Poesía visual
COMPARTIR
No de linfa, sino de roca. El corazón del artista plástico y arquitecto Rubén Cadena (Saltillo, Coahuila, 1958) es de roca, acerado. Nada lo turba, nada lo lastima. Su fe en Dios es del tamaño de su talento. Hace días lo topé en plena calle en el centro, nos abrazamos fraternalmente, intercambiamos teléfonos. Me llamó un día cualquiera y pactamos una comida. Una de las comidas más agradables de mi vida. Un reencuentro con el artista plástico al cual admiro, con el compañero de armas; un reencuentro con el ser humano y amigo. Hoy, fortalecido en su fe inquebrantable con Dios.
Conocí al artista Rubén Cadena en la década de los años ochenta del siglo pasado. Éste colaboraba en la Fundación Cultural de Coahuila AC y luego, en el extinto Instituto Estatal de Bellas Artes. Fue su Coordinador de Artes Plásticas. Uno de sus más atildados funcionarios el cual pasó por dicha institución. Pero, lo suyo no es la burocracia sino la creación, la pintura, la música, la arquitectura, el diseño, la poesía… la poesía visual. Amigo de Guadalupe Amor, la inolvidable “Pita”, hoy Rubén Cadena ha realizado una serie de cuadros en honor y memoria de aquellas palabras conmovedoras de Pita Amor, la “Letanía de mis defectos”.
Tenía mucho tiempo, años tal vez, sin sentarme a platicar con Rubén Cadena. La historia y la geografía llevaron al arquitecto a trabajar a la ciudad de México, lo mismo con Saúl Juárez y Víctor Sandoval. Su peregrinaje incluyó otras ciudades y otros ámbitos. Ya luego, regresó a Saltillo y vive entregado a su arte. El alcohol le ha sido ajeno en su vida. El trabajo es lo suyo. Los años lo han respetado. Está igual. Usa muletas para soportar una rodilla severamente lastimada, pero no le quita el sueño ni el buen humor. Rubén nunca se queja, no obstante las 12 operaciones practicadas en poco tiempo. Cree en Dios, su fe lo salvó.
La comida fue larga y dilatada. Nos actualizamos en datos, amigos comunes y anécdotas de risa y andanzas. Pero sobre todo, este escritor tenía ganas de ver la obra la cual sabía por coleccionistas, Rubén Cadena estaba incubando sin prisa y sin pausa. Ajeno a las capillas artísticas de la localidad, ajeno al club de elogios mutuos y a la mediocridad compartida del vecindario, Rubén sólo hace lo suyo. Cadena ha sido merecedor de Premios Nacionales lo mismo en escultura o pintura. Obra suya está en la colección, por ejemplo, del Centro de Arte Vitro, de los vecinos de Monterrey.
Esquina-bajan
Vestido pulcramente con una guayabera de alto impacto, Rubén Cadena habla de Dios como si hablara de su mejor amigo. Lo es. Habla de sus momentos de soledad y de días enteros de trabajo y oración. “Dios existe, Cedillo”. Lo dice y sus palabras insuflan esperanzas y siembran flores vivas en el campo áspero de la vida. Nada doblega el corazón del artista entregado a su canto. Veo entonces a un renovado Rubén Cadena. Su corazón no es de linfa, sino de roca. Acerado.
Si Cadena está renovado, su arte más. Ha dejado atrás camisas a cuadros para vestir finas guayaberas; ha dejado atrás pinceles y pinturas para mudarse… al arte digital. Ah. Su obra me ha sorprendido. La palabra de su amiga Pita Amor, la ha convertido en poesía visual, gamas, dobleces, efectos, estampas nunca quietas. El padre de este arte en México, todos lo saben, es Manuel Felguérez quien presentó en 1973 en el Museo de Arte Moderno la muestra “El espacio múltiple”. Ya es historia.
Luego de horas de charla y grata comida, Rubén puso en mis manos una obra perturbadora: “Locura”. Las posibilidades del arte digital son infinitas. El lenguaje ha cambiado, es imagen y sonido. Es voz y palabras. Es pintura y es colorido. Sombras y recuas en papel. Rostros y figuras de una letanía de defectos. Tal vez por esto, por la calidad de su trabajo, su arte está ausente de las tristes galerías oficiales y adocenadas de Ana Sofía García Camil…