A Rosario
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Mi madre, no obstante la hosquedad de su carácter, se sabía reír, a carcajadas, sabrosamente, hasta las lágrimas, con todo el cuerpo
A todas las mamás, muchas felicidades.
Si yo le contara que mi mamá fue una mujer dulce, paciente y cariñosa, porque es como se suele describir a las mamás, estaría faltando a la verdad. Rosario, no tenía entre sus prendas la dulzura, la paciencia no era lo suyo, sino todo lo contrario, y de melosidades no sabía nada, era una mujer seca, acostumbrada al trato reacio y recio de los tíos que la criaron, porque quedó huérfana de madre desde los 7 años, y con su papá, mi abuelo, el reencuentro ocurrió 40 años más tarde, en su adultez.
A mi madre le costaba mucho trabajo expresar sus sentimientos, porque en su decálogo personal era sinónimo de debilidad andar diciendo lo que uno lleva en el corazón. Y más que todo, creo yo, que decidió ponerse una coraza por delante, para amainar el golpe de la soledad y que no se le vieran los quebrantos. No la recuerdo abatida, enfurecida, si, era una valquiria.
Pero a mí me amó con todo lo que no se le endureció por dentro, aunque solo una vez me lo haya dicho, y fue casi al final de su trayecto. Y debo compartirle que me emocionó, porque fue una confesión de amor que nunca había pronunciado; fue un segundo, lo que dura en expresarse un te quiero.
Pero, pero...todo el tiempo, cada día que conviví con mi madre, tuve certeza plena de su amor por mí. Por eso sé que hay muchas maneras de amar y de sentirse amado, por eso creo a pie juntillas que hechos son amores y que las acciones son más elocuentes que las palabras. Y que se ama, amando, aunque se sienta muy bonito escuchar o decir, cuánto te quiero.
Mi madre, no obstante la hosquedad de su carácter, se sabía reír, a carcajadas, sabrosamente, hasta las lágrimas, con todo el cuerpo. Tenía sentido del humor - matizado de ironía - era ocurrente, ingeniosa. Platicaba de su vida con hilaridad, sabía burlarse de ella misma.
Era tenaz, aguerrida, perseverante, incansable. Mi madre toreó a la vida frontalmente, toda completa le representó siempre un reto, por eso siempre también estaba al alba, expectante, lista para responder. Enemiga acérrima del desaliento, de dejar para mañana, del ahí se va, del no se puede, alguna vez que lo dije, se volvió hacia mi hecha un basilisco, con los ojos echando chispas y con la voz airada y el índice fustigante, sentenció: Nunca, óyelo bien, nunca digas que no se puede, te mueres en la raya primero, solo la muerte es impedimento y tú estás viva.
¿Cómo le hacía para sostenerse? A conjuros de trabajo... ¿de trabajo? Si, de trabajo y más trabajo, hasta que el cuerpo se cansara y ya no pudiera ni siquiera pensar en echarse para atrás. Y es que no había de otra, era yo, conmigo y por mí, las alianzas eran conmigo misma, aprendí a confiar en mí, a apostar por mí.
Fue vendedora de ropa cuando se construyó la primera carretera México-Acapulco, luego costurera - aprendió el oficio viendo cortar al único sastre del puerto - y un tiempo vivió de eso. Me contaba que hacía ajuares de novia y el pantalón y la camisa para el novio, con una de las primeras maquinas Singer que se vendieron en México, y con candil de petróleo porque no había luz eléctrica. Amanecía con la cara llena de hollín, la espalda encorvada, y tenía que seguirle, porque había que abrir la tienda - fue comerciante - y entonces hasta el cansancio se me olvidaba.
Tuvo una larga vida, se fue después de 6 largos años de postración en una cama, con lo que ella aborrecía estar en una. Pero yo la evoco como era antes, cuando se levantaba antes que el sol, irradiando energía hasta por los ojos. Se fue en paz. Y cuando la recuerdo, que es todos los días, no hay un sólo ápice de tristeza, al contrario, la evoco con alegría y regocijo, porque sigue viva en mi corazón, en mí, en mis hijos y en mis nietos. Dios te guarde, mamá. Seguro que me estás mirando.