin cuerpo, sin espíritu.
Esquina-bajan
El científico que ya una vez la había reparado, me dio el desahucio muy rápido. Era un desperdicio. Era más costoso arreglarla, que el adquirir una nueva. Regresé a mi residencia con mi fiel cafetera bajo el brazo. No es cualquier cafetera señor lector, no; era mi compañera, fue mi tanque de abastecimiento por 14 años. No poca cosa. ¿Por qué uno se encariña con este tipo de objetos en apariencia sin vida propia? No lo sé. Es como un perro o gato querido para usted lector.
Recuerdo unos versos de Goethe los cuales definen lo anterior: Quien nunca comió su pan con dolor,/ ni lloró, esperando la mañana tardía,/ las horas de la noche,/ ése no os conoce, potencias celestiales. Esta cafetera me acompañó en las mañanas frías y en las noches de tormenta. No puedo largarla así como así. Estimados lectores y amigos les pregunto, ¿tienen una cafetera usada en buen estado, tienen una cafetera nueva la cual no usen y quieran vendérmela? Pago de contado y sin pedir rebaja.
Ustedes preguntarán, ¿por qué este pinche idiota de Cedillo si tiene la lana no va a la tienda de la esquina y compra una cafetera a su gusto? Nunca lo voy hacer. Es como suplantar un perro o gato querido, por otro, en un supermercado cualquiera. Perdonadme lectores, pero sí, estoy muy idiota para esto. Don Blas Flores y gentil Malena, ¿tienen una cafetera que me vendan? Igual recado para el abogado José Moreno Reyna y su esposa, doña Roxana Arreola. Pago de contado señores.
Letras minúsculas
Agradezco de corazón, palabra y pensamiento lector, si usted me vende su cafetera. Fin.