Celestial Celestina

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Opinión
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Finge alegría y consuelo, y serlo ha. Esto dice Sempronio a su amo, el joven Calixto, al ver el dolor que el amor por la bella Melibea ha causado en él. Sempronio, uno de los personajes de La Celestina, habla como todo un filósofo, como de hecho, lo hacen casi todos los personajes de esta Tragicomedia de Calixto y Melibea.

La frase del sabio –y zafio- sirviente del enamorado es muy similar a lo que Sor Juana nos dice en los brillantes versos que leemos en la primera estrofa de su romance Finjamos que soy feliz [triste pensamiento, un rato]: que pues sólo en la aprehensión / dicen que estriban los daños, / si os imagináis dichoso / no seréis tan desdichado. (Mío es el subrayado).

Es decir: fíngete, imagínate alegre y dichoso, y así será, o al menos lograrás que el dolor se torne menos agudo, lo que redundará en tu beneficio, pues así sentirás, o creerás sentir, menos desasosiego en tu ánimo. ¿Es esto cierto? ¿Qué dirá la psicología al respecto? Me refiero, claro, a la verdadera, no a los mercachifles de la psicología motivacional y esas quimeras del mercado.

La Celestina es una obra de teatro –o una novela dialogada, según se vea- plena de seria sabiduría y de sapiencia socarrona y ladina. El texto inicia con un Prólogo tachonado de citas cultísimas. La primera es nada menos que de un hondo presocrático: Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dice aquel gran sabio Heráclito en este modo: Omnia secundum litem fiunt. Sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria, escribe ¿Fernando de Rojas?

Luego vienen Plinio, Aristóteles, Lucano y otros. Y una vez dentro de la trama, hasta la Celestina es capaz de largar sentencias y máximas de una profundidad ética digna de Séneca, así sea para justificar sus picantes y picarescos oficios, que son varios; el principal de ellos, la hechicería, útil para la reparación de virgos. No hay obra española medieval que combine como La Celestina la chocarrería, el humor, la ética más intachable y la sabiduría al servicio de la mezquindad más desternillante. Valle-Inclán pudo haberla calificado, quizá, como el primer esperpento del arte español.

La Celestina adelanta una bizarra combinación entre lo que hoy llamamos alta cultura y cultura popular –high y low culture-: las máximas filosóficas y los refranes populares salen de la boca de los personajes de la manera más natural. No hay parlamento de la alcahueta, Sempronio, Pármeno y otros personajes de modesto estamento social en que no se mezclen un proverbio y una sentencia de prosapia helénica o latina.

No recuerdo si los aristócratas de la historia –Calixto, Melibea, los padres de ésta- hablan de igual modo. Me parece que son aquéllos los que combinan, sabrosamente, la sabiduría popular y la filosofía socrática. Cada uno de sus parlamentos es un cofre de sorpresas lingüísticas y un espejo, más o menos fiel, de las costumbres de una época previa al Renacimiento: el siglo XV español. Y la obra toda, un estuche de hallazgos de cualquier índole.

Maravilloso es que Celestina, hablando con Pármeno, haga citas cultísimas y enseguida emita un proverbio: Que como Séneca dijo, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades, porque en breve tiempo con ninguno pueden firmar amistad. Y luego: Da Dios habas a quien no tiene quijadas. (Acto Primero). Por lo demás, ¿no es también una maravilla que podamos reír o estremecernos ante una obra del siglo XV como frente a otra de Aristófanes o de Sófocles (siglos V-IV a. de C.)? 


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