Diario de un nihilista

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Opinión
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Lo sublime humano. ¡Qué arduo y complejo es acceder a los nichos de lo sublime humano! ¡Cuántas barreras de lenguaje, sistemas de signos, diccionarios de retórica, teorías del color, códigos tonales y atonales, historias del arte, magazines teatrales, archivos sonoros, cantidades silábicas, claves de sol y golpes de pecho hay que cursar y surcar para contemplar sus maravillas! Mientras que lo sublime natural está al alcance de la mano, dentro y fuera de nosotros, en el sueño y el arco iris, en el océano y el crepúsculo, los tesoros del arte y la cultura están guardados bajo cerrojos de las Mil y Una Noches. Aprender latín y griego, ruso y alemán no es asequible a cualquiera. Visitar las joyas arquitectónicas en sus lugares de emplazamiento. Asistir a la Ópera de Nueva York o a los Festivales de Salzburgo o de Bayreuth. Vamos, inclusive leer la Comedia Humana de Balzac en traducción española, y aunque nos saltemos tres tomos, se antoja empresa heroica, e inclusive dispendiosa cuando se tiene que trabajar para vivir. Por lo demás, ¿cómo se deben administrar los tesoros de segunda mano con que contamos, a lo largo de un día, de un mes, de un año? ¿En qué momento tomar las Verrinas de Cicerón en traducción decente y sin notas? ¿Una mañana de primavera, un domingo lluvioso, en el solsticio de verano o el día de difuntos? ¿Cuándo escuchar la Sinfonía Dante de Lizst? ¿Antes o después de hojear un tomo ilustrado de Delacroix? ¿Al mismo tiempo que desciframos las abigarradas notas de un Canto de Ezra Pound, llenas de caracteres chinos y griegos, pero nunca árabes? Todo ello suponiendo que contásemos con tiempo –digamos, unas vacaciones de verano- para emprender simultáneamente tamaños atracones de alta cultura. Quiero decir: ¿quién dicta o sugiere las aproximaciones que podamos tener a los objetos de cultura? Vivimos sólo una vez, con guión no aprendido, y desconocemos los latidos de la sensibilidad propia. ¿Quién dice si en lugar de Cien años de soledad hubiera sido mejor leer Corazón de piedra verde? Tal vez sea preferible, en lugar de quebrarse la cabeza con Schoenberg, escuchar minuciosamente a Carl Maria von Weber. No es necesario leerlo todo, escucharlo todo, mirarlo todo, pero lo sublime humano es un océano frente al cual los espectadores no somos siquiera una gota, sino un reflejo de luz en esa gota. Nos extraviamos dentro de la enorme cantidad de copias culturales que, a un precio muy asequible, se nos ofrecen cada día. Una película, un disco compacto, un libro de bolsillo, un catálogo de imágenes nos solicitan dos horas, dos días, un año entero. Tan difícil es negarnos a su influjo y sugestiones como apartarse de ellas. La mercadotecnia cultural bombardea a su relativamente escaso público cautivo de una manera inteligente, original, despiadada. Uno de los axiomas de la economía capitalista es que la demanda escasa no existe en los mercados globalizados: hay decenas de miles de compradores de comida tailandesa, de tequila pirata y de novelas de Vargas Llosa. Incluso en sus formas más exquisitas, la alta cultura tiene compradores, que la adquieren en formatos de calidad y muy bajo precio.

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