Libros de la feria

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Opinión
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En una feria de libros se hace una gran exhibición clasificada.

Las diferentes editoriales presentan sus ediciones con carátulas de gran diseño, con títulos sugestivos, con nombres de autores clásicos o de gran actualidad. Se organizan sesiones para que los visitantes conozcan algunas publicaciones y las compren.

El leer se parece mucho al comer. Se puede comer mucho y dañino o poco y sano. Puede haber una obesidad de erudiciones inútiles o una asimilación que da por resultado una armonía proporcionada de conocimientos valiosos.

Se ha dicho que a muchos libros voluminosos les falta una bolsa de plástico que contuviera mágicamente el tiempo necesario para leerlos.  Cada libro es una rebanada de tiempo y de vida dedicada a ojear, a hojear, a imaginar y, algunas veces, a pensar y a aprender.

No pocos libros son leídos en diagonal, con velocidad de correcaminos y con saltos chapulinescos sobre los capítulos. Los hay tan densos e interesantes que quedan llenos de notas marginales, de subrayados y de signos como ángulos, estrellas, admiraciones, interrogaciones o líneas oblicuas cruzadas.

Algunos están condenados a quedar almacenados en un estante con un señalador a la mitad. Estarán en la fila en posición de firmes sin que nadie jamás vuelva a invitarlos a abrir los brazos llenos de tatuajes para un abrazo amigable de lectura.

Los mejores son los libros releídos. Los que siempre están cerca. Los que parecen más maltratados. Aquellos que parece que nunca acaban de dar todo su contenido, inagotable como agua de manantial. De ellos algunos llegan a ser compañeros inseparables en el viaje de la vida.

Las ferias se acaban y se repiten. Parecen gritar con millares de páginas: ¡aquí estamos! Tienen que ser clamorosos en evento especial. Los jóvenes olvidan el papel y prefieren leer en pantalla. La gente conectada lee mucho pero como quien bebe a pequeños tragos. Hay millones de palabras sueltas, de frases breves que quedan en historiales guardados en la nube. Algunos llevan toda una biblioteca en su almacenamiento celular para poder leer en cualquier parte.

La escritura se ha evadido de las plumas y busca los teclados. Las letras han emigrado de las páginas a las pantallas. Lo efímero, lo fugaz, lo transitorio ocupa grandes espacios de tiempo. Solo en la feria permanente de la vida muchos seguirán leyendo los mil alfabetos de la realidad cambiante




El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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